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Vinos sin D.O. ¿Problemas para el consumidor?

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Bodegas que se salen de las denominaciones de origen (D.O), cambios de una denominación a otra, o la elaboración sin acogerse a ningún tipo de normativa son temas recurrentes que saltan a la palestra de los medios de comunicación, o se tratan en las tertulias de los enochalados de vez en cuando.

En principio, la denominación debe ser garantía para el consumidor de que el producto tiene una procedencia determinada y cumple con unos mínimos requisitos de calidad. Eso no cabe duda de que es bueno para el consumidor. Especialmente si el control es el adecuado y las normas no asfixian al productor, permitiéndole trabajar para conseguir un producto que se adecua a lo tradicional de la zona, y que llegue al consumidor en condiciones óptimas.

Si la denominación de origen es garantía de calidad y provee de mecanismos de control que hacen que el consumidor llegue un producto óptimo, ¿por qué Artadi abandona una denominación del prestigio de La Rioja? ¿Por qué Colet y algunas otras prestigiosas marcas de vinos espumosos catalanes se están pasando de la conocida D.O Cava a la D.O Penedés? ¿Por qué algunos de los jóvenes productores que están ganando merecido prestigio, como mi amigo Alfredo Maestro o los el grupo Envínate, elaboran vinos sin D.O, o bajo el amparo de denominaciones genéricas como la de Vinos de la Tierra de Castilla y León?

Algo tiene que estar pasando. Hace unos años, sólo el Marqués de Griñón y algún aventurero se atrevían a producir sin denominación geográfica, y hoy cada vez son más los que tiene ese atrevimiento, y desgraciadamente, las razones que yo entreveo no son nada buenas. Y digo desgraciadamente, porque, en efecto, que los vinos no se controlen y regulen no es bueno para el consumidor, que queda por completo en manos del elaborador y la confianza que pueda tener en él.

Entre los vinos sin denominación de origen tengo que mencionar uno de los que me han impresionado recientemente: Tinta Amarela 2013, elaborado por el Grupo Envínate

Las denominaciones en España tienen grandes inconvenientes para el consumidor, y deberían ser revisadas. No tiene mucho sentido que muchas de ellas tengan un tamaño tan grande que la indicación geográfica sea una referencia absolutamente inútil. La zona amparada por la D.O La Mancha tiene, por ejemplo, más de 30.000 kilómetros cuadrados de extensión. ¿Qué características comunes de suelo, clima o tipos de producción dan un carácter diferenciador a estos vinos? Sencillamente, no las hay. Y es tan sólo un ejemplo de una denominación en la que me consta que últimamente hay productores que están elaborando vinos de una enorme calidad y luchando por darles alma.

Del control que ejercen los consejos no voy a hablar demasiado, pero debes tener en cuenta que el número de votos está relacionado con el volumen de producción, y ni en el mundo del vino ni en nada, volumen y calidad van de la mano. Es normal que haya pequeños productores luchando a brazo partido por lograr vinos con personalidad y calidad, que se suban por las paredes cuando los señores del consejo les niegan poner en la etiqueta el nombre de la viña de la que proceden las uvas. O peor aún, que se lo hagan probar... ¡a posteriori!

Escándalos como los recientes de la D.O Rueda o los aumentos de rendimiento autorizados en la D.O.C Rioja no son buenos para el buen nombre de la denominación. Ni tampoco para la calidad del producto que se ofrece al consumidor. Y estos fenómenos trascienden y rebajan la confianza que las DO deberían trasladar al honrado bebedor de buen vino.

Denominaciones más pequeñas en las que realmente se promueva la calidad, en los que el vino se una a la tierra de la que procede y no se sirva a los intereses de los grandes productores serían buenas para todos. Nuestros vinos, desgraciadamente, son de los que más han caído en precio por litro. Cada vez nos reconocen, con grandísimas excepciones, como productores de granel y vinos de lineal de supermercado. ¡Hay que ponerse las pilas!

Si has llegado hasta el final de este desbarre, en el que espero haber volcado suficientes argumentos, no quiero que te vayas con la impresión de que un vino de mesa es bueno per se. El brebaje que nos sirven en el comedor de mi trabajo, vino de mesa, perforaría el esófago del incauto bebedor por su acidez descontrolada, y le destrozaría su pobre estómago por la cantidad de aditivos que deben haber incluido en su elaboración.

Sí que es interesante, sin embargo, no descartar estos vinos sin más. Podrías perderte enormes alegrías, y no me quiero ir sin hablarte de uno de los que me han impresionado recientemente: Tinta Amarela 2013, elaborado por el Grupo Envínate. Un vino que tiene una crianza de once meses en barricas usadas de 500 litros. Es un vino expresivo, floral, que ofrece aromas de arándanos maduros, con notas de hierba recién cortada. Aroma muy integrado y complejo, en el que, con un poco de aire, salen suelos mojados, y polvo de tiza. En boca se presenta muy fresco, algo austero, pero serio. Amplio y suave. Con taninos muy finos y elegantes. Final afrutado, ligeramente cítrico. Impresionante. ¡Y no tiene Denominación de Origen!

Volveré en unos días, hablaremos si quieres de cosas del vino, como los taninos, pero eso serán nuevas historias.