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POLÍTICA
13/10/2019 10:04 CEST | Actualizado 15/10/2019 11:43 CEST

"Dolor habría sido tener un hijo entonces": dos mujeres cuentan cómo abortaron

En España, la interrupción voluntaria del embarazo es legal, pero sigue siendo tabú: "Sientes que estás haciendo algo sucio".

Helena siempre había querido ser madre, pero cuando se quedó embarazada, pasada la treintena, decidió abortar. “Acababa de cumplir 33 años y, de hecho, ya pensaba: ‘¡Hostias, que ya voy tarde!’. Pero me enteré justo cuando acababa de dejarlo con mi pareja. Habíamos tenido la discusión más fuerte en todos esos años de relación tóxica”, recuerda. Helena, que no ha querido dar su nombre real ni mostrar su rostro, se hizo la prueba de embarazo un 31 de diciembre de hace tres años, “y dio positivo”: “Fue un susto increíble”. “Esa Nochevieja fue terrible. Yo ya me empezaba a sentir mal y fue horrible”, repite.

En ese momento ella no lo sabía, pero luego descubrió que sufría hiperémesis gravídica, un síndrome que afecta a algunas mujeres embarazadas provocándoles náuseas y vómitos extremos que generan deshidratación y desequilibrios. “Eran unas náuseas terribles a todas horas que me hacían vomitar continuamente. Los días que duró, sentí que me moría”, afirma. Encajar la noticia del embarazo, y posteriormente la decisión de abortar, fue difícil, pero la hiperémesis aceleró su deseo “de quitarme esa sensación, fuera como fuera”. 

El proceso de aborto, sin embargo, no le facilitó las cosas. “Mi experiencia fue horrible”, cuenta. “Intento pensar en ella de forma pragmática —es eso lo que debía hacer en ese momento y no me arrepiento—, pero me afectó mucho y todavía hoy me sigue afectando. Incluso he hablado de ello en alguna sesión con el psicólogo”.

Si Helena no da su nombre real es, sobre todo, porque su familia no sabe que abortó. “Al principio no se lo dije ni a mis padres ni a mis hermanos. Sí a mi círculo más cercano de amigos y de compañeros de trabajo para que me cubrieran un poco, porque nunca pedí la baja. Por eso también sentía que me tenía que quitar esa sensación para volver cuanto antes al trabajo”, explica.

Entonces empezó “el proceso de información”. “Ya había tomado la decisión, así que me tocaba saber qué hacer. Y en internet no estaba muy claro, todo es un poco opaco. Te enteras de que, efectivamente, es legal, pero que no lo hacen los hospitales públicos. Y te preguntas por qué, por qué es todo tan tabú, por qué hay que hacerlo casi a escondidas”, plantea. “Luego te toca buscar en qué clínica. Probé con una, pero no me daban cita hasta la semana siguiente, y yo me encontraba tan mal, tan mal, estaba tan deshidratada, que no comía ni bebía, todo lo vomitaba, todo me daba náuseas, que probé con otra clínica”, cuenta. “Y el trato ahí fue muy poco profesional”.

Yo buscaba un consejo profesional y no lo encontré en absoluto

“El doctor era cero profesional. El tío me hablaba de ‘vosotras’, en plan ‘es que todas queréis acabar cuanto antes con esto’. Es como si no le hubieran enseñado deontología médica”, critica. “Luego me dijo que había dos métodos: pastillas abortivas o legrado, que es como una operación con anestesia y que casi no te das cuenta. Para el legrado, que es el método que menos secuelas psicológicas deja, no me daban cita hasta la siguiente semana. Me encontraba tan mal que necesitaba lo que fuera enseguida y él me trató como si le diera igual mi vida. ‘Tú verás, elige lo que tú quieras’, me decía. Yo buscaba un consejo profesional, y no lo encontré en absoluto”, se queja. “Al final elegí la píldora abortiva”.

Hasta las siete semanas de embarazo, la mujer que quiera abortar puede elegir entre dos métodos: un tratamiento médico en el que se usan dos medicamentos, Mifegyne (Ru 486) y Misoprostol, y un método instrumental, que consiste en una aspiración intrauterina con bomba de vacío bajo anestesia local o general.

La experiencia de Marta (nombre ficticio) no se parece casi en nada a la de Helena. Aunque ambas abortaron en Madrid en 2016 con un embarazo de seis semanas y Marta también había cumplido los 30, ella no sufrió hiperémesis gravídica y tuvo más suerte con los profesionales médicos que la trataron. Sí se encontró con un par de cejas arqueadas cuando contó a su ginecóloga que no quería tener el bebé. “Se quedó sorprendida, era una mujer mayor y me dijo: ‘Bueno, aquí no hacemos eso’. La asistenta, igual, me miró muy seria. Me dijeron a qué clínicas podía ir, pero me recomendó que me esperara porque como aún no había latido, a veces se producen abortos involuntarios”, recuerda.

CARLOS PINA
Helena

Marta pudo acelerar todo el proceso porque cuenta con un seguro médico privado “y ahí todo va mucho más rápido”. Helena, por su parte, se enteró de que para que se lo cubriese la Seguridad Social tendría que solicitarlo primero a su médico de cabecera y hacer unos trámites más. Como prefirió no esperar, eligió “la píldora” y pagó “unos 360 euros”.

Marta, en cambio, eligió el método instrumental y se lo cubrió su seguro. “Fui a una de las clínicas que me recomendaron, me explicaron lo que tenía que hacer y de ahí fui a mi seguro para que me lo autorizaran. Necesitaban una carta del psicólogo o el psiquiatra de la clínica con la que verifican tu estado actual y qué implicaría para ti tener un hijo”, explica. “Casi tenía que decir que me iba a volver loca teniendo ese niño y ya, con ese informe, cumpliendo esos parámetros, podías abortar sin problemas”. 

En “una semana y pico”, le dieron cita en la clínica donde se sometió al procedimiento de interrupción del embarazo. “Primero me pasaron a una sala donde me explicaron las distintas opciones: que podía darlo en adopción, que había ayudas a las madres solteras…”, recuerda. Ella eligió la técnica de aborto instrumental porque tanto en la clínica como una conocida suya le dijeron “que era mejor porque no te enterabas prácticamente”. “Y así fue”, confirma. 

Francisca García, presidenta de la Asociación de Clínicas Acreditadas para la Interrupción del Embarazo (ACAI), corrobora que las dos técnicas disponibles para abortar “no son comparables”. “La farmacológica [con pastillas] dura 48 horas y la instrumental, de dilatación y aspiración, 10 minutos”, apunta. “La farmacológica no se hace con sedación, se dan sólo analgésicos, y duele un poco. Por otro lado, no hay una intervención directa de los profesionales y pueden aparecer efectos secundarios, como vómitos, diarrea y náuseas. El aborto se produce de forma paulatina, hasta que expulsas todos los restos, y es más molesto y doloroso”, explica. 

Según un estudio de ACAI, “la mayor parte de las mujeres que han sido correctamente informadas y tienen libertad de elección, escogen el método instrumental frente al farmacológico” en un 78% de los casos, generalmente por considerarlo “más rápido y seguro”. “A más edad y a más número de hijos, las usuarias se decantan por el método instrumental”, concluye el informe.

Helena entendió perfectamente el porqué. Además de que cree que se equivocó al elegir la clínica —“en los foros la ponían mal no, lo siguiente”—, el método de las pastillas abortivas le pareció “un infierno”. “Mi chico pudo venir, lo cual estuvo muy bien. Pero una vez en la clínica, fue todo muy frío. Te dan dos píldoras, te dicen que te quedes en la sala de espera con un montón de gente, y que sentirás ganas de vomitar, que quizá tendrás diarrea, que te vas a sentir muy mal, y que cuando eso, que les avises, que ya te meterán dentro. Y tú piensas: ‘¿En serio tengo que estar con todas estas personas mientras me estoy casi muriendo?’. Pues sí”, recuerda.

“A los pocos minutos de tomar las pastillas, empecé a sentir que me moría. Es la peor sensación que he tenido en mi vida, como que te estás muriendo, que te estás rompiendo por dentro, que te está pasando algo y que necesitas ayuda. Mi novio fue a pedirles ayuda y le dijeron que entrara al baño, que estaba pegado a toda la gente de la sala de espera. Intimidad cero. Entonces pedí que me pasaran dentro, y entré a una sala compartida por otras tres chicas separadas con cortinillas. A los 10 minutos, vomité”, cuenta.

Sentí que era como una fábrica deshumanizada, que eso no debería existir de esa manera

“Vino una chica de la clínica que fue la que peor me trató, con un desdén y un desprecio increíbles. En mitad de mi angustia, le pregunté que qué pasaba, que si me las tenía que volver a tomar. La chica miró mi vómito con asco y desprecio, y me contestó: ‘Nah, da igual’. No me quiso decir cuánto tiempo iba a durar esa sensación, y se fue. Me quedé en la cama con unos temblores horribles, sintiendo que me estaba rompiendo por dentro. Así estuve una hora. Entré al baño que estaba pegado a mi cortinilla, seguí vomitando, tenía diarrea también”, explica.

Estos síntomas no se producen siempre, pero sí en un porcentaje significativo de los abortos que se realizan por el método farmacológico. Según el estudio de ACAI, un 18% de las usuarias afirma haber experimentado náuseas, un 13% vómitos, y un 10% diarreas y escalofríos. Además, en un 20,5% de los casos se producen complicaciones.

Helena entra en esos porcentajes. “Volví a la cama, seguí con los temblores y cada 20 minutos más o menos venían a ver qué tal estaba. Si te tocaba la mala, te miraba con desprecio. Luego vino otra mujer mucho más compasiva, que me preguntaba: ‘¿Qué tal, cariño, cómo estás?’. ‘Estoy fatal’, decía yo. Ella sí me dijo que en una hora o así se pasaba la sensación. Me ayudó un montón, porque ahí me sentía tan sola, tan nerviosa, oyendo ruidos de que iban entrando y saliendo chicas. Sentí que era como una fábrica deshumanizada, que eso no debería existir así de esa manera”, sostiene Helena.

Francisca García recalca que es “fundamental el acompañamiento a la mujer” por parte de los profesionales. “Hay que mostrarle empatía, cariño, porque tomar esa decisión es difícil, e ir al médico de por sí ya es difícil. Es muy importante que los médicos nos pongamos en su lugar”, defiende, y así lo recoge el Protocolo para la práctica sanitaria del aborto provocado publicado por ACAI en abril de 2019. “Hay que buscar el equilibrio entre dar toda la información y no asustar a la paciente, para que no se ponga nerviosa”, reflexiona. “Lo que le decimos a la mujer que se apoye en su decisión, en ella y en sus circunstancias”, señala.

CARLOS PINA
Helena

No fue esto lo que se encontró Helena. Quedó tan tocada por el trato recibido que, cuando acudió a la clínica 15 días después para hacerse una ecografía, se quejó en recepción. Le preguntaron quién le había hecho sentir tan mal y al describir a la enfermera, le respondieron “que la chica estaba empezando y que no se lo tuviera en cuenta”. “Me pidieron disculpas, pero la experiencia terrible ya me la había llevado. Si ya de por sí era duro, súmale la pastilla que te hace sentir que te mueres y súmale un trato pésimo”, lamenta. 

Finalmente, no denunció a la clínica, aunque sí se lo planteó: “Tenía tantas ganas de olvidarme que nunca llegué a hacerlo. Pero quizás sí debería haberlo hecho”. En Madrid hay seis clínicas concertadas acreditadas para realizar abortos, ya sean casos derivados de la Seguridad Social, de seguros privados o de mujeres que acuden allí por su cuenta. Al no gestionarlo directamente la Sanidad Pública, opina Helena, “lo estigmatizan más”. “Consiguen que sientas que estás haciendo algo ilegal o sucio, que tiene que estar a espaldas de la sociedad o que no se tiene que enterar nadie”, denuncia.  

Consiguen que sientas que estás haciendo algo ilegal o sucio

De su paso por la clínica, a Helena se le “quedaron grabadas varias imágenes”. “Mientras te estás sintiendo fatal con la pastilla, miras a tu alrededor y ves la lista de precios de cosas que en hacen en la clínica, como ‘embellecimiento de vulva’. Y dices: ’Joder, estoy en un sitio que hace negocio de cualquier cosa que necesite la mujer. No quiero; quiero estar en un sitio donde sienta que les importa el proceso por el que estoy pasando. No quiero que sea equiparable a un embellecimiento de labios mayores y menores”, se queja. 

Hubo algo más que se le quedó grabado a Helena. Una hora después de tomarse las pastillas empezó a encontrarse mejor, la sacaron de la sala, cogió un taxi con su pareja y se fueron a casa. “Me dijeron que iba a sangrar, pero no fue sólo eso”, avanza. “Cuando llegué a casa, estaba subiendo las escaleras y noté que algo caía… Fui al baño y lo vi: vi cómo caía lo que fuera que se estaba formando dentro de mi. Eso fue muy impactante, no se me olvida. Después de todo, este método me parece terrible”. 

Ni Marta ni Helena se arrepienten de haber abortado. “Primero sientes: ’Jo, he sido incapaz de dar una vida. ¿Por qué? ¿Porque no tenía el dinero suficiente? ¿Porque no tengo espacio suficiente en casa? ¿Porque no era con la persona adecuada?”, plantea Marta. Ella se quedó embarazada justo cuando su carrera profesional empezaba a despegar y la experiencia le ha hecho reflexionar mucho sobre sobre “el modelo social”. “Una persona por sí sola no se puede permitir lo que hoy día exige criar a un hijo. El día no tiene 52 horas como para poder dormir, criarlo, trabajar…”, reflexiona.

Ahora no tengo ningún tipo de dolor; dolor habría sido tener un hijo en ese momento

“Una vez ya hecho [el aborto], pensé que sí podría haberlo tenido, pero con otro modelo social. No hablo de una tribu tal cual, pero sí de otro modelo de crianza en el que yo hubiera podido seguir con mi vida sin dejar a un lado la profesión”, sostiene. A día de hoy no siente “ningún tipo de dolor; dolor habría sido tener un hijo en ese momento”. “No es algo de lo que me sienta orgullosa, pero tampoco me ha quedado un trauma”, zanja.

Helena tampoco lo recuerda como un trauma, pero reconoce que “sí te quedan secuelas”. “Ahora veo a los hijos de dos amigas mías que se quedaron embarazadas en esa época y no puedo evitar pensar que yo también tendría un niño o una niña de esa edad. Además no tengo pareja, y pienso: ’A ver si he perdido la oportunidad de mi vida de ser madre”, confiesa. Lo que tiene claro Helena es que “si hubiera seguido con el embarazo, ese niño habría nacido con unos padres separados y sin seguridad económica”. “Creo que nadie debe ir contra la libertad de tomar tus propias decisiones, por mucho que te queden secuelas”, defiende. “Esa libertad tiene que existir”.

La Ley del Aborto en España... y los que se niegan a aceptarla

Según la Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, aprobada en 2010, las españolas pueden interrumpir libremente su gestación hasta la semana 14 o por patología fetal o materna (física o psíquica) hasta la semana 22.

La legislación actual también contempla la posibilidad de interrumpir el embarazo más allá de la semana 22 “cuando exista una patología fetal incompatible con la vida, o cuando se detecte en el feto una enfermedad extremadamente grave e incurable en el momento del diagnóstico y así lo confirme un comité clínico”.

Aun así, sigue habiendo grupos antiabortistas en España que acuden periódicamente a algunas clínicas a hostigar a las mujeres que van a abortar. “Más de 8.000 mujeres” se han visto increpadas, insultadas, coaccionadas o amenazadas, denuncian desde ACAI. Ni Helena ni Marta vivieron esto, aunque sí fueron testigo de las acciones de trolls en foros en los que cuando una chica preguntaba algo sobre el aborto, le replicaban con comentarios del tipo ‘¿cómo puedes hacer esto?’ o ‘si Dios te ha dado esta vida la tienes que mantener’. 

NOTA ACLARATORIA DE ACAI:

“ACAI valora cada uno de los testimonios de las mujeres que acceden a la interrupción voluntaria del embarazo (IVE), entendiendo que cada caso es una vivencia condicionada por sus circunstancias personales, médicas y sanitarias.

En nuestro país, más de 90.000 mujeres interrumpen su gestación, siendo el aborto provocado una práctica sanitaria reconocida por nuestro Sistema Nacional de Salud y por tanto, legal, gratuita, segura y accesible, sujeta a protocolos definidos, publicados y consensuados internacionalmente, con una  tasa de morbimortalidad cercana a cero. Las IVE en nuestro país son realizadas mayoritariamente a través de un sistema de concertación en centros especializados, tal y como ocurre en muchos países europeos.

Los profesionales de los centros acreditados consideran que es la mujer quien, tras conocer las técnicas de IVE y valorar su situación médica, debe decidir qué método se ajusta mejor a sus circunstancias personales y sanitarias. Es decir, la mujer tiene derecho a decidir no solo si continúa o no con su gestación, sino también el método, farmacológico o instrumental, con el que quiere abortar en las primeras semanas de embarazo. Esta elección se toma tras ser informadas por los profesionales que las atienden y tras la firma de un consentimiento informado.

En el marco de los protocolos médicos con el que los centros de ACAI abordan las IVE, se contempla el acompañamiento a la mujer que interrumpe su gestación durante todo el proceso, procurando que esta práctica sanitaria sea no solo un proceso médico, sino también una experiencia íntima, acompañada y confidencial. En este sentido, los profesionales de ACAI trabajan día a día para que cualquier problema o dificultad indeseada que haya podido experimentar la mujer durante el proceso, como en el caso que nos ocupa, sea subsanada y ésta no se vuelva a repetirse”.

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