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Churras, merinas y machismo

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Nos hemos acostumbrado tanto a ver la realidad expresada en números, que ya hay partes de ella que no dicen nada salvo que vengan acompañadas de alguna cifra. Ocurre, por ejemplo, con el paro, los accidentes de tráfico, con muchos aspectos de la economía... y sucede con la violencia, especialmente con la violencia de género.

Para muchos, la violencia de género sólo forma parte de la realidad cuando se expresa en números a través de las cifras de homicidios, de denuncias interpuestas, del porcentaje de condenas, de las órdenes de protección adoptadas... y no es casualidad.

De ese modo, en ausencia de palabras que le den un significado y la sitúen en el contexto histórico que indica de dónde venimos y por qué nos vamos de esa cultura machista y violenta, los números pueden ser utilizados como cada uno quiera, y se pueden hacer comparaciones con otras violencias para impedir que las palabras delimiten la realidad específica de la violencia de género. Así, todo queda como una mezcla de "golpes, agresiones, homicidios..." con independencia de cuales sean las motivaciones y el contexto en el que se produzca cada una de las violencias.

"Antes nunca habían planteado problemas para separar violencias diferentes, ni a la hora de tomar medidas distintas para cada una de ellas"

Resulta curioso que una sabiduría popular que históricamente nos ha recordado constantemente que "no se pueden mezclar churras con merinas", o que nos ha enseñado matemáticas en la escuela diciendo que "no se pueden juntar peras con manzanas", y que por tanto a la hora de hablar de ovejas o de frutas nos ha exigido que hay que especificar de qué ovejas y de qué frutas hablamos, ahora insista en hablar de "violencias" como si todas fueran iguales porque acaban en el lugar común de las lesiones. Y es curioso que lo haga justo cuando el conocimiento científico impulsado por el feminismo, los propios estudios feministas, y el trabajo de las organizaciones de mujeres en el día a día, han diferenciado la violencia de género del resto de las violencias al mostrar sus características específicas.

Antes nunca habían planteado problemas para separar violencias diferentes, ni a la hora de tomar medidas distintas para cada una de ellas (terrorismo, narcotráfico, racismo, xenofobia, tortura...). No había problema porque ninguna de esas violencias señalaba a los hombres como autores, aunque lo eran en la inmensa mayoría de los casos y, por tanto, las diferentes iniciativas que se adoptaban a la hora de prevenirlas, de ayudar a las víctimas o de sancionar a los agresores, no se hacían sobre la referencia concreta de ser hombres, sino sobre la posición o situación que ocupaban a la hora de utilizar la violencia.

Aún en 2016 hay una parte de la sociedad que admite el uso de la violencia contra las mujeres dentro de las relaciones de pareja

El problema que no quieren ver muchos es que la violencia de género es llevada a cabo por los hombres contra las mujeres a partir de las referencias culturales que, ¡oh casualidad!, parten del patriarcado o machismo que decide lo que es normal y aceptable y lo que no lo es. Referencias que hacen que aún en 2016 haya una parte de la sociedad que admita el uso de la violencia contra las mujeres dentro de las relaciones de pareja, y que muchas mujeres entiendan que la violencia sufrida, no como posibilidad, sino como realidad, es "normal" y no merece la pena denunciarla (el 44% de las mujeres que no denuncian no lo hacen porque la violencia sufrida no es lo suficientemente grave -Macroencuesta, 2015).

Por estas razones, los mismos que no quieren poner palabras a la violencia de género para que sus números puedan ser utilizados sin sentido alguno y comparados sin pudor con cualquier otro dato, tampoco son capaces de mirar la cara B de la cancioncilla que repiten sin cesar. Y no lo hacen porque es en esa cara oculta donde se esconden otros números que no les interesa mostrar, concretamente los que hacen referencia a la violencia invisibilizada y negada que no llega a las denuncias, la cual representa aproximadamente el 80%.

El machismo prefiere quedarse con el 20% denunciado para luego cuestionarlo con el argumento de las "denuncias falsas", incluso con juristas de reconocido prestigio y partidos políticos haciéndose eco de esas ideas levantadas sobre el terreno movedizo de unas cifras parciales y sacadas del contexto social y cultural que las origina.

Como se puede comprobar, la estrategia es falaz, pero funciona, y lo hace con más impacto cuando, además, sintoniza con toda la serie de ideas y valores tradicionales en los que beben las raíces de la propia violencia de género.

"Un ejemplo lo tenemos en la acepción social de la palabra "género", la cual la RAE se resiste a admitir, a pesar de contar desde 2004 con una ley orgánica que la recoge en su nombre"

Y por la misma razón que ocultan la parte de los números que dejaría al descubierto su falacia, esconden las palabras que ayudarían a definir la realidad desigual y violenta que intentan negar, estrategia a la que la RAE está contribuyendo por acción y omisión. Un ejemplo lo tenemos en la acepción social de la palabra "género", la cual se resiste a admitirla, a pesar de contar desde 2004 con una ley orgánica que la recoge en su nombre (Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género), de ser utilizada cada día por los Tribunales de Justicia en miles de resoluciones, de aparecer con frecuencia en los informativos más seguidos del país y en todos los medios de comunicación, de contar en nuestras universidades con centros de estudios de género desde hace años...

La RAE no sólo se resiste a admitirla, sino que "desaconseja" su uso, y claro, si no se usa no se puede incluir en el diccionario, lo cual refleja una actitud tramposa que no adopta con otras palabras. Es lo que hemos visto estos días, cuando desde su cuenta de Twitter no ha dudado en respaldar el uso correcto de palabras como "feminazi" y "hembrismo", palabras usadas tan sólo por los machistas mas agresivos para continuar con su violencia a través del lenguaje, y que no definen realidad alguna, sino las ideas de un machismo resabiado.

La realidad que nos envuelve, como se puede ver, es muy clara: no se pueden mezclar churras con merinas ni peras con manzanas, pero sí violencia de género con violencia contra los menores, los hombres, los ancianos.... No se pueden admitir palabras como género y sororidad, pero sí "feminazi" y "hembrismo"... No hay duda de lo clara que es la realidad, y es que si hay algo que siempre ha estado claro a pesar de la oscuridad que intenta imponer en la sociedad, es el machismo con sus pastores, sus números y sus palabras.

Lo que no está tan claro es por qué no se actúa de forma decidida frente a todo este machismo que antecede y continúa a la violencia de género.

Este artículo fue publicado anteriormente en el blog del autor (Autopsia).