BLOGS

Los 80, qué lugares

26/12/2014 07:25 CET | Actualizado 24/02/2015 11:12 CET

Hace unos años Ignacio Cristóbal, Coco, Justo Peña y Ramón Rojas crearon un grupo de Facebook llamado Yo tuve la suerte de vivir en la Zaragoza de los 80. Coco, Justo y Ramón fueron unos grandes animadores de la Zaragoza musical de los 80, como locutores de radio, pinchadiscos de discotecas o catalizadores de todo tipo de iniciativas. La página nació como un homenaje a su colega Fernando Esteban Feno, muerto en 2004, y conoció un éxito inmediato. Miles de zaragozanos se apresuraron a compartir impresiones, fotos y recuerdos. Ahora, Coco, Justo y Ramón han impulsado el libro Perdidos en los 80, hijo de ese entusiasmo. El volumen, editado por HERALDO, tiene 360 páginas, en las que 56 colaboradores arrojan su mirada sobre aquella Zaragoza mediante el relato de sus vivencias. El libro es muy atractivo para los que vivieron intensamente esos años y se puedan sentir identificados. Pero, también, para cualquiera que tenga algún interés sobre cómo fue una cierta Zaragoza, que hoy parece tan cercana y tan lejana.

Zaragoza, como otros sitios de España, vivió alrededor de los 80 un formidable bullicio -político y social por un lado; musical, lúdico, cultural, artístico, por otro-, insólito en la historia del país. El franquismo había golpeado de forma tan brutal la libertad de los creadores y de la gente, que se había acumulado una ansiedad exagerada. La explosión de creatividad y de fiesta que sucedió a la dictadura no tiene punto de comparación con ningún otro periodo de la vida de España. Madrid capitalizó -y nunca mejor dicho- muy bien ese fenómeno -la movida- y lo convirtió en parte de sus señas de identidad y en un estupendo mecanismo de marketing de la ciudad. Pero Zaragoza, como Vigo o Barcelona, también vivió su propia movida y Perdidos en los 80 es un bonito testimonio de ella.

Las estrellas del libro son la música, la radio y la noche que, no por casualidad, han sido, sobre todo en ese tiempo, las estrellas de la vida de Coco, Justo y Ramón. Antón Castro escribe de literatura, Pepe Plana y Carlos Forcén, de moda, Ángel de Castro, de fotografía y Dionisio Sánchez, de su criatura, El Pollo Urbano, una revista tan bizarra, divertida y estimulante como lo es él. Pero lo que inunda Perdidos en los 80 de arriba abajo es la memoria de los bares, pubs, discotecas, programas de radio, locales de conciertos, tiendas de discos, grupos y aventuras noctámbulas y musicales que alegraron la década. Zaragoza siempre ha adorado la calle, y tal vez en los 80 la adoró más que nunca. Algún día habrá que colocar en las entradas de la ciudad un cartel de bienvenida que incluya el lema que inmortalizó Antonio Gamero: "Como fuera de casa, en ningún lao".

Desde Zaragoza, la aportación más espectacular al mundo musical fue Héroes del Silencio. Pero la relación de grupos, músicos y cantantes que se encontraban entre lo más interesante de España también es espectacular. Siempre insistimos en la relación tan particular de Aragón con el cine. Pero la que Zaragoza -sobre todo, Zaragoza- mantiene con la música también es muy caliente. Zaragoza es la ciudad de José Antonio Labordeta, Puturrú de Fua, La Bullonera, Joaquín Carbonell, Corita Viamonte, Santiago y Luis Auserón, Mas Birras, Distrito 14, Niños del Brasil, José Oto, Las Novias, Héroes, Los Especialistas, Alta Sociedad, Días de Vino y Rosas, Ángel Petisme, B Vocal, Miguel Fleta, Luis Galve, Ixo Rai, Nacho del Río, Los Gandules, Bigott, Tako, Pilar Lorengar, Pilar Bayona, Miguel Ángel Tapia, María José Hernández, Juan Aguirre, Eva Amaral, Carmen París o Violadores del Verso, por citar solo un puñado de los que se podrían relacionar, entre los que, como se ve, casi no cabe mayor variedad. Y bastantes de ellos nacieron, se educaron o triunfaron en los 80.

El cine, por cierto, cuenta en el libro con un bajo protagonismo: la década no añadió ninguna novedad realmente brillante procedente de Zaragoza y que se haya consolidado en el tiempo, si se exceptúa la irrupción de Agustín Sánchez Vidal en la élite del ensayo cinematográfico español. Lo más llamativo relacionado con el cine y Aragón sucedió fuera de Zaragoza, y tuvo que ver con rodajes ya clásicos (Valentina en Albarracín; La vaquilla en Sos del Rey Católico; Las aventuras del Barón Münchausen en Belchite, La noche oscura en Veruela; Tata mía en los Mallos de Riglos o Réquiem por un campesino español"y El aire de un crimen en la comarca de Calatayud), con el trabajo de profesionales ya consagrados (Carlos Saura, Eduardo Ducay, Antonio Artero, José María Forqué, Fernando Esteso, José María Latorre, Antón García Abril o José Luis Borau) o con la muerte de Paco Martínez Soria y Luis Buñuel, dos gigantes, cada uno a su manera, que sintetizan muy bien el romance de esta tierra con el cine.

Para buena parte de los que escriben o aparecen en este libro, los 80 fueron los años de su adolescencia o juventud. En el caso, concretamente, de los que nacimos en los primeros 60, nuestra infancia coincidió con la última etapa del franquismo, nuestra adolescencia con la Transición y nuestra juventud, totalmente, con los 80. Entramos en la década con unas ganas locas, como país y como individuos, y esa coincidencia creó un clima muy excitante y tuvo efectos bestiales. Nos ocurrieron muchas cosas, sobre todo de noche, aunque de algunas, no sé si de las mejores, apenas recordamos nada. Ni ahora ni, tampoco, entonces. Perdidos en los 80 incluye cientos de fotografías que nos devuelven personas, sucesos y lugares que teníamos un poco olvidados.

La memoria suele jugar malas pasadas, pero, también, buenas. Buenas pasadas sobre el pasado. Cuando volvemos la mirada a los años en los que creímos ser felices, la memoria, muy a menudo, tiende a arrinconar o enterrar los malos ratos, los chascos, los fracasos, los errores, las pérdidas de seres queridos y los golpes demoledores que la vida nos reserva en cualquier época suficientemente larga. Perdidos en los 80 respira ese aire buenrollista, y elude regodearse en las miserias de la década, que, como en todas las décadas, fueron muy abundantes. El libro se concentra, sobre todo, en rendir tributo a los responsables de algunos de los momentos más eufóricos de la juventud de mi generación. El cliché insinúa que recordar es volver a vivir. Pero si, de vez en cuando, nos apetece viajar atrás en el tiempo también es porque el pasado, si antes lo limpiamos de charcos y lo miramos con un poco de humor, es un lugar muy confortable, en el que nos sentimos muy seguros. Sabemos que en él no nos puede pasar nada malo.

Este artículo fue originalmente publicado en Heraldo de Aragón

NOTICIA PATROCINADA