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La Verdú y la magia

09/08/2017 07:26 CEST | Actualizado 09/08/2017 07:26 CEST
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Maribel Verdú en 'Abracadabra' (Pablo Berger, 2017).

Ya sé que decir que Maribel Verdú empezó a actuar siendo casi una niña, casi tan niños como lo éramos muchos de nosotros por entonces, es un tópico. Pero a veces los tópicos son necesarios para empezar y situar las cosas en el tiempo y en los espacios. Ahora ya no es una niña (han pasado unos cuantos años), sino una mujer cuya belleza habría que situar cerca de la de Charo López, que viene a ser lo mismo que hacerlo al lado de la de Ava Gardner. Y esto no es otro tópico: es la realidad. No hay más que echar un vistazo a muchas de sus fotografías más recientes. Hay, en esas fotos, junto a esa belleza indiscutible, una serenidad que le viene como anillo al dedo a las facciones de su rostro. Al llegar a cierta edad, Charo también alcanzó esa serenidad. Me temo que Ava no lo consiguió.

Últimamente, con cada nueva interpretación, decimos que Maribel Verdú ha vuelto a superarse a sí misma, y esto, si lo pensamos bien, es un poco injusto porque parece que despreciásemos un poco lo anterior, y no puede despreciarse, ni siquiera mínimamente, tanto talento. Es cierto que, tras ver 'Abracadabra', hay que apuntar que la Verdú, bien respaldada por el resto de los actores (¡ese José María Pou!), está soberbia. Su trabajo es de una exquisitez y minuciosidad que apabulla. No sólo por lo que dice, y cómo lo dice, sino por lo que calla o lo que muestra con un simple movimiento de ojos o cualquier otro gesto. Y aunque en apariencia resulta un personaje muy jugoso, había que tener cuidado y darle el punto exacto: o sea, ni pasarse ni quedarse corta. Y es ese punto lo que hace de su interpretación algo realmente asombroso.

En medio de todo el entramado de la película, hay una crítica contra ese machismo feroz que aún sigue campando a sus anchas.

'Abracadabra' es una película compleja, mucho más de lo que pueda parecer a simple vista. Y le pasa como al personaje femenino: había que dar con el punto exacto para que la historia no se desbocase. Y Pablo Berger también ha logrado ese punto que se sitúa entre la cordura y la locura, lo esperpéntico y lo costumbrista, lo real y lo (vamos a decirlo así, suavemente) menos real. En medio de todo este entramado (también hay lugar para las risas, sobre todo al principio), hay una crítica contra ese machismo feroz que aún sigue campando a sus anchas. Y ese es uno de los grandes méritos de la película. Esa reflexión, en medio de todo lo demás, tan pertinente en estos tiempos salvajes.

Aunque me gustaría hacerlo, no voy a hablar del final de la película para no desvelar nada. Sólo diré, volviendo a la Verdú, que se trata de otro momento antológico en la carrera de la actriz. Desafiando al mundo, con toda la fuerza de una mujer que va a tomar las riendas de su vida. Cuando le den un premio a toda su carrera (el Donostia, vamos a suponer), esas imágenes destacarán sin duda sobre el fondo de la pantalla.

Aunque estemos en agosto, no dejen de ir a ver esta película. Perdérsela sería un grave error.

La Verdú

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