‘Cluster’, David vence a Goliat

Una obra diferente, que ofrece un emocionante retrato generacional de esos jóvenes adultos que siguen esperando su turno.
Escena de la obra ‘Cluster’.
Escena de la obra ‘Cluster’.

En un mes que estrenan grandes pesos pesados de la escena, llega Cluster de la pequeña compañía Exlímite a su sala en el distrito de Usera (Madrid) y se lleva la atención de la crítica. Tal vez el público que lea las reseñas podría pensar que es una salida de olla de los críticos. Que ya están con sus rarezas.

Sin embargo, todos aquellos a los que las críticas le sirvan de toque de atención y se decidan a divertirse, entendido como salirse del camino habitual que les dirige siempre al mismo teatro ya conocido, se llevarán una gran sorpresa. Se encontrarán con una historia coral que trata de hacer un emocionante retrato generacional de esos jóvenes adultos que siguen esperando su turno. Que vienen pidiendo paso, pero nadie se lo da, aunque se lo merezcan.

Este proyecto se lo merece, ya que se trata de una obra grande. Un proyecto ambicioso que va tras La Trilogía de los Dragones de Lepage, Saigon de Caroline Guiela Nguyen o El mal de la juventud de Ferdinand Bruckner. El tipo de producción que se permitiría un centro dramático o un gran festival de teatro.

No solo por la duración, de tres horas y media con intermedio. No solo por su elenco, uno de los más grandes y mejores de un teatro comercial o alternativo. Sus actores, a poco que tengan suerte, se colarían en series, películas y otras obras de teatro. Incluso a algunos se les ve el suficiente carisma para ocupar las parrillas del prime time o posicionarse en el elenco cooltural.

Un conjunto de actores que, a pesar de su especificidad, clave en un montaje como este, sabe hacer equipo. Viéndolos, la sensación de que son el clúster del título, es decir, una agrupación o un conglomerado, es muy fuerte. Un puñado de actores representando a su generación. Lo que les preocupa y les ocupa. Lo que les pasa a ellos y, como sociedad, pasa a todos sus contemporáneos independientemente de la edad.

Escena de la obra ‘Cluster’.
Escena de la obra ‘Cluster’.

¿Que qué les pasa? Les pasa la vida. Más bien se les pasa la vida y el arroz. Una vida de estudios. De parejas, sexo y soledades. De trabajos para los que ni están preparados ni les gustan. De algunas malas drogas, Y de mucho rocanrol, mejor dicho, mucha música que tiene a los cantautores, las folclóricas, el indie y Björk como referentes. En el que faltan, pero están ahí, la religión y la postura política (aunque sea la ausencia de ella).

Personas que deseando tener una vida propia enarbolan la bandera de la libertad individual. La de la falta de vínculos con el pasado, los padres y los que les antecedieron; el futuro, los hijos; y el presente, la amistad y el amor. Un camino construido con el deseo de ser quienes son. A los que poco ayudan las vías que tienen para saberlo.

No les ayudan los compañeros de clase. Menos los del curro. Tampoco los amigos. Por supuesto, no les ayudan las drogas, estas, como se puede ver, más bien los pervierten y los fijan en un tiempo, en un momento, de los que no les es posible salir. Menos la música que los acompaña y que les susurra cosas y les hace bailar. Y, cuando ya ni se encuentran, tampoco les ayuda la psicología de la (in)felicidad.

El motivo principal de ese nihilismo es la falta de vínculos. La incapacidad de vincularse a alguien o a una causa, excepto a su propia desgracia. Sí, son una panda de desgraciados, porque son puro deseo insatisfecho.

Viajan, leen, van al cine, salen, entran, se divierten. También trabajan, conocen gente, incluso gente a la que querer, pero nada les satisface. Tienen unas vidas plenas. Sin embargo, viven en precario, en la más absoluta precariedad laboral, económica y afectiva. Una incertidumbre que les causa ansiedad y melancolía.

Todo esto sucede en una escenografía bella, a pesar de estar construida con la funcionalidad que exige una obra que transita por distintos espacios y tiempos y por distintas temperaturas emocionales y emotivas. La obra transcurre entre un cuarto de residencia de estudiantes y un loft de pija; un bar de barrio para reunirse con los colegas y una terraza en la que declararse a tu chica; la consulta de un psicólogo y un aula.

Una escenografía que permite mover la atención del espectador, mediante acciones y proyecciones, que seguramente se hubieran beneficiado de un presupuesto menos ajustado. Incluso, sacarle metafóricamente del teatro y ponerle poéticamente la vida de los otros delante de los ojos. Sacarle a pasear por el mundo. No dejarlos encerrados y atrapados en el teatro como ocurría en La comedia sin título de Lorca.

Porque ese es el principal acierto del montaje, su poética. La que se debe a un texto elaborado por Fernando Delgado-Hierro, a partir del trabajo de laboratorio que ha hecho el elenco para preparar este espectáculo. La que se debe al concepto y la dirección de Juan Ceacero.

Ambos empeñados en mostrar, lejos de los datos o del teatro documental, lejos del reportaje periodístico. Ya que ellos y el elenco son artistas y trabajan el sentir y el iluminar. Dar (a) luz al misterio de vivir hoy, aquí y ahora.

Como todo misterio, inefable, imposible de ser contado, pero que sí puede ser compartido con otros. De ahí, la necesidad de hacerlo en teatro y convocar a la colectividad en esa pequeña sala para ver Cluster. A la que el boca-oreja, más que la crítica, hará que el poco público que cabe en la sala agote las entradas y peregrine hasta allí, lejos de todo, como se iba antes cuando era la Kubik de Fernando Sánchez-Cabezudo.