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Porque un crecimiento con inclusión social es bueno para todos

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Foto: ISTOCK

Recientemente participe en las reuniones anuales del Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) y tuve oportunidad de dialogar con expertos en temas de desarrollo global y regional, inversionistas y delegaciones de ministerios de economía y bancos centrales de América Latina.

Todo ello, en el medio de la fase final de la campaña electoral estadounidense que, como cortina de fondo, permeó las reuniones de Washington.

En efecto, mientras la economía mundial aun no da muestras de una clara recuperación, lo interesante del debate en curso, acerca de hacia dónde es necesario encaminarla, es cómo ello impactaría o no a nuestra región.

A veces es bueno ver los problemas del mundo en desarrollo con anticipación, cuando se van dando en los desarrollados, porque es en parte lo que se nos puede venir encima.

Bob Rubin, quien fuese secretario del Tesoro estadounidense durante el Gobierno del Bill Clinton en los noventa, sostiene hoy que los Estados Unidos no tienen otro camino económico que el de un crecimiento con mayor inclusión social para poder superar los obstáculos económicos y sociales que hoy presenta.

Pese a que el crecimiento estadounidense en el tercer trimestre casi llegó al 3% y la desocupación se encuentra por debajo del 5%, lo cierto es que el tradicional trabajador fabril se encuentra marginado económicamente, con menor capacidad de compra y un poder adquisitivo similar al que tenía 30 años atrás.

En Estados Unidos, de cada dólar dedicado a la publicidad digital, alrededor de 89 centavos van a Google y Facebook. Estamos ante un nuevo mundo, de tecnología de punta al que nos tenemos que sumar y para el que se hace necesario superar la brecha educativa que golpea a los latinoamericanos.

Las proyecciones de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) indican un tibio crecimiento del 1,5% que deja atrás el 1% de contracción de 2016.


Una agenda de crecimiento incluyente para América Latina debería incorporar necesariamente los factores claves para aumentar la productividad y generar valor agregado para mediatizar la dependencia de las materias primas.

El primero es inversión sostenida -pública y privada- inducida por eficientes ​políticas públicas en infraestructura, en carreteras, puertos, infraestructura aérea. Ello además de generar empleo, es la base para mejorar la competitividad a través de una logística más eficiente.

Segundo, es necesario invertir decisivamente en innovación y desarrollo, tanto a nivel empresarial como a nivel del Estado. Y por otro lado, mejorar la calidad de la educación, de manera de que los jóvenes puedan competir exitosamente en el mercado global.

Tercero, debemos hacer todo esto en el marco de un equilibrio fiscal acorde a un tiempo de menor crecimiento relativo, pero sin comprometer los importantes logros alcanzados en la última década en inclusión social y económica, particularmente en reducción de la pobreza y la desigualdad.

Una reversión en este sentido no solo sería negativo en términos de equidad, sino que además tendría impacto en nuestras economías, las que en los últimos años se han visto dinamizadas con un significativo ingreso de nuevos participantes con mayor capacidad adquisitiva.

El momento de poner en práctica estas reformas es ahora. 2017 puede ser el año en que la región recupere el crecimiento. Las proyecciones de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) indican un tibio crecimiento del 1,5% que deja atrás el 1% de contracción de 2016.

La idea de que liberando de regulación y obstáculos a los más ricos se genera un efecto benefactor para toda la sociedad, ya que la riqueza gotea para todos los sectores, no ha funcionado y de hecho se ha generado un consenso, más allá de lo ideológico, de que la inclusión económica favorece a todos en la sociedad, amplía los mercados, genera más consumo y un circulo virtuoso que brinda estabilidad y previsibilidad a los actores económicos.

 

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