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A propósito de Lehman Brothers

18/09/2012 10:05 CEST | Actualizado 17/11/2012 11:12 CET

Cuando, hace apenas 4 años, se produjo la quiebra de Lehman Brothers, pocas personas podíamos prever lo que sucedería. Desde entonces, según Naciones Unidas, el déficit de empleo ha crecido en 64 millones de personas y la desigualdad de renta se ha multiplicado.

Los ciudadanos, las ciudadanas, hoy somos más pobres, tenemos menos derechos y menos servicios de protección social, contamos con menos oportunidades y, por lo tanto, somos menos libres. Hoy la igualdad está más lejos, mientras se instalan políticas conservadoras que hacen avanzar las desigualdades.

Lo que empezó siendo una crisis originada por los bancos de inversión, ha terminado siendo una crisis de deuda pública. Y lo que tenía que haberse resuelto con una reforma profunda del sector financiero mundial, se ha convertido en un recorte permanente de los derechos de los trabajadores y las trabajadoras, y en un desmantelamiento sistemático de los sistemas de protección social.

Si miramos a las personas que están siendo afectadas por la situación, no tenemos dudas; la mayoría de la población, pero especialmente la más vulnerable: las mujeres, los y las jóvenes, las y los inmigrantes, los niños y niñas, las personas mayores.

Los recortes en servicios públicos y especialmente en sanidad, educación y servicios sociales, están haciendo que las mujeres vean limitadas sus posibilidades para acceder al empleo público, donde se habían situado preferentemente, pero también al empleo privado, ante la imposibilidad de que la atención de las personas que necesitan cuidados, mayores, menores y personas en situación de dependencia, sea cubierta por el Estado.

Mientras tanto, en algunos países, van ocupando espacios aquellos que, desde posiciones dogmáticas e integristas de todo tipo, piensan que pueden decidir nuestra vida e imponer aquello que debemos hacer hombres y mujeres, que supone asignarnos un papel diferenciado en la sociedad que pretendemos compartir.

Recientemente, he asistido tanto al Congreso de la Internacional Socialista, como al de la Internacional Socialista de Mujeres. He encontrado una enorme preocupación por la crisis económica, pero también por los déficit de democracia que está desvelando y provocando, por la persistencia de conflictos armados, por la pobreza de las mujeres y sus hijos, por la violencia que permanece en lugares como Ciudad Juárez y en miles de hogares, por la utilización de la violencia sexual como táctica de guerra, o por la posible pérdida del derecho a decidir de las mujeres en países como España y Turquía. También he visto esperanza ante nuevos procesos como la Primavera Árabe, pero incertidumbre en muchas mujeres que han luchado por la democracia y esperan una respuesta adecuada a sus anhelos.

A pesar de los avances conseguidos en algunos lugares del mundo, encontramos líderes políticos y económicos buscando argumentos para evitar el avance de los derechos de las mujeres. Recientemente Todd Akin, contra todo criterio científico, nos han pretendido convencer de que el cuerpo de la mujer se cierra para evitar el embarazo en una violación "legitima", otros llaman a las mujeres para que tengan hijos en nombre de un mal entendido patriotismo, y, en nuestro propio país, "El ministro que no amaba a las mujeres" rebusca el argumento y nos explica que "la libertad de maternidad es la que a las mujeres les hace auténticamente mujeres".

En España la ideología ultraconservadora ha encontrado una gran acogida entre los dirigentes del PP. Gallardón, junto a Mayor Oreja, insiste en encaminarnos a nuestro "verdadero destino", la maternidad y sus virtudes, tarea a la que también se ha apuntado el Ministro de Educación, José Ignacio Wert, que ha decidido devolvernos a los oscuros años 70 con su educación segregada.

Realmente no solo vivimos una crisis económica sino también una involución ideológica en toda regla, que pretende el control de los recursos económicos, de las instituciones democráticas, y por supuesto de la vida de ciudadanos y ciudadanas. La derecha española ha evolucionado hacia posiciones ultraconservadoras mientras este país avanzaba en derechos y libertades, y los incorporaba a su vida cotidiana. Derechos y libertades que hoy le están siendo arrebatados sin permiso.

Por primera vez desde hace años, asistí a una reunión internacional en la que me preguntaban con preocupación que sucedía en España. Hasta ahora había participado en encuentros donde la mayoría de la gente preguntaba con sana envidia por leyes contra la violencia de género, por la igualdad en el empleo, por los gobiernos paritarios, por el matrimonio igualitario, por la ley de dependencia... Por primera vez, fuera de España, me dolía mi país, sobre el que sólo recibía palabras de inquietud y preocupación.

Lehman Brothers era un banco de inversión con sede en EE UU y, en 2008, a pesar de la gravedad de su caída, las mujeres y los hombres españoles no pensamos que aquel acontecimiento vendría acompañado de nuestro empobrecimiento, que tendríamos que afrontar nuevas y desafortunadas situaciones. Nunca pensamos que poco tiempo después, a principios de curso, en los medios de comunicación se hablaría más tiempo sobre cómo convivir con el tupperware en las aulas que sobre la calidad de la enseñanza. Todavía desconocíamos que, aprovechando la crisis financiera internacional, la derecha española nos encaminaría a una pérdida brutal de derechos.

Pero el mismo día que quebró Lehman Brothers, cuatro años después, como en ocasiones anteriores, las calles de Madrid se han llenado de gente para hacer frente a los recortes, para defender el Estado del Bienestar y seguir avanzando en derechos y libertades. No estamos dispuestos, y mucho menos dispuestas, a "tirar la toalla" tras años de lucha y trabajo para construir esta Democracia, tras batallas perdidas y ganadas a favor de la coeducación, la igualdad, la libertad, la corresponsabilidad y contra la violencia de género. Otra forma de afrontar la situación es posible si trabajamos desde nuestros valores, si contamos con todos y todas, si no dejamos a nadie en la estacada. Esta es la única salida real de la crisis. A pesar de todo, y de algunos, la esperanza sigue teniendo su gran oportunidad.