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Irene Montero y la amenaza del estereotipo

18/06/2017 09:55 CEST | Actualizado 18/06/2017 09:55 CEST
AFP

Es el día de tu presentación. Has tenido que ponerte corrector antiojeras y colorear tu tez pálida, no se vaya a notar que no has pegado ojo en toda la noche porque estabas muy nerviosa. Sonríes, pero te tiemblan las piernas. Intentas aquello de respirar con el diafragma, pero no te sale. Quedan unos minutos y repasas mentalmente tu discurso. Te sudan las manos y en varias ocasiones fantaseas con salir corriendo chuleta en mano por la puerta de atrás. Anuncian tu nombre y te diriges lentamente hacia el micrófono. Sabes que todas las miradas están puestas en ti. Están fijándose en lo que llevas puesto y si te has pasado con el colorete. También sabes que estarán escudriñando tu culo mientras caminas "Lo tiene gordo". "Lo tiene blando". "Esa es la novia de". "A saber qué ha hecho para estar ahí". Llegas al atril y miras al público, pero solo ves una masa borrosa. Te cuesta pensar con claridad y te sientes más patosa de lo habitual. Tienes la boca seca. Carraspeas. Estás segura de que te equivocarás.

A qué mujer no le ha pasado y a cuántas aún nos sigue pasando. No es que no te sepas tu discurso de memoria, ni que no creas en lo que vas que decir. Lo has contando millones de veces. Lo has estudiado, debatido, hablado, escrito y hasta soñado. Estás sobradamente preparada y cualificada. Entonces ¿cuál es el problema? ¿Por qué tu voz se empeña en no querer salir de la garganta? El problema no está en tu voz, ni tampoco en tu garganta. El problema está en que sabes lo que se espera de ti: que lo hagas mal. "Las mujeres no dominan el espacio público". "Las mujeres no son elocuentes". "Las mujeres no brillan con luz propia, si están ahí es porque alguien les hizo un favor". "Las mujeres no tienen don de liderazgo". "Las mujeres no son grandes profesionales". "Las mujeres no llegan por méritos propios, sino por la dichosa cuota". "Las mujeres son malas". "Las mujeres no son capaces". "Las mujeres son emocionales: lloran, se enamoran, son débiles, se amilanan". "A las mujeres no les interesa la política, ni la economía, ni la ciencia". "Las mujeres son familiares y su misión es fundirse con los demás, no destacar". Esas voces que has escuchando tantas y tantas veces resuenan en tu interior y te recuerdan que no deberías estar ahí, porque el puesto que estás ocupando le pertenece a un hombre. Como para alzar la voz.

El problema no está en tu voz, ni tampoco en tu garganta. El problema está en que sabes lo que se espera de ti: que lo hagas mal

El problema no eres tú, sino lo que sabes que se espera (o no se espera) de ti. Y todo eso tiene un nombre y hasta una explicación. Se llama "la amenaza del estereotipo" y es un fenómeno psicológico estudiado por Claude M. Steele y Joshua Aronson desde 1995. Este fenómeno explica cómo una persona ve afectadas sus capacidades precisamente por la presión que ejercen las características negativas asociadas al colectivo al que pertenece. Esta amenaza la sufren todos los grupos sociales estigmatizados por ideas negativas preconcebidas. Algunas por cuestiones de género, otras por el color de su piel o por su cultura. También ocurre con la condición sexual e incluso con la clase social. El miedo a ser juzgadas y hacer algo que confirme las características negativas que se esperan de nosotras, es una amenaza psicológica que provoca nerviosismo, bloqueo y dificultad para desarrollar nuestras capacidades: lo que en muchos casos acaba confirmando el propio estereotipo.

Lo que le ha sucedido esta semana a la política Irene Montero nos pasa constantemente a las mujeres. Al portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando, le ha resultado tan sorprendente que una mujer sobresalga en el debate político con respecto a su compañero de partido masculino que lo ha utilizado para ridiculizarles a ambos: "Hay quien dice que estuvo mejor la señora Montero que usted, pero no diré yo esto porque si no, no sé qué voy a provocar en esa relación". A Irene Montero la menosprecia haciendo referencia a la relación personal que mantiene con su compañero (por si a alguien se le había olvidado el motivo de sus méritos) y a la vez que se mofa de Pablo Iglesias por ser superado por una mujer. El machismo rancio, casposo y normalizado del portavoz del PP ha quedado sobradamente retratado en sus declaraciones y en los numerosos y acertados artículos que se han escrito al respecto. Pero también ha dejado patente lo que no se espera de las mujeres en un siglo en el que se nos llena la boca diciendo que ya existe la igualdad porque podemos comprar camisetas con slogans feministas o salir en bragas y tiradas por el suelo en alguna publicidad.

Quiero manifestar todo mi apoyo y solidaridad con Irene Montero y con todas las mujeres políticas, científicas, deportistas, directoras o cualquier cargo que implique tener que alzar la voz y enfrentarse a los estereotipos. Lo que necesitamos precisamente son más referentes como ellas. Para que cada vez que nos subamos a un estrado, un atril o un escenario, no nos tiemble más la voz porque confiamos en que seremos valoradas por nuestras palabras y nuestros actos. No por nuestro aspecto, nuestra ropa o nuestro culo... Y mucho menos por con quién nos acostamos.