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Carta a Pedro Sánchez: 'No me pidas que me calle ante la injusticia, ese día habré dejado de ser socialista'

12/09/2017 07:32 CEST | Actualizado 12/09/2017 07:32 CEST
EFE

Estimado Pedro:

Imaginemos la injusticia en una de esas caras de cubo de Rubik en el que los colores se empeñan en disonar lo correcto y lo irracional. Imaginemos nuestras manos girando esos cuadros una y otra vez con el desespero de acabar llegando siempre al mismo punto.

Y, mientras, fuera, al arrullo de la lluvia de un nonato verano de septiembre, la sensación de rabia de quienes saben que nunca fue tan fácil o difícil vencer la injusticia porque, en realidad, sólo dependía de la necesidad de saber que la ciudadanía está por encima del producto de la endogamia en la que nos hemos convertido los partidos políticos.

Cuesta acostumbrarse a ese socialismo que encara su relación con los demás con el anhelo del resarcimiento que la falta de trofeos pretérito produce. Cuesta entender el odio, el resentimiento y la constante necesidad de dar salida a la hiel.

Pedro, el 1 de octubre de 2016 lloré. Lloramos. Muchos. Nos dolía el PSOE, nos dolía la victoria de la injusticia. Nos dolíamos. Y el dolor se convirtió en ese magma que, imparable, sale del volcán de las emociones, de la pasión, la ilusión y del trabajo compartido.

Gestionar la victoria es más complicada que gestionar la derrota. Los socialistas no ganamos en contra de nadie sino a favor de todos, porque siempre ha sido posible gobernar para todos cuando las políticas de las cosas importantes tenían la impronta socialista. Es difícil odiar a los socialistas, pese a que esa piedra en la que tropezamos en los afectos nos recuerde una y otra vez la calidad humana de quienes se empeñan en patear en vez de saltar.

Permíteme que no odie a mis compañeros. Aunque a veces me cueste.

El 5 de septiembre de 2017 he vuelto a llorar. Me ha vuelto a doler el PSOE. Da igual que sea el de Cantabria, me ha dolido el PSOE ese del que siempre me siento orgullosa. Ese día se anunció el cese de Ramón Ruiz.

Ramón Ruiz, ex-consejero de Educación, ha sido el hombre que ha conseguido unir a toda la comunidad educativa de Cantabria en un rechazo absoluto a una decisión que no es consecuencia de la falta de mérito y capacidad, sino de la más baja estopa del politiqueo.

Hubiera dado igual que se llamara Ramón Ruiz. Incluso hubiera dado igual que fuera consejero de Educación y Deporte. Pero era Ramón Ruiz, el mejor consejero de Educación, Cultura y Deporte que ha conocido Cantabria. Era el mismo hombre que consiguió hacer de la educación noticia por la innovación, por un nuevo calendario escolar, por la gratuidad de los libros de texto, el que se empeñó en dedicar más tiempo a enseñar valores de igualdad que religión en las aulas. El que se enfrentó con el PP por la LOMCE y arrancó a Méndez de Vigo el decreto de reválidas de sus manos. Es ese hombre al que es imposible odiar mirándole a los ojos y que pide perdón cuando se equivoca. Es ese profesor de vida y política capaz de trasladar las lecciones de las aulas al frío mármol de las pasiones de la política sin vencedores y perdedores de unas primarias.

El hombre que ha conseguido unir a toda la comunidad educativa de Cantabria en un rechazo absoluto a una decisión que no es consecuencia de la falta de mérito y capacidad, sino de la más baja estopa del politiqueo; esa que no permite ver más allá del antifaz de una victoria en primarias y una legitimidad que jamás da carta blanca, igual que no la dio el pasado 1 de octubre.

No, que nadie pervierta el significado de la lealtad. Ni sus destinatarios. Ni sus dueños.

La legitimidad y la lealtad sólo maridan con grandes dosis de la grandeza de saber anteponer lo importante a las propias pasiones. Y en política, la lealtad colectiva siempre es mejor que la individual.

El motivo aducido para el cese de Ramón Ruiz no es otro que haber defendido a su equipo, de haber defendido a ese grupo de hombres y mujeres que han encumbrado la educación a lo más alto del reconocimiento de las consecuencias de las bajas pasiones de la revancha. Habrá quien lo llame deslealtad, pero pese a quien le pese, no hay mayor lealtad que defender las causas justas.

No se puede pedir silencio en nombre de la lealtad; la lealtad no es silente, es sincera. No se puede pedir resignación ante la injusticia en nombre de la lealtad, porque la lealtad al PSOE es luchar contra las injusticias. Contra todas. Pero es un oprobio salir a pedir la confianza de la gente con la amarga sensación de haber faltado a nuestra palabra de anteponer los intereses de la ciudadanía a los propios.

Las primarias son buenas sin armas blancas de revancha y odios que nos laceren hasta un desangramiento carente de épica y repleto de ignominia. Vaciar el talento para sustituirlo por aplausos vacíos de afectos de ciudadanía y empachados de un efímero momento es el principio del fin. Y siento que ese fin es el camino que iniciamos llenos de desafectos de la sociedad a la que tendremos que pedir su confianza en el examen de la ciudadanía.

Yo soy leal a mis secretarios generales, a Pablo Zuloaga y a los que tengan que venir. Pero no me pidas que me calle ante la injusticia porque ese día habré dejado de ser socialista.

Estimado Pedro, rectificar errores no es deslegitimar los resultados de unas primarias sino todo lo contrario. Tú sabes mejor que nadie lo que son las injusticias y, por ello, permíteme que, en el nombre de todos aquellos que hoy se sienten dolidos con el PSOE de Cantabria, -que no es otra cosa que un pedacito de ese PSOE de todos -, recuerdes que el liderazgo ha de ser compartido y humilde, el lugar donde las palabras no laceren y la libertad de haber elegido no sea una condena perpetua en nombre de una libertad de cuento de niños donde todo parecido con la realidad es pura ficción.

Hoy no somos más que un conjunto de pasiones y sentimientos con desafectos, desilusiones, esperanzas rotas, ansias de revancha y futuros inciertos en hombres y mujeres que lo hemos dado todo por aquello en lo que creemos. Hoy somos el resultado de muchas decisiones desde el 17 de julio que han ido desgajándonos hasta quedarnos en un halo.

No te pido sólo restituir a un buen militante y a un hombre que lo ha dado todo por la educación, no sólo en Cantabria sino también en España, te pido restituir la confianza con aquellos que estos días nos han ido dando portazos, aquellos que forman la comunidad educativa, todos esos afectos que ha logrado la buena política y gestión pública de Ramón, todos hartos de ver cómo nuestra endogamia nos invade y el verdadero significado de la lealtad se pervierte.

La verdadera épica de un socialista es cumplir su palabra, primero con la ciudadanía.

Yo soy leal a mis secretarios generales, a Pablo Zuloaga y a los que tengan que venir. Pero no me pidas que me calle ante la injusticia porque ese día habré dejado de ser socialista.

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