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Pequeños superhéroes

26/08/2017 10:42 CEST | Actualizado 26/08/2017 10:42 CEST

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Una palabra, atropello; otra palabra, Barcelona. Las dos, tristemente unidas, hicieron que el mundo cayera a plomo. No podía ser, pero había sido. Y lo fue, claro que lo fue.

Durante días, el universo perdió sus leyes físicas, el tiempo discurrió de manera distinta. Así nos quedamos, pendidos en un hilo de desesperanza, creyendo y dejando de creer en la humanidad. En una vorágine descontrolada de tecnologías y comunicaciones, de adicción a la última hora y a la actualización informativa constante, un elemento años, para algunos marchito, fue capaz de arrojar luz sobre aquel presente. Una carta, poca cosa. Pero una carta, sobre todo cuando se la necesita, es más que una hoja emborrada; es un salvavidas, un humano hablando a otro, el brillo ante la lobreguez.

Dylan Samuel es el nombre del remitente. No el auténtico, es lógico, pero sí uno que lo representa. Es un niño peruano que ya forma parte de nuestra familia. Desde hace más de dos décadas, mi madre colabora con una organización en la que menores en situación vulnerable reciben una mensualidad para mejorar sus condiciones de vida. Comúnmente se le llama apadrinamiento, aunque en realidad esos pequeños, tan rebosantes de arrojo y voluntad, son quienes mejoran nuestro día a día. Desde el comienzo, la correspondencia de Dylan Samuel fue diferente, comprenderán que, después de tanto tiempo, los matices se perciben. Aunque, como el resto de niños, periódicamente ha ido compartiendo con nosotros sus logros y hallazgos, sus cartas no son como las de los demás.

A través de sus relatos, he ido aprendiendo algunas cosas de él: que tiene un perro y también un amigo llamado Eduardo; que le gusta el arroz chaufa, que pinta con soltura y que su caligrafía es sobresaliente. Hasta aquí, todo normal. Pero también sé que Dylan Samuel es cinéfilo, y además desde temprana edad. Al contrario que los otros niños, en su primera carta nuestro pequeño, porque también es nuestro, no dibujó su aldea, ni a su familia, ni a la maestra rodeada de alumnos y montañas. Dylan Samuel dibujó a Superman, a Spiderman, a Aquaman y a Batman. Así, los cuatro en fila india, bien perfilados sus atuendos. Por aquel entonces el pequeño Dylan no contaría con más de cinco años, tiene ahora nueve. Desde entonces mi madre, con grandes dosis de cinefilia y psicología, le ha enviado periódicamente pegatinas de sus superhéroes favoritos, de suerte que pueda despegarlas de sus cartas y utilizarlas en sus libros o en su material escolar.

Jamás desdeñen la capacidad curativa de las pequeñas cosas, son ellas las que salvan vidas.

Confieso que nuestro Dylan, que vive en un departamento a más de nueve mil kilómetros de España, iluminó mi día cuando, noqueada ante nuestra propia tragedia, leí su carta. "He visto la película Power Rangers y me gustó mucho", relataba mientras yo pensaba en cómo el actual contexto tiene esa naturaleza caprichosa y dual, capaz de acercar lo que es lejano, y alejar lo que es cercano. El cine, la infancia y la esperanza. Todo se mezcló en mi cabeza. La globalización trae terrorismo, es cierto, pero también un espíritu común, solidaridad, colaboración. Resulta fascinante que una cinta norteamericana, dirigida por un surafricano (Dean Israelite), y basada en la serie japonesa Sūpā Sentai Shirīzu, de Shōtarō Ishinomori, haya recalado en Perú para que un niño nos lo refiera en una carta que aterriza en un buzón de Madrid. La carta de un pequeño al que conocemos sin haber conocido, y del que seguramente sabemos más que de cualquier otro niño.

Esta realidad también la expone Alexander Payne en About Schmidt (2002), película de un cineasta cuya obra, por lo común, me resulta desigual, siento admitirlo. En su cinta, Payne nos acerca a la vida de Warren Schmidt (Jack Nicholson), un viudo abúlico y quejoso que encuentra su consuelo en Ndugu, un niño al que apadrina en un alarde de desesperación. Payne, cuyos personajes oscilan entre la desgana y la anhedonía, muestra en A propósito de Schmidt la capacidad regeneradora que supone encontrar una persona entre la multitud, esté en Turquía o en Tanzania; en Vietnam o en Perú. Y sí, Payne está en lo cierto, la curación que me entregó nuestro Dylan Samuel, curioso y cinéfilo, me hizo superar la decepción a la que tarde o temprano aboca la condición humana.

Porque hay pequeños superhéroes, por supuesto que sí, que eliminan la oscuridad devolviendo la fe en las personas. Niños que ante su propia vulnerabilidad encuentran en una película la razón para escribir una carta y soñar con un mundo distinto. Solo una carta, pensarán; solo una película. Jamás desdeñen la capacidad curativa de las pequeñas cosas, son ellas las que salvan vidas.