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25/01/2019 07:19 CET | Actualizado 25/01/2019 09:43 CET

Me casé con mi pareja del instituto y no lo recomiendo

Photo Courtesy of Baylea Jones
Casándonos en Westfield (Massachusetts, EE UU) tras acabar los exámenes finales, en 2011.

Todos los que son de Vinton se casan con su pareja del instituto. Esta pequeña ciudad está encajada en una esquina del estado de Luisiana (Estados Unidos) y tiene una población de poco más de 3000 personas. Casarse con un compañero de clase es tan rutinario como el silbido del tren al pasar por el almacén de piensos todos los días a las 3 de la tarde.

Yo me creía diferente. Y lo era. Era homosexual. Independientemente de si me sentaba en los bancos de la parroquia católica St. Joseph o en las gradas del instituto Vinton, ser homosexual me convertía en una abominación. Además, mi familia venía de la ciudad más cercana, lo cual, a causa del aislamiento de Vinton como ciudad pequeña que es, bien podía ser como un país distinto. Los lugareños que llevaban generaciones asentados en Vinton nunca me dejaron olvidar que no pertenecía a allí, que no era una de ellos.

Yo no era femenina y los rumores sobre que era lesbiana empezaron a propagarse antes incluso de que yo misma cuestionara mi sexualidad. Cuando por fin me di cuenta de lo que todos los demás ya sospechaban, compartí mi secreto con un par de amigos cercanos. Las palabras vuelan y a la tierna edad de 12 años ya fui expuesta, lo que me hizo sufrir una incesante depresión y un continuo acoso escolar. En aquel momento pensé que la única forma de salir de la ciudad era dentro de un ataúd.

Yo solo quería lo mismo que el resto de los adolescentes: salir con alguien. Sentir mariposas durante mi primer beso, bailar torpemente en los bailes del instituto, ir de la mano con alguien por los pasillos, intercambiar notas de amor en clase. Al final, pude vivir, pero con ciertas estipulaciones. Mis amigas alternaban entre prohibirme quedarme a dormir con ellas y enrollarse conmigo o bloquearme las llamadas y hacerme chupetones. Me sentía confusa y destrozada, pero pensé que sería lo más parecido que llegaría a tener a una relación: chicas avergonzadas de besarme salvo si era a escondidas.

Además, el matrimonio homosexual era ilegal en todo Estados Unidos menos en Massachusetts, a casi 2500 kilómetros de distancia. Aunque encontrara novia, ¿qué futuro nos esperaría? No podíamos darnos la mano en los partidos de fútbol americano de los viernes por la noche. Nuestra relación sería ilegal en esa ciudad, en ese estado, en el 98% del país y en casi todo el planeta. Estaba sentenciada a mantener mi amor en la oscuridad.

A los 12 años ya fui expuesta, lo que me hizo sufrir una incesante depresión y un continuo acoso escolar. Pensé que la única forma de salir de la ciudad era dentro de un ataúd.

Para el tercer año de instituto, mi homosexualidad ya había dejado de ser una novedad. No es que fuera muy apreciada ni nada de eso, pero la mayoría de la gente me dejaba en paz. Esa primavera, justo antes de que llegaran las vacaciones de verano, otra amiga que creíamos heterosexual me besó. Me esperaba la misma rutina de siempre: No se lo digas a nadie; si me haces los deberes te volveré a besar; esto no significa que sea lesbiana ni nada de eso... En vez de eso, me pidió salir.

Britney y mi relación fueron un tema tenso al principio. La gente me acusaba de "convertirla en lesbiana" y la acusaban a ella de jugar con mis sentimientos; nuestras familias consideraban que era una fase y el instituto nos prohibió asistir al baile de inicio del curso juntas, de modo que hicimos lo único que pensábamos que podíamos hacer: huir.

Pasé mis últimos dos años de secundaria interna en un instituto, donde vivía. La familia de Britney se mudó a otra ciudad. Mantuvimos una relación a distancia durante dos años (algo que no resultaba sencillo con 17 años) rompimos durante cuatro meses en mi penúltimo año y después escapamos juntas a la Universidad, convirtiéndonos en las primeras personas de nuestra familia que lo lográbamos. Los amoríos de juventud son un aliciente poderoso.

En segundo de carrera, participamos en un programa de intercambio nacional. No podíamos permitirnos estudiar en el extranjero, así que escogimos el lugar más lejano dentro de nuestras posibilidades: Massachusetts, que todavía era uno de los pocos estados en los que estaba permitido el matrimonio entre personas del mismo sexo. Pensando que sería nuestra única oportunidad, nos casamos durante nuestra estancia allí.

La ceremonia fue pequeña. Fuimos caminando a un parque que había cruzando el campus después de los exámenes finales. Nuestro oficiante nos casó y el puñado de amigos que habíamos hecho durante el semestre estuvieron presentes. No hubo familiares en la boda, pero nuestras madres lo estuvieron oyendo a través del móvil. Horas después de los votos, subimos a un tren Amtrak para volver a Luisiana, donde nuestro matrimonio ya no sería legalmente vinculante ni reconocido. Teníamos 19 años.

La gente nos pregunta mucho sobre nuestra historia de amor y expresa su admiración por nuestro cuento de hadas. Y es cierto, hemos superado un montón de obstáculos para llegar hasta donde estamos. No encajamos en la clásica historia de amor de instituto. Somos una pareja homosexual de la misma ciudad y llevamos juntas 12 años. Nos casamos antes de que fuera legal y vimos cómo todo el país, incluido nuestro estado, Luisiana, aprobaba la igualdad de matrimonio cuatro años después, algo que no esperaba ver en toda mi vida. Eso dice mucho de por sí.

Somos una pareja homosexual de la misma ciudad y llevamos juntas 12 años. Nos casamos antes de que fuera legal y vimos cómo todo el país aprobaba la igualdad de matrimonio cuatro años después.

Pero dejad que insista: ¡Nos casamos a los 19 años! ¡Llevábamos juntas desde los 15! Teníamos muy poca experiencia de la vida. Procedíamos de una ciudad con una bolsa de citas con unas 100 personas disponibles. Ni siquiera sabíamos quiénes éramos cuando decidimos fugarnos y cruzar el país.

Casarnos tan jóvenes fue algo estúpido. Ambas coincidimos en eso. Cuando las parejas adolescentes y de veintipocos años acuden a nosotras para pedirnos consejo para una relación, les decimos que rompan y vivan la vida. Yo llevo con la misma persona la mitad de mi adolescencia y toda mi vida de veinteañera. Instituto, universidad y trabajo. Britney y yo literalmente hemos crecido juntas.

Pese al hecho de que las cosas nos han salido bien a nosotras, yo no recomiendo que nadie se case con su pareja del instituto, sobre todo si habéis crecido en un lugar aislado que no es tan progresista como debería. Y sobre todo si sois queer y pensáis que no tenéis cabida y que nadie os querrá nunca. Porque os merecéis el mundo entero y el mundo entero está ahí esperándoos.

Si estáis atrapados en vuestra ciudad porque no tenéis los medios ni la disponibilidad para salir, o si os gusta el lugar en el que os habéis criado y no podéis imaginaros viviendo en otra parte, no pasa nada, porque si yo pude encontrar el amor en Vinton, vosotros también podéis encontrar el amor allá donde estéis. Un montón de compañeros de clase salieron del armario tras el instituto y todavía viven en esta ciudad. Estamos por todas partes.

Photo Courtesy of Baylea Jones
Una foto reciente de ambas (2018).

En cuanto a mí, tuve suerte. He tenido a mi mejor amiga a mi lado con cada logro que he alcanzado. Conoce mi ciudad tan bien como yo y su familia vive a unas pocas manzanas de la mía, lo que hace que las festividades sean un paseo. Ha visto cómo se ha transformado mi cara de bebé gay en cara de bebé gay macho. Me casé con la primera chica que me hizo sentirme querida y mi esposa se casó con la primera chica que no la hizo sentirse ignorada. Es tan hermoso como devastador.

Así que no, no os recomiendo que os caséis con vuestra pareja del instituto, pero yo estoy muy segura de que no me arrepentiré de haberme casado con mi novia.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.