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Un 'golpe de estado' muy británico contra Jeremy Corbyn

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Foto: REUTERS

Mientras que la atención del mundo se centra en las perplejidades del golpe de estado militar fallido en Turquía, pocas personas han notado que un golpe mucho más sutil está teniendo lugar en el Reino Unido. Ya se sabe que oficialmente no hay golpes de estado en Gran Bretaña. Por esto los británicos no tenemos una palabra para describir el fenómeno; usamos la expresión francesa "coup d'etât". La conclusión más obvia de este hecho es que las personas poderosas en el Reino Unido usan maneras más sofisticadas de conseguir lo que quieren: el tipo de maniobra que, en el título de una novela británica de los 1980, se llamó A Very British Coup (un golpe de estado muy británico).

Parece que esto es lo que está pasando en Gran Bretaña ahora mismo. El golpe de estado actual puede describirse como indirecto, porque no constituye un ataque contra el Gobierno del momento, sino contra la oposición oficial, que no obstante puede formar un Gobierno en el futuro. Quizás podría describirse como un golpe de estado preventivo.

Voy a resumir la historia. Hace once meses, Jeremy Corbyn -prácticamente el diputado más ideológicamente anticapitalista en el Parlamento- ganó el liderazgo del partido laborista. Fue totalmente inesperado, incluso para el mismo Corbyn. Ganó en la primera ronda, contra otros tres candidatos, con 59,5% del voto total (que equivalía a 251. 417 personas).

Desde entonces, Corbyn ha sido denigrado todos los días en la prensa y en la televisión (la BBC, por ejemplo), como muestra un informe reciente del London School of Economics. Era algo de esperar, supongo: consideran que Corbyn es un extremista político. Más sorprendente, sin embargo, ha sido la oposición absoluta a Corbyn que ha venido del resto de los 230 diputados laboristas (con la excepción de 30-40). Completamente aturdidos por su victoria, se han negado a apoyarle públicamente, y muchos han rehusado formar parte de su Shadow Cabinet (es decir, el Gobierno alternativo que es constitucionalmente necesario formar en el sistema parlamentario británico, que es rigorosamente bipartidista) y han estado esperando el momento, desde el primer día de su liderazgo, en que pudieran desplazarle.

Ha habido un problema con este plan, sin embargo. Los resultados de las elecciones -tanto en las regionales como en los casos de alguna circunscripción donde se ha tenido que elegir a un diputado- desde que Corbyn ganó han sido relativamente buenos. En cada elección, el partido laborista ha ganado, a veces con una mejora en la proporción del voto. No obstante, una oportunidad de deshacerse de Corbyn finalmente se les ha presentado a los diputados laboristas: el Brexit (del que -absurdamente- echaron la culpa a Corbyn). Inmediatamente después del resultado del referéndum, los laboristas en el parlamento aprobaron -por 172 a 40 - una moción de no confianza contra su líder. El voto no tenía ningún valor legal vinculante; fue diseñado simplemente para avergonzar a Corbyn y a obligarle a dimitir. Pero se negó a hacerlo, aludiendo a su sólido apoyo (e incluso creciente) entre las bases del partido.

¿Quién va a ganar la batalla? Uno sospecha que Corbyn volverá a ganar la elección, esta vez, quizás, con una mayoría aun más grande.

Los dos lados terminaron en tablas: 172 diputados (cada uno con su propio mandato, pero parte de la organización laborista) frente a, al menos, 250,000 miembros individuales del partido. Más Agatha Christie (Murder on the Orient Express) que Shakespeare (Julius Cesar), este ataque contra Corbyn ha sido bautizado en las redes sociales como the chicken coup (el 'golpe de estado' de los cobardes, homónimo aproximado de chicken coop: gallinero). Al final, los diputados se encontraron obligados a desafiar a Corbyn directamente: propusieron otra candidata para el liderazgo (y ahora ha entrado una tercera persona en la carrera por el liderazgo).

Una vez planteada la situación, se pensó que el NEC (el comité ejecutivo nacional del partido, que toma sus decisiones organizacionales claves) iba a obligar a Corbyn -aunque sea el líder más popular entre los militantes de toda la historia moderna del partido, incluso, posiblemente, de cualquier partido británico en tiempos recientes- a recoger nominaciones de sus compañeros en el Parlamento (como tiene que hacer cualquier diputado que quiere desafiar al líder actual). Corbyn probablemente no podría haber conseguido las 51 necesarias. Y si el NEC hubiera tomado esa decisión, habría sido un escándalo absoluto. Pero al final aceptaron que Corbyn, como líder del partido que es, debía estar automáticamente en la elección, sin necesidad de avales.

Justo después de que Corbyn saliera de la misma reunión en que esa decisión fue tomada, sin embargo, el comité aprobó dos medidas más que podrían perjudicarle seriamente. Primero, decidieron (inexplicablemente y, con toda probabilidad, ilegalmente) que todos los miembros que se habían afiliado al partido durante los últimos seis meses no podrían votar en la elección. Aquí hay que tener en cuenta que se estima que más de 128.000 personas se han afiliado al partido desde el referéndum (el número total de miembros hace unos días fue de 515.000; hoy día seguramente será aún más elevado; algunos han dicho que se está acercando a 600.000); es lógico pensar que en general se han inscrito para votarle a él.

La segunda medida -aún más preocupante, quizás- es que el NEC ha prohibido todas las reuniones de los partidos locales entre ahora y la elección. Esto, presumiblemente, es porque creen que muchos militantes van a votar para reprender a sus diputados locales por no apoyar a Corbyn. Esto ya ha pasado en la circunscripción de Angela Eagle, la primera en presentarse como candidata anti-Corbyn: su propio partido amenazó con despedirle como su representante en el Parlamento. En otro caso - Brighton- la agrupación local entera ha sido disuelta, después de unas elecciones en las que los militantes que apoyan a Corbyn han ganado todos los puestos. Incluso hay rumores más siniestros de que el aparato del partido está empleando a gente para mirar los perfiles en las redes sociales de los nuevos miembros para ver si pueden encontrar una excusa para negarles la posibilidad de votar (como que estos nuevos miembros hayan usado expresiones como 'traidor', 'escoria' o 'Tory rojo' para referirse a gente del partido, lo que, según el NEC, constituye una forma de bullying; ¡uno se pregunta qué palabras se considerarían aceptables para describir a la gente que parece estar participando en un golpe de estado indirecto de este tipo!).

¿Quién va a ganar la batalla? Uno sospecha que Corbyn volverá a ganar la elección, esta vez, quizás, con una mayoría aun más grande. ¿Qué pasará entonces? Parece que hay dos posibilidades: 1) los diputados laboristas se callan y vuelven a trabajar con Corbyn (aunque ahora se arriesgan a que sus agrupaciones ya no los elijan como candidato; 2) los mismos diputados dimiten en conjunto y crean un nuevo partido en el Parlamento. Sería un partido sin militantes y sin el apoyo financiero de los sindicatos, pero tendría el apoyo incondicional de todas las secciones de los medios de comunicación del establishment. En este caso, el Very British Coup sería, quizás, completo.

Otra idea que se me ocurre sobre todo esto es que tal vez la situación actual en el partido laborista sirva de lección política, un poco como la situación en Grecia después de la elección de Syriza. Es decir, en estos tiempos de crisis, ruptura, incertidumbre, violencia incluso, de alguna manera aprenderemos, a través de esta experiencia, los límites que el sistema político actual tiene a la hora de proporcionar una respuesta a tales problemas. Las conclusiones que se sacarán de esta lección quedan por verse.