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¿Es la hora del feminismo para el PSOE?

16/05/2017 07:31 CEST | Actualizado 16/05/2017 07:31 CEST
EFE

Siempre he pensado que la tarea esencial del feminismo no ha sido ni es coser las prendas rotas o remendar las vestimentas deterioradas. Eso es más bien lo que les ha tocado hacer a las mujeres en el reparto de funciones mediante el que el patriarcado ha consolidado el dominio masculino. Es decir, mientras que nosotros luchábamos por la patria, ellas cosían las banderas. Las teóricas y activistas feministas, de las que continúo aprendiendo cada día, y que me obligan permanentemente a revisar mi posición privilegiada y los paradigmas que siempre me beneficiaron como varón, me han enseñado que el objetivo del feminismo es diseñar otro patrón y poner las bases de otro tipo de pacto. Es decir, no asumir el traje masculino y ajustarlo para que le siente bien a ellas, sino articular, desde la teoría y la praxis, un nuevo modelo de subjetividades y de relaciones entre ellas que haga posible de una vez por todas la equivalencia política de los géneros.

Ese ambicioso horizonte supone someter a un proceso crítico y a una posterior reconstrucción todas las estructuras de poder que durante siglos han condicionado el estatuto político de la mitad femenina. Un proceso que, en este momento, supone nada más y nada menos que combatir las profundas desigualdades que genera la perversa alianza entre neoliberalismo y patriarcado. Este debería ser, sin duda, el principal reto que asumiera una izquierda desnortada y que parece no tener muy claro que lo que daría sentido a su proyecto sería convertir en central lo que la política neoliberal insiste en mantener en la periferia. De ahí la necesidad de que el feminismo, que es sin duda la propuesta teórica y emancipadora más revolucionaria que podamos imaginar, se convierta en el eje principal de unas fuerzas políticas que andan a la deriva, entre otras cosas, porque han sido incapaces de asumir que el eje de la igualdad de género debe ser la palanca que haga saltar por los aires todos los aparatos de poder que continúan sosteniendo al depredador masculino. Un depredador que, no lo olvidemos, también siempre ha habitado en la izquierda y al que, por supuesto, también imitan muchas mujeres que entienden que la única manera de alcanzar y ejercer el poder es reproducir los patrones de conducta de sus colegas varones.

No se trata, como diría Susan Sarandon, de votar solo con la vagina sino de confiar en quienes luchan por subvertir un juego cuyo manual de instrucciones ya no nos sirve.

Por todo ello, pienso que, a diferencia de lo que una de las candidaturas a la secretaría del PSOE ha bautizado como "La hora de las mujeres", lo que el socialismo debería asumir de una vez por todas es que ésta debería ser la hora del feminismo. Lo cual pasa por revisar no solo quién ocupa el poder, sino también cómo lo ejerce y de acuerdo con qué prioridades. Ello no supone exigir a las mujeres un plus de méritos políticos y morales, ya que tienen el derecho fundamental a ser, como mínimo, igual de malas que nosotros, pero sí, cuando está en juego todo un proyecto político, exigir que las reglas del juego respondan a los objetivos que podríamos resumir en lo que Nancy Fraser llama "justicia de género". Y eso implica no simplemente que haya una presencia paritaria de mujeres y hombres en el poder, sino también, y sobre todo, que unas y otros dejen de usarlo de acuerdo con los parámetros masculinos y con la visión androcéntrica que acaba reduciendo a la igualdad a una cuestión de mera asimilación. Lo contrario nos llevaría al absurdo de, por ejemplo, valorar positivamente los liderazgos de Marie Le Pen o Angela Merkel simplemente por el hecho de ser mujeres. No se trata, como diría Susan Sarandon, de votar solo con la vagina sino de confiar en quienes luchan por subvertir un juego cuyo manual de instrucciones ya no nos sirve. El reto, insisto, muy especialmente para la izquierda, no es solo que haya más mujeres ejerciendo el poder, sino que haya cada vez más mujeres capaces de situar la agenda feminista como prioridad absoluta e innegociable.

Esa es, o debería ser, una de las grandes cuestiones que deberían estar planteándose en el seno de un PSOE que, sin embargo, parece más pendiente de los liderazgos personalistas y de la cultura de trincheras que del objetivo de ser en el siglo XXI el partido que más y mejor se comprometa con la igualdad de mujeres y hombres. Lo cual supone, insisto, plantarle cara al liberalismo salvaje, a las reglas patriarcales que siguen dominando lo público y a la falsa creencia de que la simple presencia de una mujer en el poder es capaz de darle la vuelta a un mundo hecho a imagen y semejanza de los varones y de quienes, con independencia de su sexo, son cómplices del sistema. Mucho me temo que si el partido no asume como principal bandera esta lucha, continuará sumando argumentos para situarse en la irrelevancia.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor