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Política de encefalograma plano

27/10/2017 07:22 CEST | Actualizado 27/10/2017 07:25 CEST
EFE

Vivimos tiempos difíciles para los románticos de la reflexión, de la política esa que soluciona los problemas y no empeña todos sus esfuerzos en crearlos.

Cataluña es ese volcán adolescente que asoma a golpe de hormona, acné y bravuconada, carente de la madurez que ofrecen los aprendizajes de las experiencias vividas y que no es capaz de ver más allá de los deseos más aguerridos de la efervescencia juvenil.

Como el mal estudiante que cree que el profesor le odia, Cataluña se agarra a las mentiras repetidas mil veces para ver si se convierten en una verdad que no aguanta un sola prueba de consistencia.

España les roba, la Cataluña independiente sumiría a sus habitantes a la pobreza y los males no se convertirían en oportunidades y en ese maná de casitas de caramelos y barquillos de chocolate de los cuentos de Hansel y Gretel. Y al acabar el cuento, los catalanes y catalanas tienen los mismos problemas que tenemos todos y que tienen que ver con lo de comer, con lo de sanar, con lo de tener las necesidades cubiertas, con aquello de procurar a nuestros hijos una vida mejor que la nuestra y a nuestros mayores un final más digno que el de sus mayores.

Son las cosas de la vida que quedan tapadas por trapos de colores que, en nombre de las patrias, agitan una perfecta cortina de humo con la que tapar la corrupción, la mala gestión, la incapacidad, el erróneo orden de prioridades que abre embajadas catalanas en Madrid y cierra camas de hospital en Cataluña.

Es la derecha, son las derechas empeñadas en demostrar que no sólo no saben gestionar mejor, sino que, además, no saben dialogar. Acostumbrados ellos a eso de imponer desde sus patrias, se olvidaron de que gestionar el sentimiento de odio es de todo punto imposible, porque el odio, como el ADN, es personal y sólo responde a las propias expectativas. Pastorear el odio se vuelve en contra como un boomerang. Y cuanto más lejos va, con más fuerza vuelve.

Porque enfrente el PP ha seguido la "doctrina Mariano", esperar y desesperar. Y como dice mi médico de familia, mi querido Rafa: mal que no mejora, empeora. Y empeoró. Lo advirtió Zapatero -e incluso puso una solución en la mesa que el PP tumbó-, lo advirtió Rubalcaba y lo ha repertido hasta la saciedad Pedro Sánchez: todos los caminos emprendidos por las derechas española y catalana conducían al casi inevitable choque de trenes.

El "cuanto peor, mejor" de Montoro es un "peor para todos", pero en el fondo, es como la caricia al gato con sonrisa de malote de las series de ficción, la constatación de que quien tiene la sartén por el mango en este país se especializa en dar sartenazos en vez de cocinar para todos.

Vivimos momentos propios de la etapa de berrea en la que la irracionalidad casi animal se impone a la responsabilidad de gestionar la vida de más de 40 millones de habitantes.

Ni España son los votantes del PP, ni Cataluña son los votantes de la cuadriga independentista. Por no ser, ni son todos los que empiezan a aparcar el independentismo ante la expectativa del caos.

Empresas que huyen porque, al contrario que la canción, cuando el amor se va, el dinero sale por la ventana. Y ni la patria, ni el ondeado vigoroso de banderas llena estómagos y ofrecen un futuro en el que la vida sea algo más que la zozobra de no saber qué pasará el cuarto de hora siguiente.

Relatos nada inocentes en un momento de la política en el que todo vale en el marketing y en el que la publicidad subliminal es tan soez y tan desnuda como el porno. Política para unos pocos y que procura amordazar aún más a esas mayorías silenciosas para que sus voces no se levanten como el monstruo de la mala conciencia.

Porque ni España son los votantes del PP, ni Cataluña son los votantes de la cuadriga independentista. Por no ser ni son todos los que empiezan a aparcar el independentismo ante la expectativa del caos.

Acabado este botellón de amenazas, de medidas gruesas, de órdagos, de zafiedades, de mentiras, mantras, lo que queda son los restos de lo que un día fue la política.

Vivimos malos tiempos, sí. Son tiempos de abismos insalvables entre esos políticos cuya política sigue siendo la pedagogía, el acuerdo, el consenso, los matices, el conocimiento, la reflexión y esos "nuevos líderes" que encarnan la más rancia política, la de la apariencia, la foto, la frase de 140 caracteres y el ego inflado de trolls en redes sociales, porque ser más se ha convertido en el antónimo de ser mejor.

Lo demostró Borrel no hace tanto. Lo demuestra cada vez que la razón se impone durante unos minutos a la demagogia y el populismo. Una imagen vale más que mil palabras, pero menos que una sola idea capaz de cambiar el mundo a mejor.

La política es el arte de llegar a acuerdos y de mejorar la vida de la gente, pero si la gestión de lo importante se abandona al sentimiento, nos convertiremos en ese cuerpo inerte que yace conectado a una máquina que permite que el corazón lata con fuerza pero que jamás volverá a ser lo que fue porque, sin cerebro, no hay nada.

La izquierda se ha convertido en el peor enemigo de la izquierda.

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