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Los límites del 'coaching' político

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Sonrían, sonrían porque les vamos a ganar... en sueños.

Noche del pasado 14 de junio. En un plató de televisión debaten los cuatro aspirantes de los principales partidos españoles. Mariano Rajoy pasa el examen sin apenas despeinarse y con una seguridad pasmosa. Ni titubeos por los casos de corrupción del partido ni dubitaciones a la hora de defender los recortes realizados a la ciudadanía española. En cualquier otra ocasión ha presentado mayores muestras de descomposición.

Acabado el programa, los acólitos de las distintas formaciones se lanzan a votar en las diferentes encuestas de los principales diarios. Se trata de pelear por instaurar el relato acerca de quién ha ganado el debate electoral que, con pocas excepciones, da como vencedor al candidato Pablo Iglesias, a pesar de no haber sido su mejor noche.

Unidos Podemos demostró, una vez más, su músculo virtual. Un arma de doble filo a estas alturas, puesto que se puede votar con fuerza, con ilusión, con ruido, en silencio o con la nariz tapada, pero el voto vale finalmente lo mismo. Hubiera merecido la pena votar con menos fuerza, pero con más alcance.

Hubiera merecido la pena votar con menos fuerza, pero con más alcance.

En el mundo real, por mucho mensaje de épica, autoayuda y superación política que sea lanzado, por muchos cánticos acompasados que se oigan, es lo material lo que cuenta. Sin la suficiente masa crítica enraizada en la sociedad civil, de la cual los movimientos sociales sólo son una pequeña parte, es difícil instalar relatos efectivos y persistentes. Los frames o el storytelling elaborado por los spin-doctors del partido hacen aguas en el pueblo a pueblo, en el cuerpo a cuerpo.

Ahí Mariano gana por goleada. Y me gustaría volver a recalcar lo de la sociedad civil porque los hay que hablan de la idea manida de que ha faltado calle. No ha faltado ni falta calle, falta saber salir a la calle cuando hay que hacerlo y falta, por encima de todo, construir y ser parte del entramado de la sociedad civil; no sólo de los movimientos sociales, de nuestro tiempo. Algo que tampoco tiene que ver con expandir sedes moradas para hacer clubes de lectura, espacios de botellón o clases de repaso.

Lamentablemente, el trabajo para con la sociedad civil es algo que siempre se deja para el final y en manos de los menos hábiles. Ha sido un enorme talón de Aquiles de la izquierda española que, aún hoy, no parece tener visos de resolverse.

LA MÁQUINA ELECTORAL

Es cierto que a la izquierda realmente existente le faltaba, hasta hace poco más de dos años, aprender a competir en el plano electoral. Algo que, a tenor de los resultados de los últimos tiempos, ha sido capaz de corregir. Si además hubiera tenido el valor de ir más allá en el diseño del modelo de estrategia y en la elección de un equipo acorde, la idea habría sido bastante más coherente e interesante.

El veto de la formación a personas como Jorge Vestrynge me pareció muy revelador de dónde podrían estar dibujándose los futuros límites electorales. Otra cuestión es que haya existido demasiada incertidumbre y tensión interna entre dos ideas muy distintas entre sí, difícilmente compatibles; una más clásica, conservadora y fuertemente ideologizada, encarnada fundamentalmente en incorporaciones que provenían de las juventudes o del propio Partido Comunista. La otra, mucho más experimental, audaz y arriesgada, encarnada por personas de orígenes de lo más variopinto y un pensamiento mucho más afinado, flexible y ecléctico.

Tanto Pablo Iglesias como Íñigo Errejón se han esforzado en lidiar con esas tensiones y armonizar ambas visiones, intentando que ambas coexistieran en el proyecto de Podemos, pero la realidad es que la formación se ha resentido de esas inevitables contradicciones internas que han acabado trascendiendo al exterior, enviando mensajes confusos de tipo verbal y no verbal al potencial votante.

Otra cuestión es que haya existido demasiada incertidumbre y tensión interna entre dos ideas muy distintas entre sí, difícilmente compatibles.

Quizás la tensión y la incertidumbre estratégica puedan resultar positivas para cosas como el arte y la cultura, pero lo que es seguro es que no lo son para organizaciones con objetivos de búsqueda de rendimiento. La sensación que me queda es la de haber vivido una nueva Izquierda Unida: saneada y con mejores analistas y contadores de relatos, eso sí, pero con los mismos automatismos internos y las mismas autolimitaciones a las cuales ya me he referido en otras ocasiones.

El resultado final han sido algo más de cinco millones de votos, que es poco más del doble que la suma de votos de IU, Equo, Compromís y otros en las elecciones generales del 2011. Es un balance muy positivo que indica un enorme avance, aunque es, a todas luces, insuficiente y deja una sensación agridulce al no haber podido siquiera superar la barrera psicológica del tercer puesto.

EL EXCESO DE IDEALISMO Y LA ESCASEZ DE REALISMO

Nunca entenderé por qué los partidos de derecha no hacen ascos a ningún tipo de votante y los de izquierda tienen tantos problemas para dirigirse a la totalidad del espectro del censo electoral. Escuché de boca de una dirigente de Podemos decir que los votantes de Ciudadanos no son los suyos. ¿Pero cómo que no son los suyos? ¿Y las clases populares que votan al PP tampoco son suyas?

Esta forma de pensar es la que caracteriza a no pocas personas que han pasado a engrosar durante este tiempo diferentes órganos internos e institucionales de Unidos Podemos. Es una buena razón, aunque evidentemente no la única, para entender las limitaciones de crecimiento de la formación que, en el último año, ha estado basada en la confluencia con otras organizaciones y no en un acierto o coherencia discurso-imagen-hechos.

El hecho de inundar el partido con fichajes de activistas y exmiembros de la dirección de IU y PCE es difícil de contrarrestar, ni siquiera con el fichaje de un exJEMAD. A la izquierda le cuesta asumir que los activistas pueden ser más o menos valorados por la sociedad pero lo son en su rol de activistas, no necesariamente en el de gestores de la res pública. Eso explica que figuras como Manuela Carmena o Pedro Santisteve, sin ser reconocidos activistas, puedan ilustrar la consecución de objetivos políticos en aras del cambio.

Escuché de boca de una dirigente de Podemos decir que los votantes de Ciudadanos no son los suyos. ¿Pero cómo que no son los suyos? ¿Y las clases populares que votan al PP tampoco son suyas?

España se ha manchado de los relatos de Podemos pero Podemos se ha manchado muy poco de España y del conjunto de los españoles. Ha existido una sobrerrepresentación de activistas y de antiguos cuadros, al tiempo que se ha obviado la generalidad; las madres y padres, los autónomos y empresarios o los trabajadores más o menos cualificados que son los que aterrizan, asientan y circulan el relato.

La organización se fue llenando de consiglieri recién egresados, al tiempo que adolecía de repartidores de juego que pudieran distribuir provechosamente el desborde. Así, la existencia de algunas figuras como la de los círculos ha resultado más una carga que un alivio, rememorando la fase de trituradora de militantes y simpatizantes que otras formaciones ya han podido experimentar en su momento.

La tarea que queda por delante es el último de los problemas no resueltos de la izquierda y, quizás, el más complicado de todos ellos: la construcción de una organización estable con capacidad para articular y dar utilidad a todo su caudal humano.