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Rafael Company i Mateo Headshot

Segunda República: "¡Qué modernos eran entonces!"

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La frase entrecomillada que encabeza este artículo no es mía: la pronunció una mujer de mediana edad, hace pocas semanas, durante su visita a la exposición La modernidad republicana en Valencia. Esta muestra cerrará sus puertas en la capital valenciana, en el MuVIM (Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat), el domingo 26 de junio, y hasta su clausura seguirá proporcionándonos a los gestores del museo muchas satisfacciones: entre ellas, que personas pertenecientes a generaciones que no conocieron la II República se expresen en términos parecidos a ese admirativo «¡Qué modernos eran entonces!». En cualquier caso, la exposición no pretende sesgar ninguna visión: lleva como subtítulo Innovaciones y pervivencias en el arte figurativo (1928-1942) y hace honor a dicho enunciado. En efecto, en el montaje se recoge cómo en la Valencia republicana, entre 1931 y 1939, no solamente se asistió a la eclosión de lenguajes visuales etiquetables popularmente como modernos, que se veían influidos por el Art déco y/o miraban con complacencia hacia determinados planteamientos vanguardistas europeos; en efecto, y junto a las reseñadas tendencias, se contemplaban pervivencias que remitían a tradiciones ancladas en épocas pasadas. Así pues, y frente a lo que quizá pudiera pensarse, los nuevos gobernantes no impusieron un solo canon a través de una política cultural dirigista en extremo. Un buen ejemplo de ello son dos bustos de la República, de estilos distantes, que la muestra emplaza a escasa distancia: el de Ignacio Pinazo Martínez ―personaje que llegaría a colaborar en las Misiones Pedagógicas― parece hurtado a una cariátide del Erecteón ateniense; el de Alfonso Gabino ―que presidió el Teatro Académico de la pluricentenaria universidad valentina durante la Guerra Civil― remite a querencias geométricas y huye de las servidumbres grecorromanas.

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Casa Museu Pinazo-Godella

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Universitat de València

Ambos, bustos al servicio de la República, ciertamente. E igualmente al servicio del régimen de la bandera tricolor, una pintura y una escultura que atraen las miradas del público anciano, del de edad intermedia y del joven, este último desconocedor en su mayoría del proceso por el cual una revolución ―la del 14 de abril de 1931― instauró una democracia: la primera sobre el solar hispano. Hablo de dos obras también de estilos perceptiblemente lejanos: la pintura de Teodoro Andreu denota el luminismo valenciano, con marca de Joaquín Sorolla, y muestra una joven que ―con cabello recortado, vestido también moderno y el tradicional aderezo de joyas valencianas― encarna a una república segura de sí misma. Dos acotaciones sobre esta pintura que la exposición ha acabado de convertir en emblemática: la primera, que la modelo fue una joven estudiante de Bellas Artes llamada Carmen Viadel, finalmente especializada en el diseño de modelos de bordado y que moriría pasados los noventa años. La segunda acotación, que durante una parte del franquismo, Elisa Andreu ―la hija del pintor― ocultó el cuadro en el fondo de un armario, desprovisto del bastidor y claveteado del reverso. Puro, y comprensible, miedo.

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Col·lecció Joan J. Gavara Prior

Por su parte, la escultura de Ricard Boix es una delicadísima epifanía art déco, de resonancias francesas, alegórica y memorable de todas todas: la antorcha y el elemento vegetal, el Sol de génesis ilustrada imponiéndose a las nubes que el viento desplazará, la influencia de la escultura egipcia ―que Boix admiró en París― en el tratamiento anatómico...

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Museu de Belles Arts de València

Tras la victoria de Franco, este escultor comprometido fue convertido en artista represaliado y casi hubo de reducir su oficio a la discreción de cincelar para los cementerios. Durante décadas, su preciosa República Española en piedra blanca de Novelda permaneció escondida en un armario, en el pasillo de la casa familiar. Más miedo.

La muestra La modernidad republicana en Valencia rezuma tristeza, puesto que el de Boix no es el único caso de trayectoria artística atenazada o casi truncada: sirva de ejemplo señero el de Artur Ballester, uno de los creadores más reconocidos del cartelismo republicano durante la Guerra Civil, muerto en soledad y enterrado pocos meses después del golpe del 23-F con excesivas ausencias. De no mediar el triunfo de 1939, se puede conjeturar que Artur Ballester hubiera sido tan grande en la posguerra como lo fue durante el conflicto.

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En medio del fragor de los cañones y de los bombardeos, el fotomontador y cartelista Josep Renau había advertido que «la guerra no es una marca de automóviles» y Artur Ballester ―como el propio Renau― se lo aplicó indubitadamente: la influencia del constructivismo ruso y los ecos cinematográficos convivían en unos carteles que siguen siendo muy impactantes desde la perspectiva política. Sí, fueron gritos en la pared de efectividad demostrada en defensa de la causa.

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Colección particular, Valencia

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Colección particular, Valencia

Incluso un programa de televisión de debate político, Al rojo vivo, ha retomado ―pasados tantos y tantos años― un cartel de A. Ballester para confeccionar su logo.

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Biblioteca Històrica. Universitat de València

Artur Ballester fue una de las víctimas de la damnatio memoriae con que el franquismo persiguió a las creaciones de la época republicana, tanto de la etapa bélica como de las anteriores. De hecho, incluso muchos de los visitantes de la exposición que cuentan con edad bastante avanzada no recuerdan nada, o prácticamente nada, de aquella cosecha de coronas murales, gorros frigios y desnudeces que algún día llenaron calles y plazas que fueron alegres. Si dichos visitantes eran entonces demasiado pequeños, nadie ha querido reverdecerles la memoria. Nadie: en el régimen del dictador, porque la República había sido vencida y su evocación debía ser desguazada por las guadañas del tiempo; en la monarquía parlamentaria de Juan Carlos y Felipe, porque aquello de que la más alta magistratura del Estado sea hereditaria se conjuga mal, al parecer, con el reconocimiento a quienes no inclinaban la cerviz ante diademas doradas. En fin.

Por si el lector tenía alguna duda, acabo de aclarársela: quienes hemos conducido La modernidad republicana en Valencia no nos declaramos neutrales. ¿Por qué habríamos de serlo si el único régimen español condenado por el Parlamento Europeo es el franquista? Ahora bien: no ser neutrales no significa que no queramos ser justos; es por eso que en la exposición no falta el tributo debido a algún artista valenciano que ―ya durante la Guerra Civil― fue encarcelado por declaraciones que lo ubicaban nolens volens en el campo del «quintacolumnismo». Se llamó Francisco Bolinches, y no citarlo aquí, o no exponerlo en el MuVIM, sería volver a condenarlo.

Un penúltimo apunte: aunque pueda parecerlo por lo dicho y visto hasta ahora, esta muestra no versa fundamentalmente sobre arte de temática política. Lo hay con cierta abundancia, claro está, y más cuando la cronología abraza desde las postrimerías de la dictadura de Primo de Rivera hasta la entronización del franquismo, con la correspondiente presencia de obras ―en ocasiones de calidad muy descollante― que se realizaron en pro de los sublevados en 1936. Pero en la exposición también hay obras de arte valenciano no políticas, de las otras, incluyendo carteles de los otros, que alguna vez se fraguaron a remolque de una joie de vivre envidiable.

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Museu d'Història de València/Ajuntament de València

Mi último comentario tiene como detonante aquellos visitantes de la exhibición que se encuentran matriculados en instancias educativas dedicadas al diseño o al arte en general. De vez en cuando, el pasmo se descubre en el rostro de dichos estudiantes o se percibe en las apreciaciones que, en voz baja, dirigen al confidente: quizá pensaban que alguno de sus hallazgos en los campos de la publicidad o del diseño era único e inimitable pero, de pronto, en estas obras republicanas descubren elementos gráficos o tipográficos que les abren los ojos. Así pueden comprobar en vivo y en directo que, a menudo, la originalidad se persigue en vano, y que hace unos ochenta años alguien se les adelantó. Buen motivo para regresar a La modernidad republicana en Valencia acompañados de otras amistades del ramo: «¡Qué modernos eran entonces!».