BLOGS

SuperMartes: el triunfo de la personalidad sobre la sustancia

02/03/2016 07:23 CET | Actualizado 02/03/2016 07:23 CET

No ha habido grandes sorpresas en este SuperMartes: Donald Trump y Hillary Clinton han sido los grandes triunfadores en la noche electoral. Todavía no hay nada definitivo, pero ya se han empezado a clarificar el panorama cara a las nominaciones de los candidatos presidenciales de ambos partidos.

Clinton esta en una situación inmejorable de conseguir la nominación del Partido Demócrata y va a ser prácticamente imposible para Bernie Sanders derrotarla. Pese a las dudas iniciales en Iowa y New Hampshire, Clinton se ha recuperado y confirmado su condición de gran favorita. Sanders ha luchado de forma admirable y ha sido capaz de plantar cara a la maquina electoral de los Clinton y de derrotarla en algunos estados. Pero pese a la gran ilusión que ha generado entre grandes segmentos de la población, particularmente entre los jóvenes, no ha sido capaz de sobreponerse al limitado apoyo que tiene entre sectores de votantes claves para poder conseguir una mayoría en unas primarias Demócratas: particularmente entre los votantes de color y los hispanos.

En cualquier caso Sanders no se va a retirar y va a conseguir lo que era desde el principio su gran objetivo: influir en el programa electoral del Partido Demócrata y conseguir un giro hacia la izquierda para atender a las necesidades de los más desfavorecidos, y limitar el poder del dinero en las campañas electorales y en la política. Su capacidad para ilusionar a votantes jóvenes (lo he vivido en primera mano entre mis estudiantes) ha sido admirable, y es algo que Clinton necesitara en Noviembre si quiere ganar las elecciones presidenciales. Sanders ha tenido también éxito movilizando a los votantes blancos desfavorecidos de cuello azul que han abandonado en masa al Partido Demócrata en las ultimas elecciones y a los que necesitan para ganar en Noviembre (la regla de oro hasta ahora es que para ganar las elecciones los Demócratas necesitan el voto del 80% de los votantes de color, y el 40% de los blancos).

En el partido Republicano, Trump sigue su marcha imparable hacia la Casa Blanca. Por más que durante meses se le ha descontando como un fenómeno pasajero, ya no cabe ninguna duda de que ahora mismo es el gran favorito para conseguir la nominación Republicana. Rubio ha sido la gran decepción de la noche (pese a su victoria en un estado esta noche sigue defraudando expectativas sin conseguir una victoria convincente, y sus ataques desesperados contra Trump no han surtido efecto hasta ahora), y Ted Cruz, con sus victorias en Texas y Oklahoma vive para seguir luchando otro día. Nada se ha decidido todavía, pero los números empiezan a hablar por si solos y cada vez es más complicado visualizar un escenario en el que Trump pueda perder la nominación. La gran esperanza es que Trump no consiga una mayoría de los 1.237 delegados necesarios y que se llegue a una convención abierta (lo que llaman aquí una "brokered convention") en la que le puedan derrotar. El objetivo de la campaña, no nos olvidemos, no es tanto en ganar primarias, sino en conseguir el número necesario de delegados.

La gran paradoja es que fueron precisamente los líderes del Partido Republicano que ahora están aterrados y desesperados tratando de parar el huracán Trump, que establecieron un modelo de primarias para facilitar que una elección rápida de un candidato y evitar la experiencia dolorosa del 2012 en que una campaña larga y dura perjudico y debilito a Mitt Romney durante la elección general. Estas primarias se han convertido en la gran pesadilla para los líderes del partido que nunca contaron con un fenómeno como el de Trump. En este mes se van elegir el 58% de los delegados y a partir del 15 de marzo la mayoría de las primarias (a diferencia de lo que ha pasado hasta ahora en que la mayoría de los delegados se han designado por un sistema proporcional) van a alocar a los delegados por un sistema por el cual el que gane la primaria en el estado se llevará a todos los delegados. Esto favorece a un candidato con buena financiación y bien reconocido como Trump que puede conseguir una ventaja insalvable para sus adversarios.

Me preguntan frecuentemente como se explica el fenómeno Trump, y mi contestación es que es el triunfo de la personalidad y la imagen sobre la sustancia. Trump es una marca: la marca del éxito y el triunfo ("¡¡¡Soy un ganador, ganador, ganador!!!"), y eso es lo que vende (pese a que la realidad del éxito personal que presenta esta llena de agujeros y es muy cuestionable). La superficialidad de sus propuestas, su falta de experiencia, su populismo, su pragmatismo y la inconsistencia de sus posiciones, hubieran sido fatales para un candidato tradicional. Pero Trump no es un candidato tradicional, sino que se presenta como el candidato anti-sistema, el outsider que puede conseguir resultados y volver hacer a EEUU grande de nuevo.

Su promesa de devolver al país a la grandeza que ha perdido ha tenido un gran éxito capturando la imaginación de millones de votantes que piensan que Trump puede llevar al país al lugar que le corresponde, y hacer realidad un sueño de grandeza que consideraban perdido. Trump, con su narrativa de éxito, es el candidato que ha sabido capitalizar en el miedo, el enfado, la desilusión, y el descontento que son tan típicos en nuestros países en estos años que siguen a la crisis financiera global.

Trump es también el anti-Obama, y hay que vivir aquí para ver el enconamiento e incluso odio que el presidente Obama despierta entre millones de votantes Republicanos. Donde Obama es analítico, articulado, racional, prudente, desapasionado o cerebral; Trump es emocional, irracional, imprudente, insultante, amenazante, pasional, e impulsivo. Y esto atrae a millones de votantes que detestan a Obama y todo lo que representa. Los políticos tradicionales (incluyendo a Cruz, Rubio, Clinton y Obama) representan a los ojos de esos votantes al sistema dirigente que se ha beneficiado del poder y que se han olvidado de los que se quedan atrás, y Trump es la esperanza de los que se quieren vengar.

También hay que entender el fenómeno Trump por un contexto marcado por la frustración de millones de norteamericanos descontentos por su situación económica y por sus malas perspectivas de futuro, así como por la gran decepción que hay con los políticos tradicionales que han incumplido sistemáticamente sus promesas. Trump esta capitalizando en este descontento y presentándose como la alternativa y la solución. A millones de votantes no les preocupa su falta de experiencia ni lo que dice, les atrae su condición de hombre de negocios exitoso que puede limpiar Washington de políticos corruptos. Su capacidad para ofender a diestro y siniestro (a mujeres, inmigrantes, hispanos, discapacitados...) y a hacer propuestas que parecen impensables (como las expulsión de los inmigrantes ilegales, o el famoso muro que van a pagar los mejicanos) hubiesen hundido a cualquier otro candidato. Pero sorprendentemente todo le resbala (es el candidato Teflon), y al menos hasta ahora, no ha sufrido ninguna consecuencia negativa. Al contrario millones le siguen apoyando, y no parece importarles nada lo que dice ni lo que hace. Su marca de éxito y su personalidad resisten todo.

Más allá del contexto hay que enfatizar también que Trump se ha beneficiado de la fragmentación dentro del Partido Republicano. La incapacidad de los candidatos más tradicionales (Cruz, Rubio, Kasich) de unirse ha hecho posible sus victorias con mayorías relativas. Sólo si unen sus fuerzas inmediatamente parece factible que puedan parar a Trump. Cruz ya lo ha pedido esta noche, pero no parece muy probable que Rubio se retire (Cruz es extraordinariamente impopular entre sus correligionarios Republicanos en Washington que le detestan por su arrogancia y dogmatismo).

Las espadas siguen en alto, pero este SuperMartes ha empezado a clarificar el panorama, y cada vez parece más factible una confrontación entre Clinton y Trump este otoño. Sin embargo, hay que recordar que ésta ha sido la gran campaña de las sorpresas (sobre todo en el lado Republicano, pero también en el Demócrata donde nadie daba un duro por Sanders). Esta no es una elección tradicional y nada ha sido como se esperaba. Si hemos de aprender algo es que hasta ahora lo imposible e impensable ha sido posible.