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Una nueva forma de sanar

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La insostenibilidad de los sistemas sanitarios públicos y la coyuntura económica de decrecimiento están empujando con fuerza hacia un cambio de paradigma en dicho área. Las alternativas privatizadoras han dejado claro que terminan saliendo más caras al contribuyente ofreciendo mayores tasas de complicaciones, efectos indeseados y yatrogenia. Por otro lado, los sistemas enteramente públicos sufren una permanente crisis de financiación al ser cada vez mayores las necesidades de los usuarios y más caras las tecnologías y tratamientos existentes.

La principal característica del paradigma asistencial actual es su actividad. Cuando se acude a él el sistema actúa. Esto produce un sobrediagnóstico y un sobretratamiento inevitable, consecuencia de la expectativa tanto del paciente como de los profesionales. La segunda característica es la pasividad del paciente. Este acude solicitando ayuda ante una duda, dolor o problema. Recibe las recomendaciones de los correspondientes profesionales que le dirigirán hacia otros servicios diagnósticos o hacia servicios o productos terapéuticos. Se supone que el paciente mejorará si sigue estos criterios, tal y como la ciencia y la estadística suponen. En pocos casos el propio paciente es erigido en sujeto activo de su proceso pues aunque se le recomienden cambios en su estilo de vida este no suele tener la fuerza de voluntad para llevarlos a cabo prefiriendo con mucho el resto de las recomendaciones, principalmente las farmacológicas.

El gran problema que enfrentamos en nuestra sociedad no es explicar la necesidad de alimentarnos de forma más sana o la importancia de hacer más ejercicio, eso de alguna u otra manera lo sabe todo el mundo, el reto es ayudar a implementar cambios de conducta saludables.

El llamado empoderamiento del paciente no consiste únicamente en darle a este más información, aplicaciones, datos, programas informáticos o demás florituras tecnológicas. Si queremos que el paciente tenga más fuerza y trabaje mejor para promover su salud y prevenir la enfermedad necesitamos que éste sea sobre todo consciente.

La toma de conciencia de los efectos de uno u otro estilo de vida es fundamental para promover unos e infravalorar otros. Recordar los beneficios a corto y largo plazo de una conducta saludable y convertirla en hábito debería ser la principal herramienta terapéutica existente. Y la buena noticia es que no se precisan grandes cosas para ello, tan solo darse cuenta. El ciudadano no tiene que recurrir a nadie para tomar conciencia, lo puede hacer él mismo. Si tiene la certeza de que sus hábitos de vida son grandes responsables de su nivel de salud y enfermedad, de su calidad de vida y de su forma física, le será más sencillo cuidarlos y mejorarlos.

Así pues el primer cambio habrá de ser social y comunitario favoreciendo la toma de conciencia de las conductas más apropiadas para mejorar nuestra salud. Estas conductas son contagiosas, sería pues como crear una epidemia de salud.

Sociedades y comunidades que apuesten por el ejercicio o la potenciación de actividades al aire libre tendrán niveles de salud superiores a las que no lo hagan.

El otro cambio afecta la dimensión personal del ciudadano que cuando pasa a ser enfermo dejaría de tomar un rol pasivo. Por contra se le recordaría la importancia de su papel activo para aceptar y transformar su tiempo de enfermedad. Por supuesto seguiría habiendo tiempos y situaciones pasivos. El reposo y el descanso son un ejemplo, consentir con medidas diagnósticas y terapéuticas básicas también. Pero se daría una nueva importancia a la toma de conciencia de lo que la enfermedad viene a decirnos.

El cuerpo no miente nunca, la enfermedad tampoco. Su aparición tiene siempre un mensaje que habla de una causa y un efecto, de una situación y una adaptación a ella. Aprender de la falta de adaptación que ha producido la enfermedad es fundamental para solucionarla y evitar su aparición en el futuro. Eso implica tomar una profunda conciencia de que ha podido sobrecargar nuestros sistemas, de que medida de higiene hemos pasado por alto o qué factores externos o internos no han sido atendidos suficientemente.

A la hora de superar una enfermedad es fundamental la mejora de hábitos de vida. Esto implica cambio y el cambio implica conciencia y voluntad. En las enfermedades crónicas con mayor razón. Poco se podrá hacer por un sistema locomotor envejecido, desgastado y con poca masa muscular si su dueño no lo mueve el mínimo imprescindible. Poco se podrá hacer por la persona diabética que toma sus pastillas pero sin modificar su modo de alimentación.

Buscar nuevos equilibrios en la asistencia a la persona enferma es hoy prioritario. Esta búsqueda habrá de ser social y comunitaria dado que las respuestas vendrán de estos niveles. Sociedades y comunidades que apuesten por el ejercicio, el uso de la bicicleta, la potenciación de actividades al aire libre... tendrán niveles de salud superiores a las que no lo hagan. Es una cuestión cultural y de conciencia, no meramente económica.

En la ciudad de Amsterdam sus ciudadanos se pueden permitir tener coches pero eligen la bicicleta por una clara razón práctica: es más inteligente y es mucho más sano. Será aprendiendo de estos ejemplos como poco a poco vayamos transformando el modo de relacionarnos con los sistemas sanitarios hacia el único modo sostenible: minimizar los encuentros y aumentar la eficacia de estos.