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La ultraderecha accede al parlamento alemán: ¿Quiénes son Alternativa para Alemania?

25/09/2017 13:44 CEST | Actualizado 25/09/2017 13:45 CEST
EFE
El presidente del partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), Joerg Meuthen; la candidata Alice Weidel, y el candidato de AfD Alexander Gauland.

Ayer se celebraron elecciones federales en Alemania. Tras el titular de la nueva victoria de la CDU de Merkel sin mayoría para gobernar en solitario, se esconden otras noticias tanto o más relevantes. Sin duda, la más preocupante es la irrupción en el Bundestag de la extrema derecha de Alternativa por Alemania (AfD). Un resultado histórico: desde la Segunda Guerra Mundial, es la primera vez que la extrema derecha tendrá representación en Alemania a escala federal. Además, llega como la tercera fuerza más votada, con una importante capacidad de condicionar el resto de políticas y una influencia potencial sobre el futuro inmediato del país con más peso dentro de la UE.

Pero ¿quiénes son Alternativa para Alemania? La AfD se funda en 2013 de la mano de académicos, juristas, economistas, y representantes del mundo empresarial. Su nacimiento busca, en cierta medida, reaccionar ante la política de rescates financieros de la UE a otros Estados Miembros, supuestamente "a costa de la economía y el bienestar alemanes". Rápidamente AfD enarbola la bandera de la salida del euro y la vuelta al marco, añadiéndole un cierto regusto xenófobo hacia los países del sur de Europa. Pero desde sus inicios el partido se vio inmerso en diversas disputas internas que lastraron su ascensión electoral. Disputas que, a pesar de los buenos resultados recientes, no han desaparecido del todo.

En las elecciones federales de 2013 AfD se quedó a las puertas del 5% y, por lo tanto, fuera del Bundestag. Esto precipitó una primera ruptura dentro de su núcleo fundacional y motivó un importante cambio de rumbo de la formación en favor de una acelerada radicalización anti-migración. En los años siguientes, al calor de la mal llamada "crisis de los refugiados", el nuevo equipo dirigente de AfD aprovechó el vacío político que existía en Alemania para una opción de impugnación con carácter ultra-racista y xenófobo.

Vacíos que, en buena parte del resto de Europa, ocupan partidos como el FPO austriaco o el Frente Nacional francés. Expresiones de la crisis que viven los grandes partidos que han ostentado el poder desde la II Guerra Mundial. Una crisis que, a estas alturas, podemos y debemos considerar europea y no simplemente el síntoma particular de un país concreto. Crisis que permite el desplazamiento de los espacios políticos hacia fuerzas que hasta ahora se situaban en los márgenes de un "extremo centro" (socialdemocracia y conservadores) que gobierna la Unión Europea, ya sea alternándose o bajo el paraguas de una gran coalición.

En las elecciones de este pasado domingo la gran coalición gobernante, formada por CDU/CSU (conservadores) y SPD (socialdemócratas) ha pasado de representar casi el 70% de los votos a poco más del 50%. Una clara muestra de censura al gobierno y sus políticas neoliberales por parte del electorado alemán. Merkel seguirá al frente del gobierno, cierto, pero este será multicolor y más frágil que antes de ayer y, sobre todo, tendrá en frente a un parlamento más diverso y beligerante, que cuenta con nuevos invitados. Precisamente los dos partidos que más crecieron fueron AfD y los ultra-liberales del FDP. Ninguno de los dos estaba en el Bundestag. Eran, por lo tanto, outsiders. O, al menos, han podido jugar esa carta para presentarse como alternativas al gran centro y, a la postre, recoger mejor que nadie en su hundimiento.

Con apenas cuatro años de vida y un marcado discurso euroescéptico e islamófobo, AfD ha conseguido obtener representación en 13 de los 16 parlamentos regionales del país.

Por toda Europa, la crisis de legitimidad y caída electoral de los partidos de este gran centro ha generado un desplazamiento político que, en la mayoría de los casos, como en la propia Alemania ahora, se ha inclinado claramente hacia la derecha, por no decir la extrema derecha. Formaciones que han sabido convertir el imaginario de escasez generado por las políticas de austeridad en motor de los mecanismos de exclusión. Aquel fenómeno que Jürgen Habermas definió como "chauvinismo del bienestar" y donde se cruzan las tensiones siempre latentes entre el estatuto de ciudadanía y la identidad nacional. Situaciones en las que el malestar social y la polarización política se canalizan a través de su eslabón más débil (la persona migrante, el extranjero o simplemente el "otro"), eximiendo así a las elites políticas y económicas, responsables reales del expolio.

En ese proceso, de la mano de sus dirigentes y portavoces Frauke Petry y Jörg Meuthen, AfD evolucionó desde sus posiciones originales eurófobas (que no ha abandonado) hacia un nacional-populismo con claro matiz racista, xenófobo e islamófobo. En esa evolución, las reivindicaciones económicas en torno al euro que inspiraron su fundación fueron quedando en un segundo plano, centrando los esfuerzos en arremeter contra las políticas de asilo del gobierno de Merkel y, sobre todo, en combatir a su nuevo enemigo de cabecera: la presencia del islam en Alemania. De esta forma, AfD recogía, en el plano electoral, el testigo sembrado por la plataforma de extrema derecha Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (PEGIDA). Un movimiento islamófobo que lleva varios años convocando protestas contra la inmigración en diferentes ciudades, fundamentalmente del este de Alemania, precisamente donde AfD ha obtenido sus mejores resultados.

En Alemania, AfD ha conseguido recoger el testigo anti-migración e islamofóbico de la ultraderecha europea con propuestas como la prohibición por ley de la construcción de minaretes, de la llamada de los muecines, del uso público del burka y hasta del sacrificio ritual de animales. En este contexto se enmarcan declaraciones de dirigentes como la eurodiputada y vicepresidenta del partido, Beatrix von Storch, quien afirmaba sin tapujos que "el islam es incompatible con la Constitución Alemana". Para el líder de AfD en Brandeburgo, Alexander Gauland, el islam "no es una religión como la cristiana, sino que siempre está ligada a la toma del Estado. Por eso es un peligro la islamización de Alemania". Durante un debate sobre educación en el parlamento del Land de Turingia, una diputada de AfD entró vestida con burka para defender su prohibición. Normativa que quieren extender al pañuelo islámico en las escuelas, por considerarlos ambos símbolos que implican una presencia excesiva del islam en la vida pública.

Así, con apenas cuatro años de vida y un marcado discurso euroescéptico e islamófobo, AfD ha conseguido obtener representación en 13 de los 16 parlamentos regionales del país. En marzo obtuvo el 24% de los votos en Sajonia- Anhalt, pasando a ser el segundo partido en la Cámara del Estado federado. También cosechó casi el 15% en la región sur de Baden-Wurtemberg y más del 12% en Renania-Palatinado. Ayer alcanzó un nuevo hito en su espectacular progresión electoral al recoger un 13% de los votos y convertirse en la tercera fuerza en las elecciones federales.

En un tiempo record, la extrema derecha alemana representada por AfD ha conseguido no solo conquistar un espacio político propio al margen de la CDU, sino también erigirse, ante una parte de la opinión pública, en la principal fuerza de oposición a Merkel. Consciente de ello, ayer mismo, en plena resaca electoral, el candidato Alexander Gauland mandó un claro mensaje a Merkel: "Que se cuide este gobierno porque iremos a por él". Muchos no querían verlo venir, pero ya nadie puede negarlo: ya están aquí. Los monstruos del pasado recobran fuerza en nuestro presente.