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De Harry Potter, el nuevo president y lo que nadie dice en el PSOE

11/01/2016 06:58 CET | Actualizado 11/01/2017 11:12 CET

puigdemont

Foto: Getty

Y antes de convertirse en calabaza, el procés hacia la independencia de Cataluña encontró a su Harry Potter y retomó el vuelo.

La cabriola final ha sido sorprendente. No tanto por el desenlace: estaba claro que o bien Junts pel Sí o bien la CUP acabarían por ceder, y finalmente los dos lo han hecho. Los anticapitalistas han ejecutado un show de contorsionismo político del que se hablará durante años: obligados incluso a pedir disculpas por el tono durante las negociaciones, han acabado por mostrar una docilidad que casa mal con el espíritu indomable del que habían hecho gala hasta este mismo sábado. Integrarse -en parte- en el grupo parlamentario de Junts pel Sí y afirmar que no harán oposición es, digámoslo suavemente, de un travestismo apabullante.

Artur Mas está manejando de manera magistral su fracaso: de ser imprescindible ha pasado a ser nada, y aun así este domingo, en el Parlament, parecía investido de la aureola de triunfador. Ya veremos en los próximos días, cuando pase el efecto de las burbujas, si las palmadas en la espalda y el calor de la Cataluña independentista es suficiente para neutralizar el síndrome del teléfono que no suena y el de las reuniones a las que no te convocan. En cualquier caso, no se le ve con ninguna gana de abandonar la primera línea, y nadie debería descartar una falsa retirada para coger carrerilla. La clave estará en si mantiene el control de Convergència en el próximo congreso de la formación que, ahora sí, ya toca.

Domesticados los radicales, los dos hombres claves ahora son el nuevo presidente, Carles Puigdemont, y el próximo vicepresidente económico, Oriol Junqueras, que por primera vez asume una responsabilidad institucional decisiva: ha llegado su hora. Puigdemont aterriza para dirigir un gobierno prediseñado en el que no ha tenido ni arte ni parte. Vale, de acuerdo que era hasta hace poco más de 24 horas un (casi) perfecto desconocido al sur del Ebro, pero por cómo se ha desenvuelto en el discurso de investidura, Puigdemont parece de todo menos un títere. Su acreditado pedigrí independentista, su entusiasta adhesión a la Declaración del 9 de noviembre del Parlament (declarada nula por el Tribunal Constitucional) ha provocado tal alarma que Mariano Rajoy ni siquiera quiso esperar a la investidura formal de esta semana para comparecer y advertir que no habrá secesión, que el gobierno en funciones está plenamente legitimado -y preparado- para actuar y bloquear cualquier actuación ilegal de la cámara catalana.

Rajoy y el PP lanzan ahora toda su artillería hacia el PSOE. En manos de Pedro Sánchez está, dicen, la construcción de un gobierno que haga frente a esta amenaza de secesión, que resurge con nuevo ímpetu. Fórmulas hay: desde el apoyo de los socialistas sólo para la investidura, a la gran coalición, pasando por un gobierno de gestión con obsolescencia programada -en el caso de una reforma constitucional-. Los de Génova nunca habían sido tan dulces como estos últimos días, y sus cantos de sirena han hecho mella en una parte importante de los barones socialistas, que abominan de Podemos y creen tan indeseable como inevitable algún tipo de acuerdo con el PP. Son conscientes del precio que el partido pagará entre sus votantes si facilitan que el PP siga en el poder, pero les parece un mal menor ante la delicadísima situación del país. Lo dicen en privado: de momento nadie lo hace en público. Porque Pedro Sánchez ha dicho no, no y no, y en esas estamos. Lean, lean la crónica de Esther Palomera para entender mejor el vértigo en el que están instalados los socialistas desde que el contador se paró en 90 diputados la noche del 20-D.

Quizá sea que hemos votado mal, y que necesitamos votar de nuevo y votar mejor, o quizás necesitamos que alguien venga a 'corregir' el desaguisado de las urnas -sí, con esa desfachatez lo verbalizó Artur Mas-.

A la espera de que se produzca la magia, no dejo de pensar en el curioso juego al que me invitaron a participar desde la Comisión Europea. Este pasado uno de enero se han cumplido 30 años del ingreso efectivo de España -y Portugal- en la UE, entonces la CEE (#yyavan30). Nos propusieron a un grupo de periodistas, economistas y politólogos que reflexionáramos sobre cómo estaría España hoy si esa negociación no hubiese llegado a buen puerto. Dije que lo peor sería la irrelevancia de nuestro país en la construcción de Europa. Y que a pesar de las ineficiencias, de los errores y de los enormes déficit de Bruselas, es infinitamente mejor estar ahí y utilizar nuestra voz para mejorarla que no estar.

Por eso vivo con enorme tristeza la cabalgada de Cataluña hacia nadie sabe dónde, ensimismada en frases épicas y gestos grandilocuentes que ocultan una terrible verdad: por separado seremos más débiles, más inoperantes, más irrelevantes. Cuánta destreza va a tener que demostrar nuestra clase política en las próximas semanas, cuánta magia, para encontrar un camino que no nos conduzca al desastre.

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