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Por siempre Beatles

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Hace unos días, rendía homenaje en estas páginas a un gigante de la historieta, el maestro Francisco Ibáñez. Su talento creador ha unido, durante décadas, más de cincuenta años, a varias generaciones de españoles en una pasión entrañable en torno a lo que en nuestras vidas -si se me permite expresarlo en términos metafóricos- nos ha aportado Mortadelo.

Pues bien, el pasado 2 de junio, en Madrid, cerca de 50.000 personas abarrotaron el estadio Vicente Calderón en un acontecimiento pasional y transversal, intergeneracional y emocional como ninguno de orden no futbolístico: el único concierto en España del exbeatle Sir Paul McCartney: en verdad, Beatle para siempre, 74 años ("when I´m seventyfour"...), con la fuerza, la contagiosa alegría vital y la entrega personal del niño prodigio que fue hace más de medio siglo.

Pocas epopeyas del siglo XX han sido tan historiadas como la increíble aventura vital del cuarteto de Liverpool, los Fab Four.

Por el mismo efecto planetario, pocas imágenes resultan tan icónicas del olvidado siglo XX del que nos habló Tony Judt como cualquiera de las portadas de sus inolvidables LPs, que llegan a sumar, en solo apenas diez años, hasta veinte, repletos de obras maestras, canciones inolvidables.

Desde los fotogramas en blanco y negro de A Hard Day's Night hasta el paso de cebra en Abbey Road, pasando por el festival de imaginación y color de Sgt Peppers, nada en la musicología y peripecia de los Beatles es ajeno a la historia del s. XX y a nuestra historia personal. Es la de miles de millones de personas en el mundo que hemos construido nuestra biografía sentimental sobre la memorización de una canción de los Beatles. Y todas sonaron esa noche del 2 de junio en Madrid: Black Bird, Yesterday, Can't buy me love, Let it be, I've got a feeling...

Nuestro primer deslumbramiento y nuestra primera sorpresa, nuestro primer amor y nuestra primera ruptura, nuestro primer sueño y nuestro primer despertar... Aquellas remotas emociones que nos marcaron para siempre resurgen una y otra vez que nos sacuden con sus armonías contagiosas, con la primera nota de cada balada inmortal. Con los acordes mágicos con que cada canción se nos hace reconocible. Con sus coros de voces y con sus golpes y ritmos intuitivos e infalibles.

Y, por los mismo motivos, pocos acontecimientos sociales hermanan tanto a esta humanidad, aturdida y sacudida por tribulaciones y desesperanzas, como un concierto de éstos que nos convocan en Paul McCartney. No es que hagan historia; son, de hecho, la suma de cientos de miles, millones de historias personalísimas aunadas en un tarareo íntimo, masivo y ensordecedor. Todo el mundo a la vez en el "nanananananaaa" del Hey Jude. Contemplar la sincronía en tanta vida detenida en ese goce al unísono y de la eternidad de los Beatles a propósito de su inconfundible bajo Höfner, produce estupefacción y, al mismo tiempo, esperanza.

Volveremos de inmediato a hablar de lo que nos divide, de lo que nos preocupa y de lo que nos duele. De cuántas diferencias sociales, cuántas y cuán desiguales dramas y alegrías personales se encierran en un estadio con 50.000 narrativas diferentes... y un motivo común. Uno solo, suficiente: Beatles for ever.