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Las búsquedas de Soledad Puértolas

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Hace unos días, en un deteriorado "deuvedé" de la biblioteca pública, vi una película en la que Tom Hardy hacía de un tipo, en apariencia, normal. Antes de descubrir que detrás de esa aparente normalidad se escondía alguien que era capaz de eliminar a cualquiera que se interpusiese en su camino con la misma frialdad con la que se ataba los cordones de sus propios zapatos, él, Tom Hardy, recogía un perro herido de un cubo de la basura. Me dije: ahí está el detalle, la clave.

Cualquiera puede ser un asesino (aunque sólo sea, como en este caso, un asesino de hombres deleznables), hasta un tipo guapo que, tocado por un arranque de ternura, rescata a un pobre perro que algún sinvergüenza había maltratado previamente hasta dejarlo maltrecho. También pensé: ésa es la clase de detalles que uno encuentra en los cuentos de John Cheever, Raymond Carver, Alice Munro, John Fante o Soledad Puértolas. Todo parece normal. La vida fluye a su aire. Los asesinos con apariencia de tipos normales también pueden tener arranques de ternura, rescatar perros heridos del cubo de la basura. Y casi nunca nada es lo que parece en un primer momento.

Dado el amplio material, no sería justo decir cuál es el mejor libro de relatos de Soledad, pero sí se puede apuntar que aquí están algunos de los mejores que ha escrito a lo largo de su extensa y fructífera carrera.

Eso es lo que ocurre en estos nuevos relatos de Soledad Puértolas, Chicos y chicas (Anagrama). No hay asesinos, pero nada es lo que parece. En medio de la aparente normalidad, surge algo que lo trastoca todo. Una infidelidad, un encuentro fugaz, un hallazgo, un detalle que hace su aparición como esas madejas de lana que se deslizan por el suelo... Todos ellos tienen el nervio de esas (buenas) películas filmadas cámara en mano. Sabes que algo va a suceder, de pronto, cuando menos te lo esperas, y puede que ese acontecimiento determine, no sólo el relato, sino la propia vida de la persona que lo protagoniza. Es raro vivir, lo sabemos. Raro y fascinante. Y Soledad vuelve aquí a recordárnoslo, con toda su sabiduría y capacidad de observación.

A veces, estamos perdidos, desorientados, la vida es una cuesta interminable y, de repente, un detalle lo cambia todo. Ese detalle que está ahí (la madeja de lana que se desliza por el suelo, tan visual) y que a la escritora jamás se le escapa. Nunca se despista. Sabe que ese detalle lo cambiará todo y lo atrapa con fuerza. En cada relato, tirando del hilo, escogiendo la palabra adecuada, desechando las demás.

Dado el amplio y sobresaliente material, no sería justo decir cuál es el mejor libro de relatos de Soledad, pero sí se puede apuntar que aquí están algunos de los mejores que ha escrito a lo largo de su extensa y fructífera carrera. Y que vienen a definir a la perfección todos los temas que le interesan. El azar, las contradicciones que nos asaltan, las relaciones sentimentales, los encuentros inesperados y los desencuentros. Más aún que lo que somos, lo que buscamos. Lo que buscamos, sí. Eso que tan bien nos define. Aunque el destino cambie el rumbo de esa búsqueda en el momento más inesperado.
Sinceramente, no sé a qué están esperando para darle el premio Cervantes. Pocas personas se lo merecen tanto como ella.