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28/03/2018 07:30 CEST | Actualizado 28/03/2018 07:30 CEST

Amélie Nothomb, premio Nobel de Literatura

Getty Images

Una apuesta algo alocada a favor de la popular novelista belga.

Si Roncagliolo puede, yo también

En 2013, Santiago Roncagliolo publicó un artículo donde proponía, medio en serio medio en broma, premiar a Stephen King con el Nobel de Literatura. Eso mismo voy a hacer yo con la escritora belga Amélie Nothomb.

Su prosa es un híbrido exquisito entre cuento, novela y teatro. Algún literato dirá: "Melón, el género que practica Amélie Nothomb es la novella". Pues amén, adoro este formato de narraciones cortas, que además pone en evidencia el despilfarro narrativo de casi toda la producción literaria actual. Si puedes alcanzar lo sublime sin renunciar a la economía narrativa, tanto mejor. Eso saben hacerlo, de entre los vivos, Julian Barnes, Ian McEwan, Baricco... y Nothomb.

Metanovelas

Sus obras son actualizaciones hipermodernas de cuentos clásicos (Perrault) o digresiones sumamente originales (Biografía del hambre, Metafísica de los tubos). Casi todas sus reflexiones son metaliterarias, novelas breves que en el fondo hablan sobre la propia novela. Higiene del asesino no es tanto una novela criminal como una meditación sobre las funciones del arte. En los grandes autores (McEwan, una vez más), siempre hay un paralelismo entre los hechos narrados en la novela y la visión del arte que proyecta el autor. Con Amélie, esto resulta evidente, tanto que ya es objeto de estudio. Se han hecho tesis sobre la autoficción en la obra de Nothomb (su capacidad de síntesis es esencial, ya que la brevedad de sus textos nos permite explorar todo el corpus literario). El tratamiento del deseo y la belleza, por cierto, da para verdaderos virtuosismos académicos. Véanse, por ejemplo, la novela Antichrista o Matar al padre. En todo caso, su obra más relevante seguirá siendo Estupor y temblores, que retrató el racismo cultural, los bullshit jobs y el acoso laboral.

Puede que Amélie Nothomb no guste por su pose egocéntrica. Ese narcisismo, que tanto se ha aplaudido en la filmografía de Woody Allen, se ve reforzado por las cubiertas de la edición española (sale prácticamente en todas). La Nothomb es una mujer y la egolatría femenina se castiga. No ocurre lo mismo si hablamos de Bret Easton Ellis o de otros fantoches del mismo ramo.

El premio Nobel de literatura 2018

En los últimos años, el Premio Nobel se ha ido de madre. Merecido o no, Bob Dylan es premio Nobel de Literatura. Al año siguiente otorgaron el premio a Ishiguro, un inmenso escritor que llevaba diez años sin publicar una novela. Ishiguro es inglés, aunque nació en Japón... casi igual que Amélie Nothomb, que nació en Japón, aunque es de nacionalidad belga (su obra, por cierto, retrata esa tensión cultural).

Si le dieran el premio de 2018 a esta escritora belga, sería el segundo de la historia para su país, después de que se alzara con este reconocimiento Maurice Maeterlink en 1911. No estaría mal, tras más de cien años de espera. Los Nobel son así, ¿no? Un reparto de premios condicionado por la lengua y por el sistema de estados-nación.

Sé que Amélie Nothomb nunca ganará el Nobel de Literatura. En rigor, no sé si lo merece, pero uno se harta de la dicotomía entre las novelas de masas (de leer y tirar) y las obras literarias que nacen y mueren en sus irrespirables círculos académicos. Amélie Nothomb, a mi juicio, es una autora midcult que sirve de vía de escape a ese callejón sin salida que desemboca en un triste autismo literario.

Ordeno y mando... al librero

Siento estupor y temblores ante la idea de que todo siga igual en el panorama literario.

Por el contrario, me reconforta saber que Amélie Nothomb escribe a un ritmo frenético... y que esta semana Anagrama publica su penúltima novela.

Salgo ahora a comprar su libro para darle a Amélie mi particular Premio de los Lectores, que es casi todo cuanto puedo hacer por impulsar su candidatura. Bueno, eso y dedicarle esta humilde entrada del Huff, que es un periódico muy nothombiano.

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