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Los ángeles de Wim Wenders

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Escena de la película El cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987).

Existen días en los que te reconcilias con el mundo. Días en que, de pronto, la selección aleatoria de Spotify parece asemejarse a aquella playlist que hiciste con algún sentido; días en que la televisión estival ofrece un título que merece la pena; días en que los seres que nos rodean parecen humanos y no meramente vivos.

Presenciar una de estas jornadas es más complicado que observar las Perseidas en una gran urbe donde no se vislumbran estrellas desde la noche de los tiempos. Sin embargo, haberlas, haylas, y así tuve ocasión de evidenciarlo durante dos días seguidos.

Jornada primera. Localidad costera asturiana, 13:00. Mientras recorro la céntrica calle de la población marinera, una mujer mayor, impecablemente vestida y peinada, transita por el mismo paraje en dirección contraria. Viste de salmón y su chaqueta, estilo Chanel, hace destacar su bronceado rostro, su media melena rubia y las perlas de su cuello.

Varios metros por detrás, ataviado de negro, pelo largo, tatuajes en las pantorrillas y deportivas oscuras, se aproxima un hombre de unos treinta años, sofocado por la carrera. Se acerca a la mujer que, a un punto del infarto, clava su mirada en la del joven. Este no pierde el tiempo y saca de su bolsillo una tarjeta de crédito: "Creo que es suya, se la ha dejado en el cajero automático; al ir a sacar dinero me la he encontrado y, como estaba usted allí antes que yo, he salido corriendo para devolvérsela".

La mujer no entraba en sí del asombro. Yo tampoco. "Esto le puede pasar a cualquiera", prosiguió el joven. "No se preocupe, precisamente a mí me sucedió y por eso sé lo mal que se pasa". Aquella dama elegante, entre noqueada y perdida, le dio las gracias. El chico se alejó y siguió su camino. Yo, que lo presencié, no podré olvidarlo nunca.

Hay momentos en que Spotify te sonríe, la televisión se redime y los ángeles de Wenders te visitan para que la humanidad te dé una alegría. Estos días son, sin duda, los que hacen que todo lo demás merezca la pena.

Jornada segunda. Misma localidad costera asturiana, 12:00. Con todas las maletas en un utilitario a reventar, nos disponemos a abandonar el paraje que tan amablemente nos ha acogido. Maletero cerrado, cinturón de seguridad abrochado, llave puesta. Pero no arranca, la batería está completamente vacía. La calle es de una sola dirección y el espacio por el que transitan los coches roza la economía de subsistencia, no hay sitio para maniobras vanas.

De repente, un vehículo se detiene detrás de nosotros y, ante nuestra demanda, se ofrece solícito a ayudarnos. Con paso decidido, se adentra en la acera, más ancha que el firme, paradójicamente, y en menos de diez minutos, ya estamos en marcha. Los ocupantes, un joven y su pareja, nos ayudaron sin apenas mediar palabra. Aparte de su deferencia, nada sabemos de ellos.

Ambas circunstancias, tan parejas en el tiempo y tan extraordinarias, me recordaron a mi recurrente y admirado Tennessee Williams, y a aquella expresión trágica llevada al extremo por Blanche DuBois: "Siempre he confiado en la amabilidad de los extraños". Esta remembranza de Un tranvía llamado deseo enseguida abrió paso a una reflexión más profunda y, seguramente, más poética, acerca de los individuos y nuestra necesidad de ayudar y ser socorridos.

Wim Wenders supo mostrarlo a la perfección en su paradigmática El cielo sobre Berlín (1987), una de las mejores películas de todos los tiempos. En ella, conocemos a Damiel (Bruno Ganz) y a Cassel (Otto Sander), dos ángeles que velan por los humanos aunque sin capacidad de injerencia en su devenir, celebrando sus triunfos o abatiéndose por su pena.

Ambas circunstancias, tan parejas en el tiempo y tan extraordinarias, me recordaron a aquella expresión trágica llevada al extremo por Blanche DuBois: "Siempre he confiado en la amabilidad de los extraños".

Pero para Damiel, su naturaleza de espectador, filosófica y profunda sin reservas, no es suficiente. Quiere saber qué es la vida y qué se siente; desea saborear el gusto de la sangre y descubrir cuánto se sufre al derramarla. Por ello decide hacerse humano, atravesar la barrera y convertirse en algo más que ángel de la guarda.

Cassiel se contentará entonces con hacerle saber que él sigue allí, custodiándole, ofreciéndole ayuda para no sentirse solo, acompañándolo en el corto recorrido a que se reduce la vida humana. Y así, infundiendo valor, escoltando en el último trance o inspirando caridad, la existencia eterna de Cassiel, como la del resto de querubes de Wenders, sigue su curso, intentando que los humanos sean menos canallescos y más elevados.

Sé que las noticias parecen contradecirlo y que el día a día se dirime entre pugnas por poseer poder, dinero o la razón. Pero hay momentos en que Spotify te sonríe, la televisión se redime y los ángeles de Wenders te visitan para que la humanidad te dé una alegría. Y estos días son, sin duda, los que hacen que todo lo demás merezca la pena.