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Navidad en La Jungla, el campo de refugiados de Calais

31/12/2015 07:16 CET | Actualizado 30/12/2016 11:12 CET
Masha Alekhina

Navidad: vas a preparar la cena, después saldrás de fiesta, te enredarás con el espumillón y las luces y tirarás el árbol de Navidad encima del gato. Eres parte de la fiesta corporativa, bailas hasta que no puedes más y te levantas a la una de la tarde del día siguiente deseando que por obra de algún milagro se haya inventado un tratamiento más eficaz para el dolor de cabeza. Te despiertas en tu casa, o en casa de algún amigo. En el primer caso, siempre puedes enterrarte bajo las sábanas y volver a dormir. En el segundo, tienes que levantarte e irte a casa.

Ahora imagínate que no tienes casa ni ningún lugar al que volver.

Volé a París y de allí cogí un tren para llegar a mi destino: el puerto de Calais, situado al lado del campamento de refugiados más grande de Europa, conocido como "La Jungla".

Diseminadas por el campo, se ven hileras de viviendas improvisadas. Todo vale para construir: polietileno, toldos de tiendas de campaña y una especie de lona sujeta con vigas de madera. Hay algunas casas fabricadas con contrachapado, pero lo más común son las tiendas de campaña. En dos minutos, los zapatos se te llenan de barro. El viento congelado es terriblemente húmedo, así que da la sensación de que el frío se te mete en los huesos.

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Antes tenías una casa, eras médico o ingeniero o animador, y ahora eres un extraño. No eres francés ni inglés. La gente te mira de reojo, sujeta con más fuerza el bolso y acelera al pasar por tu lado. Tus vecinos, franceses, levantan una valla alrededor de su casa y cuelgan un cartel que reza "Esta casa está vigilada por un perro". Un policía te rocía los ojos con un espray de pimienta porque no eres bien recibido aquí. En términos oficiales, este campamento ni siquiera existe.

La calle principal separa el campamento en dos, y hay tiendas a ambos lados de esta ciudad inexistente. Tiendas -que funcionan gracias a la energía de los generadores- en las que se venden alimentos o café. Cada 200 metros, aproximadamente, hay una tubería con agua corriente para lavarse las manos y los zapatos. En todo el campamento hay cuatro duchas y para recibir la ración de comida gratuita, que consiste en un plato al día, hay una larga cola.

Han abandonado Libia, Irak, Irán, Siria, Afganistán; en total, hay más de diez nacionalidades distintas. Huían de las guerras y de los conflictos armados, han cruzado fronteras y arriesgado sus vidas mes tras mes. Actualmente, a este campamento de más de 4000 personas llega un grupo nuevo de refugiados cada semana. Dejan atrás Oriente Medio y sus vidas anteriores. Tienen por delante el Canal de La Mancha, que esperan poder cruzar para llegar a Reino Unido. Ese país del que todos hablan. El país de James Bond, de Sherlock Holmes, del Big Ben y de la reina de Inglaterra.

Si te las arreglas para ir de polizón en un camión de mercancías, en un tren o en un barco, y si te las arreglas para evadir a la policía: misión cumplida.

London is calling. Lo primero que veo son grafitis en un puente. Hay un campamento fronterizo invisible, hay policías con chaleco antibalas y botas hasta las rodillas, protegidas con bolsas de plástico. Todos llevan máscara.

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Tú eres la razón por la que este policía blanco lleva máscara, ya que piensa que perturbarás la tranquilidad de la vida europea con tu infección. Sin siquiera preguntarte nada, ha decidido que eres peligroso. A tu hijo no se le permitirá inscribirse en ninguno de los colegios locales.

Te lloran los ojos del frío.

No puedes fotografiar a nadie porque todos tienen miedo de que su cara acabe saliendo en un cartel que rece "se busca".

Calais es una ciudad conservadora donde la mayor parte de los votos fueron para Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional, un partido de extrema derecha. A media noche, aquí no se puede ni comprar un mechero. Los antiguos habitantes de la zona, que ahora tiene una de las tasas de desempleo más altas, trabajaban en un taller de costura. Empezaron a abandonar la ciudad cuando se dieron cuenta de que el campamento de refugiados no se iba a mover de allí y de que lo más probable era que siguiera creciendo.

Mientras los políticos sigan sin saber qué hacer y sigan pasando meses discutiendo sobre la crisis migratoria, negándose a tomar una decisión, seguirán acudiendo voluntarios de toda Europa dispuestos a construir viviendas y centros de salud y a traer ayuda humanitaria. La primera noche, conocí a uno de los voluntarios. Era estudiante de la Universidad de Yale, una de las universidades estadounidenses más prestigiosas, cuyas facultades aceptan a lores. Se presentó con su chubasquero amarillo y me contó que había aprendido ruso, que había ido a Moscú y que había rechazado unas prácticas en un importante banco para venir al campamento a ayudar a los refugiados por Navidad.

El campamento está dividido en dos secciones diferentes por nacionalidades. En la parte en la que se encuentran los refugiados de Afganistán hay una gran esfera blanca, un cine que construyeron dos señores ingleses. Entra y siéntete como un personaje de una película de Stanley Kubrick. Cuando llegaron al campamento para construir este cine, muchos de sus amigos creían que se la estaban jugando. "Estamos aquí para hacer que este campamento se parezca más a un hogar", decían. "Los refugiados creen en los valores del Reino Unido y quieren vivir con seguridad".

"Si en Europa decimos que la humanidad es uno de nuestros valores fundamentales, no podemos dejar que la gente que viene a ayudarnos se congele en el suelo".

Todas las cafeterías hacen pan y la gente se lo come con una mezcla de verduras, huevos y salsa picante. Arroz frito, judías, espinacas. Patatas fritas. El té con leche está muy dulce. Cuando salimos del cine, nos traen té en una bandeja de uno de los cafés afganos.

Mientras recorremos el campamento, pienso que las tragedias de los habitantes de este pequeño barrio me parecen ridículas. Pides un préstamo que tardas años en devolver. Compras una casa con vistas al campo, pensando en levantarte y mirar por la ventana todas las mañanas. Y, de repente, bajo tu ventana se forma un campamento en el que viven 4000 personas procedentes de Oriente Medio. Si te fijas en las ventanas de las casas, por la tarde y por la noche no se ven las luces encendidas.

Puede leerse la frase "We have a dream" (que significa "tenemos un sueño"), escrita cuidadosamente con pintura blanca a los pies de una doble valla de hierro coronada con alambre de espino. Lo más seguro es que los cientos de niños que viven en el campamento se pregunten "¿por qué vivimos encerrados por una valla de alambre de púas?".

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Hacemos dibujos con los niños. En hojas de papel grandes, los niños dibujan sus siluetas y dentro escriben sus deseos. Uno de ellos se llama Avrist, tiene ocho años y viene de Irak. Ahora vive en el campamento, en un remolque. Avrist habla cuatro idiomas, los voluntarios dicen que es un genio. En su dibujo, pueden leerse las palabras "guitar" y "professor" (que significan, respectivamente, "guitarra" y "profesor"). Avrist es un niño que quiere ser profesor y al que ni siquiera se le permite inscribirse en un colegio.

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Cuando eras pequeño, lo que te decían era "si te portas bien, Papá Noel o los Reyes Magos te traerán muchos regalos, pero si te portas mal, nada". ¿Qué es portarse bien? No hacer pellas y volver a casa a la hora. ¿Qué le dirías a Papá Noel o a los Reyes Magos si no se te permitiera ir al colegio o si, en vez de tener una casa a la que volver cada día, tuvieras que regresar a una tienda de campaña congelada?

En Navidad puedes esperar que suceda un milagro o puedes intentar ser un milagro para alguien.

"Para Avrist de parte de Pussy Riot y del teatro de Bielorrusia", escribí en un trozo de papel que coloqué en una funda de guitarra negra. Comprar una guitarra en Calais es una misión que merece un artículo aparte. En la ciudad solo queda una tienda de música, que no aparece en el mapa, las demás han cerrado porque no daban beneficios.

"Milagro" no es simplemente una palabra, sino el hecho de que hayas comprado billetes para ir a un campamento de refugiados, es tu regalo, es el hecho de que hayas pasado dos horas escuchando la historia de uno de los refugiados simplemente porque él quería contarla. "Milagro" significa no dar la espalda a alguien por el mero hecho de que no le entiendas.

Mis amigos del teatro decoran el árbol de Navidad con los niños. Con copos de nieve pintados con acuarelas en papel y con adornos de origami. El árbol ha quedado precioso. Esto es, junto con el aroma a agujas de pino, en lo que consiste la Navidad.

Hemos dejado al árbol dentro de una tienda de campaña para evitar que el viento lo destroce. Detrás del árbol se aprecia una fotografía que hizo uno de los voluntarios. En la foto se ve una mano que sostiene un cartucho vacío de gas lacrimógeno que la policía tiró al campamento.

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Fotografías de Nikolai Khalesin y Masha Alekhina.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero

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