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No hay lágrimas para los 'maricas'

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Foto: EFE

Me lo contó un amigo mío a finales de 1998, a pocos días de que el acto vomitivo se hubiera cometido. Después de una larga temporada en los EEUU, mi amigo había llegado a Barcelona para pasar la Navidad con la familia. Los medios de información estadounidenses hervían con la noticia: dos chicos heterosexuales de Wyoming habían asesinado a un estudiante porque era homosexual. Urdieron la mentira de que ellos también eran gays y lo invitaron a hacer un paseo con la idea premeditada de asesinarle. Le dieron una paliza, lo llevaron a las afueras de la ciudad, lo ataron a una valla con los brazos en cruz y lo dejaron allí, inconsciente, a una temperatura muy baja. Seis días después moría sin haber recobrado el conocimiento. Durante su funeral, varios grupos desterraban pancartas que decían: "No hay lágrimas para los maricas ". Es un ejemplo más de cómo los prejuicios, los estereotipos y la discriminación pueden acabar provocando un odio ciego y destructivo. En nuestro país, la violencia contra los homosexuales también ha aumentado en los últimos años, generalmente perpetrada por bandas de grupos neonazis, mientras el colectivo homosexual se queja de que la policía no actúa tan rápido como ellos creen que debería hacer. ¿Como se llega hasta estos extremos? Un cúmulo de circunstancias históricas, económicas y sociales son el desencadenante.

Pero los grupos neonazis no tienen la exclusiva de este tipo de odio. Hay otros grupos, como los yihadistas, que lo comparten. Para estos grupos, el hecho de ser islámicos es un aspecto muy importante de quienes lo son, de su identidad personal. El poder económico y militar de los Estados Unidos y de todo el mundo occidental es visto como un jaque hostil contra su identidad personal. Es decir, como un intento de ser destruidos como personas, por ser quienes son, lo que supone una percepción de amenaza desorbitada, en el límite de lo que pueden soportar. Por ello, exaltan con furor los símbolos y valores de su propio grupo, con el que se sienten fuertemente identificados, y esto hace que se vuelvan cada vez más extremistas y fanáticos. Lo hemos podido verificar -no era necesario- con la atroz y cruel matanza en Orlando de los 49 homosexuales por el solo hecho de serlo. Las mentes sensibles sienten el dolor de las familias.

Con la vista puesta en el Corán, los yihadistas se sienten orgullosos de sus actos de purificación. E inmolarse les importa un bledo.

Pero, para llegar a estos extremos, hay algo más que el odio. De entrada, hay una inhibición moral. En el imaginario fundamentalista, los gays son seres inferiores, son no-humanos, se sitúan fuera del contexto donde se aplican las leyes morales. Las personas percibidas de esta manera no despiertan ningún tipo de compasión cuando se las maltrata; sí, en cambio, levanta conmiseración cualquier miembro del propio grupo. En los campos de concentración alemanes, algunas oficiales nazis se hacían cargo de niños pequeños judíos a los que trataban bien, pero no de forma diferente a como tratarían a un animal. A pesar de no sentir odio hacia ellos ni deseos de hacerles daño, eran incapaces de verlos como seres humanos, ya que esto habría sido incompatible con las monstruosidades que estaban cometiendo contra los padres y madres de estos niños.

Si la inhibición moral es una conducta que tiene ciertas trazas de pasividad y, ante el maltrato y el odio, vuelve indiferentes a las personas, la exclusión moral se resume en un pensamiento de grupo que conduce irremisiblemente a la masacre, o bien al genocidio. ¿Qué sentían hacia los gays los asesinos de Wyoming? ¿Y el de Orlando? ¿Qué es lo que les carcomía? A los miembros del grupo excluido (los gays para el Islam), se les considera seres despreciables, gérmenes que infectan al propio grupo, seres inferiores incapaces de tener sentimientos humanos como la ternura, la lástima, el dolor ...

Y he aquí que, a pesar de las atrocidades que cometen en contra de estas personas y a las cuales consideran animales irracionales, rechazan la más mínima responsabilidad, ya que dicen hacerlo para elevar y proteger el bienestar de su propio grupo. Ellos son la autoridad moral superior. Así se justifican y se juzgan a sí mismos. Venerables y realizados. Con la vista puesta en el Corán, los yihadistas se sienten orgullosos de sus actos de purificación. E inmolarse les importa un bledo; al contrario, es todo un honor y, de hecho, hay que recordar que en otra existencia les esperan tres vírgenes inmaculadas. No me extraña, pues, que, como los perros jadeando ante una golosina, anhelen encontrar la ocasión de poder lanzarse a esa otra vida de placer y pasión, de libertinaje sexual como el de Donatien Alphonse François de Sade. Aquí, en la tierra, también queremos ser felices y vivir en paz la vida que vivimos, aplaudiendo la diversidad.