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El agua en los tiempos del cólera

22/02/2016 07:17 CET | Actualizado 21/02/2017 11:12 CET

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Foto: ISTOCK

Forma parte de lo cotidiano: abrir el grifo y que fluya agua potable. Pero esta acción, a la que no le prestamos el respeto que se merece, es el fruto de un ciclo, el del agua, cuyo proceso es vital para nuestra vida.

Esta es la historia de una comarca contada a través de la gestión del ciclo integral del agua. El Aljarafe es hoy en día la comarca que alberga la mayoría de ciudades dormitorio de la capital andaluza, pero su pasado es rural, cuando las distancias eran mayores debido a las precarias conexiones con Sevilla. En los territorios rurales, donde el Aljarafe es un ejemplo, se sintió con más intensidad la forma en las que la población tenía acceso a un bien tan necesario como es el agua.

1830. Ese año fue un año negro para los pueblos de la comarca del Aljarafe sevillano. Una epidemia de cólera diezmó pueblos como Benacazón o Bollullos de la Mitación. El horror que acompañaba a esta enfermedad no abandonaría esta comarca hasta un siglo después, quedando grabado en el imaginario colectivo las secuelas de una enfermedad que en 1830 y 1855 llegaron a contabilizar un muerto por día en verano. Las causas: el agua potable insalubre, pero también las llamadas "aguas negras", las aguas fecales que acababan a veces contaminando los cultivos. De hecho, hasta principios del siglo XX era habitual que grandes ciudades como Madrid usaran las "aguas negras" para regar.

Pero si hasta mediados del siglo XIX no se encontró la causa-efecto del cólera, otra de las enfermedades vinculadas a la calidad del agua, el tifus, no se logró atajar en el Aljarafe, llegando a registrarse casos de fiebres tifoideas hasta la década de 1970. El uso de pozos de abastecimiento que se contaminaban subterráneamente a causa del uso habitual de pozos negros para heces humanas era la causa más común de la propagación de la enfermedad. Aunque se conocía esta causalidad, la imposibilidad de ofrecer alternativas a los pozos para el abastecimiento de la gente hizo que se prolongasen los casos de tifus. La vida en torno al pozo o a la fuente formaba parte de la actividad diaria de los pueblos, al igual que lo era la figura del aguador, cuyos servicios en la época eran un síntoma del confort de los que no tenían que ir a por agua.

De entonces a ahora no ha pasado tanto tiempo. Apenas dos o tres generaciones. El avance sin embargo ha sido espectacular. Hasta el siglo XX los problemas sanitarios del agua seguían dando dolores de cabeza a las administraciones. Entre las primeras medidas que se tomaron estaba la clonación del agua, una desinfección con cloro que llega a las grandes ciudades en la década de 1930, pero que no alcanzará a los municipios pequeños hasta los años 70. En los pueblos no hay medios humanos ni económicos para hacer una clonación efectiva de las aguas para el consumo. Los ayuntamientos de pueblo, sin posibilidades económicas, no lograban así garantizar aguas aptas para consumo. Ni siquiera se logra garantizar el abastecimiento permanente, como recuerda el Jefe de Servicio de Gestión y Distribución de Aljarafesa, Alfonso Prieto Puga, quien recuerda que en los inicios de la Mancomunidad que empezó a prestar los servicios de abastecimiento de agua al Aljarafe "no era posible tener agua las 24 horas continuas del día".

Lograr aguas de calidad, ya sea para beber o para devolverla en condiciones salubres a la naturaleza supone casi un milagro de ingeniería.

El predominio del pozo, de las captaciones subterráneas privadas, pasó a un segundo plano cuando se solucionó el problema de la captación del agua en pantanos. Fue el fin de la amenaza subterránea del tifus y la garantía de supervivencia de los acuíferos, que habían sido esquilmados desde tiempos inmemoriales. En el caso de Sevilla, en la década de 1960 se inició un proyecto clave para el abastecimiento que tomaba el agua del Pantano de la Minilla a través del canal del Carambolo, desde donde se impulsaba al cerro de Turrux, el más alto de todo el Aljarafe. Desde allí se distribuye el agua a los depósitos generales donde ser realiza un tratamiento físico-químico y con cloro, para distribuir el agua a los pueblos a través de dos ramales.

Dar de beber a los pueblos fue lo primero que los unió en una mancomunidad. En el caso del Aljarafe en 1971, para compartir el esfuerzo económico porque como recuerda Jaime Montaner, consejero de Política Territorial e Infraestructuras de la Junta de Andalucía de 1979 a 1990, en el libro Agua, Motor de Desarrollo, "no hubiera sido posible ni siquiera para la Junta atender a los 28 municipios de entonces si no se hubiesen creado las mancomunidades".

Pero el tratamiento de las aguas no se circunscribe sólo a la que bebemos. El 31 de diciembre de 2015 entró en vigor la Directiva Marco de Aguas (91/271/CEE) por la que todos los municipios de más de 2.000 habitantes tendrían que tener depuradas todas sus aguas residuales. Un proceso que se lleva a cabo en las Estaciones de Depuración de Aguas Residuales (EDAR) y para cuya financiación la Junta de Andalucía cobra un "canon de mejora de infraestructuras hidráulicas" en la factura del agua. Apenas tres euros al mes, como mucho, que se pueden pagar para solucionar un grave problema que amenaza al medio ambiente y que, antaño eran el germen del cólera y el tifus.

El Grupo de Bioindicación de Sevilla (GBS), compuesto por técnicos de diferentes EDAR de Emasesa, la empresa municipal de aguas de Sevilla, está empeñado en lograr que se reduzca aún más esa factura gracias a las investigaciones de los procesos biológicos que favorezcan la depuración con técnicas menos costosas. Para ello reúne cada año a lo más granado de la investigación en biorremediación en Sevilla para avanzar en una técnica en auge: los fangos activos, un proceso de autodepuración basado en organismos que ya están en las aguas residuales, reforzándolos y controlándolos artificialmente. Un proceso que ya se da en la naturaleza pero a otro ritmo y en otras condiciones.

Lograr aguas de calidad, ya sea para beber o para devolverla en condiciones salubres a la naturaleza supone casi un milagro de ingeniería y tratamiento para obtener ese líquido sin esquilmar recursos hídricos y sin que resulte excesivamente caro para la ciudadanía. Un milagro al que la cotidianidad le ha reducido su importancia, hasta que, por algún imprevisto, nos quedamos sin agua en casa y aprendemos a valorar un líquido sin el que nuestra vida sería imposible.