Dios reconocerá a los suyos

"Ante la fosa, la anciana contempla los huesos con emoción, con rabia y, también, con cansancio".
Dios reconocerá a los suyos.
Carlos Alejándrez "Otto"
Dios reconocerá a los suyos.

-¿Cuántos son, mi sargento?

-Cinco. Estas son las hojas de cargos.

El sargento deja caer en la mesa una gavilla de folios doblados que el furriel aparta a un lado sin mirar. Sabe que en ellos, tanto como las tropelías cometidas, pesan las delaciones anónimas, absurdas pruebas que constarán en los informes que debe rellenar.

-Si puede ser, mi sargento, pásenmelos de uno en uno.

El primero, chaparrete y escuálido, entra con la cara convertida en una llaga. Solo cuando dice su nombre, el furriel se fija en los rasgos que, a pesar de la hinchazón y los moratones, algo le recuerdan.

-Coño, tú eres paisano mío. De La Jara ¿verdad? Déjame pensar —y se llevó una mano a la sien—. Claro; te tengo visto en la taberna del Aguilucho, en Ventas.

-Puede ser —masculla el preso chiflando por los huecos donde hubo dientes—, pero me da que es un poco tarde para hacer amistad. De todos modos, gracias por fijarte, paisano.

-Toma, fúmate un cigarro en lo que tecleo, bolo, y descansa, que tampoco te van a dejar mucho.

Al percatarse de las manos magulladas, el furriel lía él mismo el pitillo y se lo pasa. El preso fuma con avidez, como si supiera que el tiempo se le está terminando

-Te voy a pedir un favor, jareño, ya que hemos compartido pitarra y lindes —y esboza un remedo de sonrisa—.

-No quieras liarme, tú —y eleva el tono—. Mira, yo tengo un deber y no me lo voy a saltar por uno al que he visto dos veces.

-Tranquilo, que ya sé que aquí no dan permisos. Cuando he estado escondido he escrito una carta a mi mujer. Entrégasela en el molino de Espinoso, por favor. Y dile que caí como un hombre. Miéntela, paisano —bajó la voz—. Y que no se ponga el luto, que será mejor que disimule.

-No te angusties, hombre, que en los molinos el luto dura poco —ironiza—.

-Quédate con esto, por las molestias.

Junto al papel arrugado le pasa un pequeño sello de oro y una alianza.

-Son buenos, eh, que me los compré para la boda. Di que te los encontraste y págate unos vinos con ellos. Y cuando cruces el Gévalo tira un canto al Charco Hondo. Es una costumbre que tengo desde zagal —masculla ruborizándose—.

- Leo —y bendice el aire con los folios— que te llevabas mal con los curas pero, ¿joder, también con los barbos? Por esto —y levanta la carta— estate tranquilo, bolo, que yo cumplo.

Acabado el trámite de la filiación, el furriel sale al patio a fumar. Palpa en su bolsillo los anillos y la carta. Se los pone, los abrillanta sobre el caqui del pantalón —¡encima me cuadran!— e, impasible, rompe el papel en minúsculos pedazos que aventa como paja de centeno.

-Furri, te está buscando el sargento. Ponte las trinchas y coge el mosquetón, que te vas a la tapia cagando hostias.

-¿Qué dices, chalado? Unos cojones voy a ir, que los cabos no fusilan. A ver si te enteras, tío.

-Hoy sí, macho, que Botafumeiro recibió dos botellas de orujo de su pueblo y se las ha ventilado del tirón.

-¡Puto borracho de los huevos! ¡Ya la ha liado otra vez!

-Pero de esta lo empapelan. El gilipollas ha vomitado en las botas del teniente, y ya sabes que ‘Mastín’ no se anda con chiquitas.

El recadero se marcha riendo al recordar la vomitona, mientras el furriel siente como la mandíbula se le desencaja, los ojos palpitan y el aire no llega a sus pulmones. El militar que lo enchufó se lo había dejado bien claro a su padre:

-A tu chaval lo hago cabo furriel, lo pongo en un despacho y no pega un tiro en toda la puta guerra, que tampoco nos sobra gente que sepa escribir y las reglas. Y qué coño, ¿quién dice que de chupatintas no puede forjarse una vida de uniforme? Que el chico es avispado y formal.

Y así había sido hasta ese momento, cuando ya la guerra es un recuerdo que se desdibuja y los desgraciados a los que van a dar el paseo no son más que hilachas desprendidas de un espantapájaros.

Nervioso, se presenta ante el sargento con las trinchas mal puestas y el fusil a la bartola. Ni siquiera es capaz de saludar correctamente con el arma.

-Mi sargento, que yo no puedo ir, que las ordenanzas dicen…

-¿Las ordenanzas? Las ordenanzas me las paso yo por el forro cuando hay que cumplir una misión. Tú vienes y haces lo que se te diga, que esto es el ejército, capullo, no un salón de té.

Sube a la cabina del camión el teniente. A la caja, el sargento, el furriel y tres soldados. Los dos condenados están al fondo, tan maltrechos que ni siquiera reaccionan al ruido de las botas sobre los tablones cuando el pelotón se acomoda. En la penumbra, el furriel reconoce a su paisano en el momento en que este le pregunta:

-¿Tú aquí? ¿Y mi carta?

-¡A callar! —ruge el sargento—. Si queréis decir algo, rezad, que buena falta os va a hacer.

-Apunten…

-¡No!

La voz del furriel estalla al tiempo que abandona la formación de un salto y arroja el mosquetón a la zanja. El chasquido del cerrojo al caer delata que ni siquiera estaba cerrada la recámara. El sargento pasa del asombro a la furia en un instante.

-¡Pelotón! ¡Firmes… Ar! ¡Bajad los fusiles, hostias! ¿A ti qué cojones te ocurre, payaso?

-Es que no puedo, mi sargento. Yo no puedo matar a alguien desarmado, y menos a un paisano, compréndame. Yo soy furriel —dice entre jadeos de súplica—.

-Tú eres un soldado, memo, o deberías serlo. No te busques la ruina y vuelve a formar.

-¿Qué ocurre aquí, sargento? —El teniente Martín, agrandado por la luz de los focos, se acerca a la escena con tranquilidad, con indiferencia, como si no oliera tanto sudor de miedo—.

-A sus órdenes, mi teniente. El furriel, que tiene remilgos y no quiere matar rojos.

-Ya —el teniente se encara con el lloroso—. Esto es muy sencillo, chaval. Aquí solo hay un pelotón de fusilamiento —y apunta a la tapia— y dos reos. Tú decides dónde te pones.

-Es que yo… mi teniente… —los mocos apenas le permiten hablar—. Es que a mi padre le dijeron que no tendría que disparar…

-A mí me importa una mierda lo que le dijeran a tu padre. Elige ya: o en el pelotón o en la tapia.

-¿Pero no ve que no puedo, mi teniente? Alívieme, por caridad. Pídame lo que quiera, pero matar no, mi teniente…

-Sargento, fusile a este desertor con los otros. Coja usted el mosquetón e incorpórese a la escuadra. Yo daré la orden. Y no se preocupe, que mañana ya lo cuadraremos. Y que este hijoputa se quede en la fosa, que donde caben dos perros caben tres.

Jareño, que bien sabe del carácter de Martín, se agarra a una última esperanza.

-Al menos, déjeme confesarme, mi teniente.

-No me vengas con pamplinas. Dios reconocerá a los suyos. Vamos, coño, que va a llover y ya estamos tardando.

Cuando el guiñapo que fue furriel se coloca entre los dos infelices, su paisano, con un hilo de voz, le espeta:

-¿Y mi carta?

Ante la fosa, la anciana contempla los huesos con emoción, con rabia y, también, con cansancio.

-Es mi padre. Estoy segura, hija. Y estos —dijo acariciándolos— son los anillos de los que mi madre, que en gloria esté, me habló cien veces. Pero, ya ves, yo a padre no lo recordaba tan alto, si hasta le costaba ordeñar los olivos.

-Debe de ser que con la humedad de la tumba se crece, madre.

Películas imprescindibles sobre la Guerra Civil española