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Referéndums en la UE: cuando los europeístas no votan

11/05/2017 07:25 CEST | Actualizado 11/05/2017 07:25 CEST

JFLA

El pasado viernes, 5 de mayo, tuve el honor de participar en un interesante debate en la sede de la representación del Parlamento Europeo en Madrid, organizado por mi colega Enrique Calvet, del Grupo Liberal (ALDE) del Parlamento Europeo, a propósito de las recientes experiencias (y enseñanzas) de los referéndums nacionales en el proceso europeo.

El debate político vino precedido de dos intervenciones de corte primordialmente académico: primero, la presentación de un documentado informe comparativo del colectivo cívico Hay Derecho, de la mano de Elisa de la Nuez, abogada del Estado; seguidamente, un análisis politológico de las sucesivas prácticas de referéndums en los Estados miembros (EEMM) de la UE, de la mano de José Fernández Albertos, investigador en Ciencia Política (CSIC).

En mi intervención abordé sintéticamente las diferentes aproximaciones a la última (hasta ahora) "crisis de la democracia representativa" en el contexto de una UE sumergida -esta sí, sin sombra de duda alguna- en la peor crisis de su historia. Su dimensión social (la exasperación de las desigualdades y el malestar generado por la intensificación de la fragmentación y conflictividad) y su impacto político (desafección democrática, repliegue nacionalista, auge de los populismos y redefinición de los paisajes políticos y espectros parlamentarios a todo lo largo de la UE), han relanzado el debate (estructural y crónico) acerca de la puesta en cuestión de la misma idea de democracia, efecto colateral de una embestida pavorosa de nativismo identitario, brotes fascistizantes y retóricas de odio.

Europa no podrá hacerse ni progresar sin verdaderos liderazgos europeos y líderes europeístas capaces de dar la cara, de comparecer en el espacio público y de abogar abiertamente en favor de la causa europea y europeísta.

La práctica de los referéndums bascula sobre los motivos del "perfeccionamiento", "profundización" y "complemento" del principio democrático en Estados constitucionales, mediante el recurso a técnicas de participación y de implicación directa de la ciudadanía en la toma de decisiones. La opción de los referéndums como consulta o vía de legitimación ante relevantes jalones o progresos dilemáticos se encuadra, pues, en las (variadas) coordenadas constitucionales actualmente constatables en los Estados de la UE: contrastan los EEMM cuyas Constituciones los desconocen (o los repelen) y nunca los han practicado (ejemplo notorio: Alemania, sin que ello perjudique su reputación democrática), frente a otros EEMM cuyas Constituciones los preceptúan con objetivos múltiples (reformas constitucionales, avances del Derecho europeo...), habiéndolos celebrado con alta frecuencia empírica (ej: Holanda, Italia, Eslovenia...). No es difícil concluir que la heterogénea práctica de un referéndum nacional no exhibe en sí problemas (conceptuales o prácticos) que no reflejen otros tantos de la democracia constitucional tout court (en general, globalmente comprendida y analizada): los deficientes rendimientos de cada referéndum concreto dependen de la calidad de su entorno democrático, de la densidad del debate entre opciones disponibles y de la información acerca de lo que se decide y de sus consecuencias.

Ello no impide constatar que, en sí, todo referéndum inevitablemente convoca al cuerpo electoral a posicionarse en torno a dar opciones binarias -SÍ o NO-, cuya decisión simplifica la complejidad irreductible de toda sociedad pluralista y los potenciales motivos para votar síes y noes muy distintos entre sí. Renuncia, pues, a agregar y racionalizar los conflictos subyacentes a una sociedad pluralista y abierta, planteando disyuntivas sobre un solo eje bisectriz ("a favor" o "en contra"), por más que haya síes y noes muy contrapuestos entre sí, con diferente sentido y con mensajes muy distintos.

Habitualmente entendemos que un referéndum se torna "plebiscitario" cuando el gobernante que convoca emplea todos sus resortes públicos (o coercitivos) para favorecer el triunfo de la opción propugnada, de modo que su validación en las urnas pasa a ser interpretada como una "legitimación" del Gobierno convocante frente a la diversidad y pluralidad de sus oponentes. Es un hecho contrastado que entre los noes se conglomeran los que responden "no" a la pregunta planteada, los que dicen "no" al Gobierno, los que dicen "no" a "esta Europa", los que dicen "no" a Europa, los que gritan "no" a la política o "no" a los políticos...los que gritan "no a todo!"

Pero es asimismo cierto que, en la práctica de los últimos años, ha sido constante sociológica la movilización de los nacionalistas eurófobos en mucha mayor medida que la de los defensores de Europa. Y ello incrementalmente, así en cada referéndum o consulta que se ha convocado a propósito de la construcción europea. Lo que pone en evidencia que es igualmente cierto que la UE no podrá hacerse sin la participación más activa de los que se consideran ciudadanos europeos... ni sin europeístas que den señales de vida cuando se convocan las urnas o se celebra un referéndum. Europa no podrá hacerse ni progresar tampoco sin verdaderos liderazgos europeos y líderes europeístas capaces de dar la cara, de comparecer en el espacio público y de abogar abiertamente en favor de la causa europea y europeísta.

La UE está en su peor crisis precisamente a propósito del doloroso declive de su vector socialdemócrata

Contrariamente, de un tiempo a esta parte, lo que ha venido comprobándose a rebufo de la crisis es que cada vez que se vota se movilizan más los partidarios del 'No' a Europa, sin más matices; y muy singularmente aquéllos que se han propuesto dinamitarla por dentro. Ha sucedido en Hungría, en Países Bajos, en Reino Unido... Pero había sucedido ya antes en Dinamarca, y en Francia, y en Países Bajos: los populismos añaden a sus denominadores comunes -la contraposición simplista entre un pueblo virtuoso y una élite corrupta, y la instigación del odio hacia algún chivo expiatorio- un gusto indisimulado por una "democracia directa" (supuestamente asamblearia) en la que los demagogos interpreten y conduzcan el "malestar del pueblo contra sus enemigos".

Insisto: en la hora actual, y vistos los resultados de las elecciones recientes de los EEMM, no celebro ni me alegra que la redefinición del paisaje político establezca ahora la competición entre liberales y extrema derecha (Países Bajos, Francia...). La antigua izquierda vertebrada en torno a los partidos socialistas mengua en toda la UE como consecuencia ante todo de su división interna, mucho más intensamente que por su alegada "falta de discurso" o de "programa". No, y otra vez no: la UE está en su peor crisis precisamente a propósito de tan doloroso declive de su vector socialdemócrata, puesto que el modelo social y la idea de democracia constitucional europea (derechos y servicios sociales financiados por los presupuestos) deben mucho, decisivamente, a la contribución y aporte socialdemócrata.

Si la socialdemocracia no recupera su fuerza, identidad y autoestima -y, sobre todo, cuanto antes, su unidad interior y su cohesión interna con los valores que proclama: la fraternidad, la primera-, la UE nunca volverá a parecerse a su promesa.

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