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La incómoda verdad sobre el uso del catalán

11/08/2017 07:28 CEST | Actualizado 11/08/2017 07:30 CEST
AFP/Getty Images

Este artículo está disponible también en catalán.

Según el reciente InformeCAT de la Plataforma de la Lengua, el catalán goza de una marcada vitalidad, a pesar de sobrevivir como puede en medio de fuerzas opresivas. Mantenerlo con una alta vitalidad relativa para la vida en comunidad será siempre un desafío difícil: a la cooficialidad con el español (una lengua de estatus internacional) agreguémosle la intensidad de la globalización. De aquí que me preocupen las decisiones lingüísticas de algunos políticos soberanistas y catalanistas. Decisiones que llegan al extremo de querer mantener intacto el estatus cooficial en una Cataluña independiente.

Lengua e identidad en Cataluña son dos vectores coexistentes que se retroalimentan y España desde su visión unitaria intenta, desde años pretéritos, contrarrestar la expansión de la lengua catalana y debilitar así el sentido de identidad nacional que conlleva. Que hoy en día sea en Cataluña una lengua hablada, escrita, leída y defendida por la ciudadanía no sólo de origen catalana sino por una gran parte de las personas de origen español y de otras culturas pone nerviosos a los unionistas y, por tanto, podemos sospechar o mejor prever que las bofetadas normativas serán continuas.

¿Cómo es, pues, que estos líderes catalanes, tanto los catalanistas como los soberanistas, con un perfecto conocimiento del catalán, en sus discursos se dirijan al público castellanohablante del cinturón industrial, y también de tantos pueblos y alrededores, e incluso en sede parlamentaria, en castellano? ¿Por qué esta deferencia hacia una lengua que tiene la supervivencia garantizada? Ciertamente, la opinión pública tiene una poderosa influencia sobre los políticos. Pero ... ¿debemos dirigirnos a estos ciudadanos en castellano? Concepto erróneo, sin duda, ya que la gran mayoría entiende el catalán y lo que necesitamos es convencerlos de que es la lengua nacional de recepción. Hablar en catalán es ofrecerles integración.

La conciencia de grupo (es decir, la identidad nacional) no puede existir sin un sentimiento anterior de identificación y una consecuencia inmediata de este proceso de concienciación es la politización de las aspiraciones del grupo nacional. Esto significa la creación de un discurso interpretativo de la realidad y un programa de acción. De hecho, es desde el gobierno que se nos insta a mantener nuestra lengua - el catalán - como una invitación a la integración y respeto mutuo. ¿Deberíamos ignorar las campañas que nos llaman a hablar en catalán con los castellanohablantes en nuestro país porqué según nos dicen es ahora lo apropiado? ¿Y el respeto? ¿Y la integración?

Yo que, como todos ustedes, soy heredera de la Ilustración (la que nos enseñó que hay que llegar al fondo de las cosas y la verdad), lo concibo en términos de retórica electoralista pero equivocada. Estoy diciendo que el carácter simbólico de la lengua catalana es impunemente omitido con el único objetivo de ampliar la base de votantes (ya que la política hoy sólo piensa en estos términos), sin tener en cuenta que el catalán es consustancial a Cataluña.

No quiero una Cataluña sin la lengua catalana actuando como un eslabón central y diferenciador.

Una gran parte de la política lingüística iniciada desde aquellos años ochenta hasta ahora se ha basado en el desarrollo de herramientas de aprendizaje del catalán para los "otros catalanes" de Candel y para seducirlos que la adopten como lengua de uso habitual. ¿Qué hacemos con todo el trabajo de planificación lingüística? ¿Tirarlo por la borda? ¿Cómo justificamos los recursos aprobados en el Parlamento de Cataluña? ¿Y con las aspiraciones anheladas? ¿Qué haremos con los programas de inmersión en las escuelas? ¿Qué significado tiene que el 90% de la población que vive en Cataluña entienda el catalán?

Nos enfrentamos a un profundo valle entre lo que el gobierno y la sociedad civil están empujando y lo que desde el liderazgo de algunos políticos se pretende. La disonancia es brutal. Y no es menos cierto que cada vez hay más desconfianza en los políticos y en la política. ¿Ven los votantes en todo esto una retórica superficial y manipuladora, vacía de contenido serio? Sospecho que sí. ¿Quieren reducir aún más el bajo grado de confianza en los políticos? ¿Esperan que muchos hablantes catalanes den la espalda y busquen alternativas? ¿Persiguen aumentar la ansiedad que causan la globalización y la inmigración?

En resumen, las acciones dirigidas a convencer a todo el mundo que utilice el catalán han pasado de estar situadas en los primeros puestos de la agenda política catalana a quedar arrinconadas por cuestiones de rédito electoral en un "ahora no toca". Y esto que es bueno para los políticos, por los beneficios que aspiran conquistar, no lo es para la lengua catalana. Es más, la precipita al abismo y daña gravemente la autoestima no sólo de los catalanohablantes, sino también de los castellanohablantes de origen.

No quiero una Cataluña sin la lengua catalana actuando como un eslabón central y diferenciador. Y si tenemos en cuenta el mundo globalizado de hoy, esto es aún más perentorio. En cambio, por ejemplo, el flamenco en España, un estilo de danza y canto, tiene más connotaciones de identidad que la lengua española. Pero en ésta no le sobrevuelan amenazas. Por lo menos, no de forma inminente.

A pesar del descrédito de hoy de los políticos en el mundo occidental, los líderes de los partidos igualmente continúan siendo modelos de comportamiento para los afiliados y simpatizantes. En este sentido, el InformeCAT es muy ilustrativo: el nuevo arbitraje político a favor del catalán en el País Valenciano y en las Islas Baleares ha tenido un marcado incremento en la adquisición y utilización del catalán. Así de importantes son los liderazgos como modelos y motores para cambiar la dirección de los cauces.

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