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Manzanas traigo

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¿Quién ha ganado el Debate sobre el Estado de la Nación 2014?

Voten, pero yo ya tengo mi veredicto: combate nulo. Imposible decantarse. Uno gana o pierde cuando parte de las mismas bases, de parecidas coordenadas, cuando discute una misma realidad. Y lo que hemos vivido hasta ahora del debate parlamentario más importante del año sólo arroja una constatación: el presidente del gobierno vive en un país, y los líderes de las demás fuerzas políticas en otro(s). A priori, no sería tan preocupante: en el sueldo de la oposición va descafeinar los logros que trata de 'vender' el presidente de gobierno de turno. Lo grave es que, salvo algún banquero entusiasta, pocos ciudadanos más puede sentirse identificados con la foto fija de España que Rajoy desgranó este jueves en la tribuna de oradores.

Salvo por su mención a los más de cinco millones de parados, el discurso de Rajoy orbitó en torno a un país en crecimiento, sin apenas inflación, competitivo y productivo,
que exporta como nunca y bate récords de turistas, un país reformado
-como sometido a una liposucción para despojarle de toda la grasa superflua-, con datos esperanzadores que alumbran a la juventud; un país en rumbo hacia el éxito y la eficiencia. Un país que inspira confianza y que atrae como moscas a los inversores extranjeros. Ah, y un gobierno que abandera la lucha contra la corrupción, y cuyos esfuerzos han sido reconocidos por la Comisión Europea (sic). Necesitado de algunos retoques, eso sí, apenas un pinchacito de botox: tarifa plana para incentivar empleos netos indefinidos, ayudas a la financiación de las pymes, planes de mejora de la formación profesional, ligera bajada de impuestos -sin cuantificar, para 2015-.

Un triunfo de los españoles -concesión al pueblo-, pero guiado por un gobierno firme que ha capeado el peor de los temporales. Un país que ha bordeado ya el Cabo de Hornos, rumbo a un futuro brillante.

"Pero, ¿en qué país vive usted?", le ha espetado Alfredo Pérez Rubalcaba.

Y a partir de ese momento, a las cuatro de la tarde, la ilusión que intentaba crear Rajoy se ha desvanecido ante el espejo que tanto el líder socialista como Durán i Lleida, Cayo Lara, Rosa Díez o Joan Coscubiela han tratado de ponerle frente a los ojos. Por la tribuna empezó entonces a desfilar otra España: la de las desigualdades económicas, la que ha perdido empleo, prestaciones, ayudas sociales, sanidad, educación, la que está perdiendo libertades y ve cerrado el grifo del crédito: una sociedad empobrecida y seriamente preocupada por el presente -y no digamos ya el futuro- de sus jóvenes, de sus mayores, de sus mujeres.

Es innegable que, como ha defendido Rajoy, los datos macroeconómicos indican un cambio en la dirección del viento: sería de ciegos no interpretar positivamente la bajada de la prima de riesgo, el frenazo a la destrucción de empleo, los indicadores de la leve recuperación y lo que ello conlleva. Tan de ciegos como pretender que, automáticamente, esos datos implican una mejora de las condiciones de los vapuleados ciudadanos. Pero el empeño de los portavoces parlamentarios por "aterrizar" al capitán Rajoy y devolverle al planeta Tierra han sido inútiles: el presidente ha mostrado su cara más correosa haciendo oposición al anterior gobierno -ay, esa mandíbula de cristal de Rubalcaba- o despreciando con chulería a quienes osaban cuestionar sus dotes de mando. "Es usted el presidente más antipolítico de la democracia", le ha dicho la líder de UPyD.

Mientras en el hemiciclo sobrevolaban como puñales los titulares de prensa, algo ha quedado claro: Mariano Rajoy se ha cansado de las malas noticias. Fin de la crisis. Manzanas traigo, oiga.