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Incestuosa, despótica y de clan: lo que revela el perfil psicológico de la familia Le Pen

23/04/2017 10:05 CEST | Actualizado 23/04/2017 10:05 CEST
STR New / Reuters

Todo el mundo sabe que, tras la investidura de Donald Trump, son muchos los psiquiatras americanos que se han lanzado a recalcar que la peligrosidad psiquiátrica del nuevo presidente lo hacía inadecuado para el ejercicio del poder. Si bien el perfil psicológico de los candidatos franceses también apasiona al público, no parece que ellos —al menos, los que tienen opciones de llegar a la presidencia— estén afectados de un proceso de enfermedad que pueda justificar su destitución.

No obstante, las relaciones familiares de los postulantes merecen ser descifradas, pues revelan los engranajes de las familias políticas a las que pertenecen. Por citar algunos ejemplos, Macron, en su familia moderna reconstituida, quiere mostrarse al mismo nivel que su esposa (20 años mayor que él), su compañera incuestionable. Fillon, patriarca del clan, se apoya en la sumisión de su mujer y de sus hijos para entregarse a dudosas circulaciones de dinero.

Pero, sobre todo, es la familia Le Pen la que suscita más curiosidad y su dimensión mitológica no deja de crecer.

Hace dos años asistimos a la excomunión del patriarca por parte de la más fiel de sus hijos (Marine), y bajo el control vigilante de su nieta preferida (Marion).

Recordémoslo, fue hace dos años... Marine Le Pen expulsaba a su padre del partido que él había fundado. ¿Era eso los Borgia, los Atridas o un remake gabacho del Rey Lear? El vodevil shakespeariano cruzado de rivalidades asesinas y de odios rancios que esta familia nos sirve en bandeja periódicamente estaba en su punto álgido y la prensa hablaba libremente de "parricidio".

Ya acudimos a la repudiación de la esposa legítima (Pierrette), que no tuvo otra elección que posar desnuda en una revista subida de tono; después, a la revocación definitiva de la primogénita (Marie-Caroline) por traición; y entonces, asistimos a la excomunión del patriarca por parte de la más fiel de sus hijos (Marine), y bajo el control vigilante de su nieta preferida (Marion).

Es cierto: la familia Le Pen es, ante todo, una familia política, que funciona como las demás con sus disputas de ambición, sus visiones opuestas del mundo y sus prioridades divergentes, y sería demasiado fácil explicar todos los intríngulis de esta destitución muy política por el sesgo de las tensiones psicológicas entre los protagonistas. Y, sin embargo: "Me da mucha pena por los militantes, que son como los hijos que ven a sus padres divorciarse". Es la contundente declaración que hizo Jean-Marie Le Pen al día siguiente de su suspensión del Frente Nacional. ¡Padres que se divorcian! Sin querer buscarle tres pies al gato, esto significa que Jean-Marie y Marine Le Pen —padre e hija— es como si estuvieran casados... Básicamente, lo que suele llamarse una relación incestuosa.

Pero, claro, el incesto es un tabú, ¡es pan bendito para un psicoanalista! Por eso vale la pena revisitar ciertos textos fundadores y, justamente, en la obra Tótem y tabú, Freud se pregunta sobre el tabú del incesto en el seno de las sociedades primitivas. Retoma los trabajos de Darwin sobre la "horda primitiva", según la cual los humanos se organizan bajo la forma de una horda salvaje regida por la autoridad de un padre todopoderoso. Los hijos, celosos del padre, deciden rebelarse, asesinan al patriarca y lo devoran en una comida totémica. Esta parábola ilustra el origen de dos tabús mayores: como está prohibido matar al padre, habrá que satisfacerse con su asesinato imaginario o simbólico para acceder a la autonomía y, como están prohibidas las relaciones incestuosas, habrá que contentarse con soñar a veces con ello y sentirse culpable.

Hay familias que se organizan en autarquía alrededor de un jefe despótico e incontestado, que funcionan por la desconfianza del extranjero y la designación de chivos expiatorios.

No obstante, aunque el padre haya sido asesinado (simbólicamente), su vuelta nunca está lejos. Así, retomando palabra por palabra las declaraciones de su padre al negar la responsabilidad de Francia en la Redada del Velódromo de Invierno contra los judíos en 1942, y frente a los mismos periodistas, Marine vomita ante nosotros a ese padre reincorporado que, al contrario de lo que trata hacer creer, no ha sido asesinado ni digerido.

Ella muestra en un mismo movimiento hasta qué punto algunas familias son más del clan, más sectarias, más incestuosas que otras, familias que se organizan en autarquía alrededor de un jefe despótico e incontestado, familias que funcionan por la desconfianza del extranjero y la designación de chivos expiatorios para cristalizar las tensiones y los odios. Los conflictos siempre son de una violencia inaudita y las expulsiones, más cercanas al asesinato que a la toma de distancia.

Las familias se miran en el espejo de la sociedad que las alberga. Son la indispensable correa de transmisión de sus mitos y sus valores.

La familia Le Pen prefiere a la hermana antes que a la prima, a la prima antes que a la vecina.

La familia rosa y azul, magnificada por La manif pour tous (movimiento en contra del matrimonio homosexual) y apoyada por François Fillion, entona: "Un padre, una madre, ni más, ni menos". Excluye de una sola vez a las familias reconstituidas, que adoptan, monoparentales, homoparentales, promete la estricta complementariedad sexuada y se nutre de una homofobia triunfante.

La familia Le Pen prefiere a la hermana antes que a la prima, a la prima antes que a la vecina. Exalta el espíritu de clan y siempre achacará sus dificultades a otro, a un vecino, a un judío, a un musulmán, a un invasor...

¿Familia real, familia política? El filósofo Frédéric Worms, retomando las obras de Henri Bergson, señala que la fractura política hoy no tiene lugar en la democracia, sino entre la propia democracia y lo que se opone a ella: entre "lo cerrado y lo abierto". Bergson describía, en efecto, el combate entre dos fuerzas vitales que desgarran la humanidad: un empuje hacia la clausura de cara a las amenazas reales o soñadas de la crisis de la invasión, y una aspiración a la apertura nutrida por un deseo de libertad y de justicia que no conoce frontera, un deseo de vivir movido por un impulso que hace que la vida no se reduzca a una lucha contra la muerte. Es en esa oposición entre lo cerrado y lo abierto donde se situaría el desgarro político, moral e incluso religioso de la humanidad. En todo caso, en esta visión cerrada o abierta de Francia se sitúa hoy el combate de las elecciones presidenciales.

Esta misma duda es la que conocen las familias desde la noche de los tiempos, entre el mortífero repliego sobre uno mismo y la apertura al mundo y a los intercambios. En mi trabajo actual con familias de jóvenes aspirantes a la yihad, siempre me encuentro, sea cual sea su origen y su historia, una dimensión fusional, una clausura nociva que lleva a los jóvenes a afiliarse de forma paradójica a un grupo sectario aún más represivo.

La apertura contra la clausura, familias abiertas contra familias replegadas sobre sí mismas... Ahora y siempre debemos abrir nuestras fronteras y acoger a todos aquellos cuyas "pequeñas diferencias" podrían suponen una amenaza para nuestro narcisismo.

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Este post fue publicado originalmente en la edición francesa del 'HuffPost' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

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