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El referéndum de Erdogan no fue ni libre ni justo

24/04/2017 11:06 CEST | Actualizado 25/04/2017 07:24 CEST
ANADOLU AGENCY VIA GETTY IMAGES
El presidente turco Recep Tayyip Erdogan saluda a la muchedumbre que lo espera para celebrar los resultados del referéndum. Ankara, 17 de abril de 2017. (Photo by Turkish Presidency / Yasin Bulbul/Anadolu Agency/Getty Images)

En 1946, el partido que gobernaba Turquía tomó la trascendental decisión de pasar a un sistema de gobierno multipartidista y abrir así las puertas de la democracia al país. A ojos de los politólogos, esto supuso un acontecimiento sin apenas precedentes en todo el mundo. Samuel Huntington, uno de estos politólogos, en un artículo sobre regímenes autoritarios, define el caso de Turquía como "el ejemplo más claro de una transición de un sistema excluyente de partido único a un sistema de competencia".

A lo largo de más de siete décadas de política multipartidista, Turquía ha mantenido con éxito el sistema democrático que decidió imponerse, independientemente de sus imperfecciones y pese a varios golpes militares. Sin embargo, el referéndum del 16 de abril —que significó el paso de un sistema parlamentario a uno presidencial y permitirá al vencedor de las próximas elecciones presidenciales asumir pleno control sobre el gobierno— fue probablemente una de las votaciones más problemáticas que se hayan llevado a cabo al amparo de una administración electa y no militar.

Este referéndum tendrá consecuencias trascendentales para Turquía. Por ejemplo, la figura del primer ministro ha sido abolida. Está claro que el presidente Erdogan, que ha gestionado el país a lo largo de casi quince años, no tiene ninguna intención de compartir su poder con nadie. Además, el referéndum se ha llevado a cabo durante el estado de emergencia proclamado tras el frustrado golpe de Estado del año pasado. Desde aquel traumático suceso, más de 100 000 empleados públicos han sido despedidos, el Estado de derecho ha sido suspendido y numerosos medios de comunicación han sido cerrados a la fuerza.

En estas circunstancias, existen serias dudas acerca de la legitimidad de cualquier debate sobre la modificación del sistema político del país. De hecho, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa ha manifestado su preocupación por la validez de esta votación, que se ha desarrollado en un "escenario desequilibrado".

A lo largo de la campaña que precedió a la votación, apenas hubo debate sobre los cambios constitucionales propuestos.

En primer lugar, los copresidentes de Partido Democrático de los Pueblos (HDP) —la tercera fuerza política en el Parlamento turco, sustentada principalmente por la población kurda y muy atacada por Erdogan— se encuentran en la actualidad bajo arresto, así como muchos de sus ministros y alcaldes. En estas condiciones, el HDP fue incapaz de realizar una campaña eficaz de cara al referéndum. Además, los medios de comunicación y el sector académico de Turquía —que en circunstancias normales suele tener un papel relevante a la hora de valorar cualquier cambio en el sistema político del país— han estado sometidos a fuertes restricciones debido al estado de emergencia. Por consiguiente, toda la responsabilidad de luchar contra los cambios propuestos recayó sobre el principal partido de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP), pero la influencia de este partido de centroizquierda sobre los votantes no fue de suficiente magnitud.

La estrategia de Erdogan consistía en consolidar su liderazgo entre los votantes de derechas. Para ello, formó una alianza entre su partido —el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP)— y el Partido de Acción Nacionalista (MHP). La votación del 16 de abril no fue un referéndum, en el que una sociedad decide cambiar su sistema político a través de un debate significativo en un escenario democrático. Lo del domingo fue más bien un plebiscito sin ningún carácter vinculante.

Con poco margen para el debate, este "referéndum" supone un mero trámite para el dirigente del país. A lo largo de una campaña que ha durado dos meses, apenas ha habido debate sobre los cambios constitucionales propuestos. En lugar de eso, todo se resumió en si debían finalizar o prolongar el mandato de Erdogan. Binali Yildirim, el primer ministro turco, admitió durante el último día de la campaña: "No ha habido la ocasión de dialogar sobre el contenido [del referéndum]".

En todos los rincones del país (en las calles, en las plazas, en televisión, en los periódicos, etc.) la campaña a favor de Erdogan fue la clara dominante. Con los fondos públicos a su completa disposición, en el AKP apelaron a los sentimientos de los votantes y se mostraron a sí mismos desbordantes de valor y entusiasmo. No hubo ni rastro del clima crítico, escéptico y deliberativo que debería ser la antesala de todo referéndum constitucional. Ni una sola aparición en televisión de los líderes de los diferentes partidos para celebrar un debate ante la población. Y, lo que es más preocupante, aquellos en contra de las medidas propuestas llegaron a ser acusados de apoyar el terrorismo o el golpismo. Ante la ausencia de debates libres y de otras convenciones democráticas, el referéndum se convirtió en un plebiscito para dar validez a la transición al sistema presidencialista en el que Erdogan acaparará todo el poder.

No hubo ni rastro del clima crítico, escéptico y deliberativo que debería ser la antesala de todo referéndum constitucional.

Pese a las condiciones desiguales e injustas existentes, Erdogan consiguió su objetivo por los pelos, con un escaso 51% de los votos. Los partidos de la oposición alegaron que hubo presuntas irregularidades en la votación y han puesto en duda la legitimidad de los resultados. La mayoría de los votantes de las grandes ciudades (como Estambul y Ankara) y de las regiones mediterránea y egea votaron en contra. Hasta en el barrio de Uskudar, en Estambul, donde Erdogan dispone de una casa, votaron en contra. Su más sólido apoyo provino de los más conservadores del corazón de la península de Anatolia y de las provincias del mar Negro.

Teniendo en cuenta que Turquía ha sido gobernada bajo un estado de emergencia durante nueve meses, con el Estado de derecho en suspenso, con una fuerte presión sobre los medios de comunicación y con un ambiente de campaña que no fue ni libre ni justo, resulta muy obvio deducir qué clase de sistema presidencial le espera al país.

Los partidos de la oposición han descrito el nuevo orden político de Turquía como un régimen cuyo poder reside en un solo hombre. Erdogan, por su parte, lo ha descrito como una "versión turca" del sistema presidencial. Este sistema, sin lugar a dudas, es muy diferente de su versión estadounidense y tiene muchos más parecidos con los defectuosos sistemas presidencialistas de América Latina.

Con el actual presidencialismo turco, el presidente tendrá la máxima autoridad en las tres ramas del poder: legislativo, ejecutivo y judicial. Cualquier sistema de contrapoderes institucionales no servirá ahora para nada.

De este nuevo sistema solo se puede esperar que lleve al país a una mayor incertidumbre e inestabilidad en los próximos años. Desde que llegó a la presidencia en 2014, Erdogan ha gobernado Turquía en solitario y la ha conducido a importantes problemas políticos y económicos. La población aún siente el ambiente de inestabilidad tras el intento de golpe de Estado del año pasado, diversas organizaciones terroristas están cometiendo espantosos atentados y la moneda turca no ha dejado de devaluarse. Merece la pena preguntarse si un solo hombre tiene alguna posibilidad de solucionar todos estos problemas o si, por el contrario, no va a hacer más que empeorarlos.

Aquellos en contra de las medidas propuestas llegaron a ser acusados de apoyar el terrorismo o el golpismo.

¿A quiénes dará la razón el tiempo? ¿A los habitantes de las grandes ciudades turcas y zonas costeras, que quieren un modelo político con pluralidad, así como una integración en un sistema global? ¿O quizás a los votantes conservadores del corazón de la península de Anatolia, que han adoptado de manera entusiasta el mensaje populista del gobierno y consideran que la solución a los males del país es conferir todo el poder a un solo hombre?

Con esta decisión, Turquía ha abierto la caja de Pandora, ya que, aunque se usaron los recursos del Estado para promover la campaña a favor, el referéndum de Erdogan solo obtuvo el 51% de los apoyos. Esta victoria pírrica, ajustadísima pese a tener todas las cartas en su poder, supone más bien una derrota. Erdogan era consciente de ello a juzgar por el tono de su voz, más moderado que triunfal, durante el discurso de victoria en la noche electoral. Dado que prácticamente la mitad de la población no le apoya, sabe que las cosas no acabarán bien cuando se vea incapaz de resolver por su cuenta la infinidad de problemas que padece el país.

Este post fue publicado originalmente en 'The WorldPost' y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco