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Las niñas invisibles

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Desde que nos levantamos por la mañana, nos pasamos el día tomando pequeñas y grandes decisiones. Decisiones que nos afectan a nosotros mismos y a los demás. Incluso hay veces que tenemos que decidir por otros, sobre todo, si tenemos a otras personas a nuestro cargo. Decisiones en casa, decisiones en el trabajo, decisiones en nuestra vida de pareja, en momentos de ocio, familiares, personales... En ocasiones es tan agotador, que hay veces que preferiríamos no tener que pensar.

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Foto: © UNICEF/UN08387/Karki

Tomar decisiones, día a día, todos los días, a cada rato. Esto que es tan cotidiano para el común de los mortales no lo es tanto para millones de mujeres y niñas en todo el mundo.

Hace poco leí la historia de Aicha. Me conmovió.

Aicha nunca tomó muchas decisiones, realmente. Simplemente, fue haciendo lo que se supone que tenía que hacer, casi por inercia. Todos y cada uno de los pasos que dio en su vida los fue dando de manera casi automática, sin hacer ruido, sin grandes debates, discusiones o (in)útiles listados de pros y contras.

Nunca se preguntó si quería tener un hijo, simplemente lo tuvo. Nunca se preguntó si realmente quería casarse, solo lo hizo. Dio por hecho que eso era lo que tenía que hacer, o lo que se esperaba de ella. Sin opciones.

Cada vez que tomaba una no decisión, Aicha se iba haciendo no más pequeña, pero sí un poquito más transparente, hasta convertirse en una mujer prácticamente invisible. Mejor dicho, en una niña invisible, porque Aicha solo tiene 15 años. Y es que, cuando no puedes decidir ni siquiera sobre las cuestiones que determinarán tu propia vida, es como si te volvieras cada vez más transparente hasta casi desaparecer para el resto del mundo.

Solemos reclamar a los cuatro vientos que las mujeres y las niñas tengan voz propia, pero hay veces que olvidamos que existe una condición previa: deben contar para los demás, debemos verlas, conocerlas.

Desde UNICEF tratamos de visibilizar a las 1.100 millones de niñas que día a día se enfrentan a mil y un desafíos. Con sus nombres y apellidos, con sus historias propias y únicas, con sus sueños y sus miedos, con sus esperanzas y aspiraciones.

Como Aicha. O como Aqila, que con solo 8 años es la encargada de cocinar para toda la familia. O Heian de 9, que todos los días, haga frío o calor, sale a recoger la leña que la familia necesita para cocinar o calentarse. O Weizero, de 14, que tiene que recorrer todos los días un largo camino para traer agua a casa.

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© UNICEF/UN010132/Ayene

Hace unos días, UNICEF publicó un interesante informe sobre el trabajo doméstico de las niñas en el mundo. En Somalia, por ejemplo, las niñas de entre 10 y 14 años dedican 26 horas semanales de media a las labores del hogar: cocinan, limpian, cuidan de la familia y son las encargadas de traer el agua y la leña a sus casas. Millones de niñas en el mundo están sacrificando importantes oportunidades para aprender, crecer o simplemente disfrutar de su infancia. Se siguen perpetuando además los estereotipos de género generación tras generación, porque la proporción de niñas a cargo de las labores domésticas con respecto a los niños es mucho mayor.

Es evidente que el trabajo doméstico siempre es menos visible, y decir que está infravalorado sería quedarnos cortos. Lo que demuestran los datos es que, en muchos países, las responsabilidades de los adultos, como el cuidado de miembros de la familia, incluyendo el de otros niños, son impuestas a las niñas. El tiempo que dedican a estas labores limita el tiempo que tienen para jugar, pasar tiempo con amigos, estudiar o sencillamente ser niñas. En algunos contextos, ir a recoger la leña o el agua las pone en riesgo de sufrir violencia sexual.

Por hacernos una idea de la magnitud del problema, se calcula que las niñas dedican 550 millones de horas al día al trabajo doméstico, 160 millones de horas más que los niños de su misma edad. La sobrecarga de trabajo doméstico no remunerado empieza en la primera infancia, con apenas 5 años, y se intensifica cuando las niñas llegan a la adolescencia. Trabajo invisible, niñas invisibles.

Necesitamos sacar a la luz estas situaciones de discriminación y visibilizar a las niñas, a todas. Necesitamos visibilizar a las niñas que se quedan trabajando en casa. Necesitamos visibilizar a las más de 200 millones de niñas y mujeres en el mundo que han sufrido la mutilación genital femenina. Necesitamos visibilizar a los 16 millones de adolescentes que son madres cada año. Necesitamos visibilizar a los más de 700 millones de mujeres que se casaron antes de cumplir los 18, y saber que 250 millones lo hicieron antes de cumplir los 15.

Pero necesitamos saber más, conocerlas mejor. Por ejemplo, aún hoy existen grandes lagunas en los datos sobre temas como violencia infligida por la pareja, pobreza y muertes de adolescentes por complicaciones durante el embarazo y el parto.

Porque solo conociéndolas sabremos cómo apoyarlas. Y en esas estamos. Somos miles de personas en los cinco continentes las que estamos tratando de visibilizar a todas las niñas del mundo. Porque sabemos que invertir en ellas -en su salud, educación y seguridad, entre otras cosas- mejora la calidad de sus vidas y permite construir un mundo más pacífico y próspero para todos nosotros.

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©UNICEF/UNI142691/Noorani

Todos podemos contribuir a visibilizar a las niñas para que su historia pueda ser reescrita. Porque en muchas partes del mundo el hecho de nacer niña o niño determina las oportunidades de las personas para crecer sanas, con acceso a la educación y a salvo. Esto es lo que queremos cambiar.

Nuestra propia vida está marcada por distintas circunstancias ya desde que venimos al mundo: dónde nacemos, en qué familia, con qué recursos... son aspectos que determinarán muchas de las decisiones que vayamos tomando.

Las circunstancias de Aicha también fueron determinando su vida: nació niña, en Nigeria, un país asolado por la violencia de Boko Haram. Nunca fue a la escuela porque tenía que encargarse de las tareas del hogar. Se casó con 13 años, tuvo un hijo. Se vio obligada a huir de la violencia y ahora vive en un país extraño... Demasiadas no decisiones. Cada vez más invisible.

Pero Aicha no ha desaparecido. Está reescribiendo su propia historia, comenzando a tomar sus propias decisiones. Después de huir de su país, ella y su familia consiguieron llegar a un sitio de refugiados en el vecino Chad. Allí UNICEF está ayudando a miles de familias que han huido de la violencia, para que puedan acceder a servicios de salud, educación y protección. Y allí conocimos su historia. Por primera vez se sintió escuchada, valorada, visible, y enseguida nos desveló su sueño: ir al colegio.

Desde enero de este año, va a clase todos los días (por primera vez en su vida), y le encanta. Ahora sabe que puede tomar decisiones, que hay una esperanza para ella, que las oportunidades también existen y que puede empezar a decidir cómo aprovecharlas.

Pero todavía quedan muchas niñas y jóvenes que permanecen invisibles en algún lugar del mundo. Debemos saber quiénes son, dónde están, qué les preocupa y qué sueños tienen. Solo así sabremos cómo apoyarles.

Ahora podemos ver a Aicha, sabemos que existe y tenemos claro cómo ayudarla gracias a que ella misma ha alzado su voz. Y por cierto, tiene una sonrisa de esas que hace que tu día sea mejor.