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Se vive mejor sin ideas fijas

03/12/2013 07:31 CET | Actualizado 01/02/2014 11:12 CET

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Port Elizabeth, Sudáfrica. Foto: JJ/MI.

Hace ya unos años, viajábamos caminando por una región Himalaya guiados por un precioso y detallado mapa que habíamos comprado en Kathmandu para tal fin. Al final del segundo día de recorrido por el agreste territorio, en busca de un lejano monasterio junto a la frontera con Tíbet, nos encontramos con una terrible encrucijada. En el mapa teníamos nuestra ruta claramente señalada, y en aquel tramo del camino bordeaba un río caudaloso y ancho.

Pero en un punto del itinerario, en aquel deshabitado y lejano lugar, nos encontramos ante la confluencia de dos ríos igual de caudalosos, ambos se internaban en las elevadas montañas... pero por rutas distintas. En aquellos difíciles momentos, con la vida en juego, el mapa era diferente al territorio y ya no servía de nada. De pronto se había convertido en un trozo de papel. La realidad se imponía abrumadora (narrado en nuestro libro Caminando por el techo del mundo).

Las ideas no deben ser más importantes que la realidad, y cuando decimos las ideas nos referimos a conceptos, convicciones, creencias, ideologías, conclusiones o interpretaciones de cualquier aspecto de la realidad. Las ideas son útiles en cuestiones prácticas como aproximaciones a la realidad, como mapas de la realidad. Pero no debemos olvidar que las ideas, los mapas, son una traducción, más o menos fidedigna, de la realidad.

No aferrarse a las ideas

Cuando el ser humano, en su afán por buscar seguridad se aferra a ideas, a creencias, y trata de que estas ideas prevalezcan sobre la realidad, suele acabar sufriendo, pues muchas veces esas ideas no encajan en dicha realidad. Más abajo ilustramos este hecho con un ejemplo.

En muchos casos incluso se defienden ideas en las que en realidad no se cree, sólo por obtener algún tipo de beneficio. Este comportamiento también surge de la búsqueda de seguridad, es decir, de la huida de algún temor.

Cuando comprendemos alguna cuestión profunda y claramente, no es necesario ningún tipo de idea, podemos explicarlo, describirlo de diversas maneras sin basarnos en ninguna sentencia o conclusión, sino en nuestra clara comprensión del hecho. Así, muchas ideas se adoptan para cubrir el hueco de algo que desconocemos, para dar respuesta a un problema que no entendemos o no sabemos resolver.

Las ideas a las que nos referimos abarcan desde las creencias religiosas (no confundir con sentimiento religioso o trascendente), hasta las innumerables ideologías políticas, ideas sobre la vida, el ser humano, la muerte..., ideas que en muchos casos yacen ocultas en nuestro trasfondo personal, y que son los verdaderos motores de nuestro comportamiento diario.

Poner en duda nuestras ideas y descubrir la realidad, es fundamental para salir de los callejones sin salida en los que nos vemos habitualmente en la vida cotidiana. Muchas personas no revisan su mundo de ideas, e incluso creen que no las tienen porque no piensan en ellas desde hace tiempo, pero en realidad las ideas están ahí. Un ejemplo de esto es el sentido de la vida. Aunque no se piense en ello, todas las personas damos un sentido a nuestra vida basándonos en lo que creemos que la vida es, lo que nos puede aportar, lo que podemos y no podemos esperar de ella, y un sinfín de creencias más.

En aquel mismo viaje por regiones himalayas, otro día caminábamos sedientos y sin estar seguros de dónde estábamos, cuando vimos una pequeña choza y a una pareja en la puerta. ¡Salvados!, pensamos. La pareja vio que nos acercábamos y, con cara de espanto, comenzaron a conjurar a gritos extrañas oraciones contra nosotros. Nos habían confundido con alguna clase de espíritu que ellos temían. Sus ideas les impidieron ver la realidad.

Nuestras ideas son la base de nuestros pensamientos, nuestros pensamientos son la base de nuestras emociones, y el conjunto de todo ello da lugar a nuestras acciones y al grado de felicidad y sufrimiento que disfrutamos o padecemos en nuestra vida.

Un ejemplo:

Tomemos el caso de alguien a quien le molesta que le interrumpan cuando habla. La persona en cuestión siente malestar cuando esto sucede: le surge ira, que puede ser manifestada o no, rencor si reprime la ira, autocrítica si la expresa y después se arrepiente... Todas estas emociones generarán sufrimiento.

Los pensamientos que tendrá esa persona serán del tipo "que maleducada es esta persona", "cuando ella habla yo le escucho", pensamientos que propiciarán las emociones anteriormente descritas.

¿Qué ideas avalan esos pensamientos y emociones? "Cuando alguien habla hay que escucharle" o "interrumpir es de mala educación", ideas generales que no son ciertas, la vida tiene situaciones muy variadas y ninguna sentencia de este tipo puede ser aplicable a todas las situaciones. Si revisamos aún más, veremos que subyacen otro tipo de ideas más emocionales, como "que te interrumpan es un desprecio", "si no interesa lo que digo es que no valgo", "si no me prestan atención no me quieren"... Tampoco estas ideas son ciertas, pues puede haber un sinnúmero de razones para que no nos escuchen. Puede que alguien no nos escuche tratando de menospreciarnos, pero no podemos afirmar que siempre que no nos escuchan sea por este motivo.

En todo caso, el problema no será que esa persona no nos escucha, si no cómo resolver lo que uno siente cuando eso ocurre.

Para comprender mejor el mundo que nos rodea y a uno mismo, para afrontar los retos de la vida y llevar una vida satisfactoria, es fundamental desvelar las ideas erróneas que albergamos en nuestra mente. El inconveniente para poner en duda las propias ideas suele aparecer en forma de malestar, de enfado, porque cada idea tapa un hueco de ignorancia, la ignorancia nos produce mucha inseguridad, y de la inseguridad se suele huir enfadándose. Sin duda, es mejor aprender a resolver la inseguridad, y así poder explorar la realidad sin barreras y erradicar los errores que nos hacen sufrir.