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Ya el mundo sabe quiénes son

30/01/2016 09:54 CET | Actualizado 31/01/2017 11:12 CET

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La esposa del preso político Leopoldo Lopez, Lilian Tintori en la Defensoría del Pueblo el pasado miércoles. EFE/MANAURE QUINTERO

La colina que sube a Ramo Verde es empinada, mal asfaltada, y llena de obstáculos de alambre y púa tipo barricada, de esos que a veces ponen en la residencia presidencial La Casona, en Caracas, para evitar que los carros le pasen por enfrente. La cárcel militar Cenapromil está ubicada en Los Teques, la capital del estado Miranda, en Venezuela, normalmente zona fresca o de frío y montañosa.

La primera alcabala está al pasar un mercado del pueblo, donde uno se identifica, y según como le caiga a quienes estén de guardia -y si a quienes usted va a visitar están autorizados a recibir visitas de amigos y no están castigados-, usted avanza hacia la segunda alcabala, arriba, donde ya puede ver uno de los edificios, aquel donde tienen encerrado a Leopoldo López.

En esa segunda alcabala le revisan el carro, y ya arriba saben que usted llegó al centro militar. Si lo autorizan, entra, para el carro en la fila, y luego espera su turno para pasar adentro de la cárcel, a dejar sus huellas y nombre para el Servicio de Inteligencia Militar, y luego espera su turno para ser requisado. Como abogada, las requisas a las que fui sometida durante todos estos años, fueron siempre más o menos normales, incluyendo la ultima que realicé en el 2014, antes de irme de Venezuela. En esa oportunidad visité a los policías metropolitanos y a Iván Simonovis en el piso 5 del edificio principal, e insinué querer ver a Leopoldo López y constatar su estado de salud, y me fue negado, por supuesto.

La saña siempre ha sido contra los presos políticos y sus familiares. Desde los primeros que encerraron en esta cárcel, en el año 2002, en adelante. Las requisas vejatorias dentro de las celdas, las palizas a las que han sometido a algunos presos políticos, los castigos e incomunicaciones, y el trato cruel contra sus esposas, ha sido contante durante los años del chavismo. Incluso fueron denunciados presuntos atentados a vehículos de dos familiares de los hermanos Faría, presos por el caso de los paracachitos, que por su puesto nunca fueron investigados.

Yo sí sé quienes son, estimados lectores. Los conozco porque los vengo analizando desde hace casi 25 años. Desde que trataron de tomar el poder a la fuerza en dos golpes de estado sangrientos, y se apoderaron de él finalmente, con las herramientas que les brindó la democracia.

Ahora bien, el ensañamiento contra Leopoldo López y su familia no tiene nombre. Ya el tenerlo aislado, en un edificio aparte, en una celda de castigo que pasó a ser la cotidiana, donde lo han requisado con tanta maldad que más parece que lo hacen para drenar sus propias frustraciones tratando de dañar a quien no tiene como defenderse, es una demostración del gorilismo militar al que están tratando de someter a la sociedad venezolana. Imagino a Lilian, a Antonieta, a Manuela y al pequeño Leo, traspasando la cerca de la entrada al centro, anotándose en el libro de visita y, al mejor estilo tropero, recibiendo órdenes de "siéntese aquí", "espere allá", e imaginándome cómo le revisan lo que le llevan a Leopoldo, la comida, la ropa o lo que hayan pensado pudiera necesitar que esté permitido, para luego pasar al cuartico de la requisa personal. Imagino a esas mujeres vestidas de militar, con su cara de "tabla", como dicen los muchachos, exigiéndole que se desnuden, sin el menor ápice de compasión por quien de manera humillante se somete a la vejación de bajarse los pantalones y abrir las piernas ante personas desconocidas, por la ansiedad de ver a su esposo o hijo.

Pero, y aquí hago mucho énfasis, no puedo si quiera imaginar la cara de los pequeños, ante su abuela desnuda. Los ojos de Manuela recorriendo a su abuela, horrorizada porque aquellas gorilas de verde habían mandado a desnudar a Antonieta. ¿Qué pensarían estas dos criaturas? ¿Que pasa por esas cabecitas ante la injusticia de tener a su papá preso y a que su mamá y su abuela sean tratadas como delincuentes?

Yo sí sé quienes son, estimados lectores. Los conozco porque los vengo analizando desde hace casi 25 años. Desde que trataron de tomar el poder a la fuerza en dos golpes de estado sangrientos, y se apoderaron de él finalmente, con las herramientas que les brindó la democracia. Son calculadores, malos, fríos, sanguinarios. Lo que le están haciendo a los presos políticos es a propósito, para ejemplarizar, para que la población sienta temor a través de ellos, para que se inhiban de exigir sus derechos o de levantar cabeza para oponerse. Pero tienen delante una sociedad valiente, con mujeres y hombres, con jóvenes y no tan jóvenes que los han sacudido en sus cimientos de maldad, y que en el manual de malos tratos y torturas que utilizan para tratar de atemorizar, no deben tener estipulado cómo reaccionar ante una Lilian Tintori, una Antonieta López, una Yamile Saleh, una Ana Teresa Salazar, una Patricia de Ceballos, una Mitzy de Ledezma, una Rosa Orozco, una Bonny Simonovis, una Jackeline Sandoval...y ahora puedo afirmar ¡que el mundo sabe quienes son!

Este régimen pasará a la historia como aquel que quiso con todo su poderío económico y militar aplastar a la sociedad democrática, con persecución, con cárcel, con muertos, pero que tenían delante venezolanos que, con inteligencia, valentía y las armas del pensamiento y la razón, lo enfrentaron firmemente y lucharon y seguirán luchando por una Venezuela para todos los venezolanos. ¡Qué viva la mujer venezolana!

Este artículo fue publicado originalmente en La Razón de Venezuela

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