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17/11/2019 10:11 CET | Actualizado 17/11/2019 10:11 CET

'La cantina' y 'Pasos perdidos' o recuperar las sensaciones perdidas

Una fiesta que celebra el hecho de estar vivo. En el que se nos invita a tocarnos y a tocar al que tenemos al lado. Para hacernos ver que somos cuerpo.

El elenco de ‘La cantina’ de Teatro en el Aire.

La llegada a la cartelera de La cantina y Pasos perdidos coloca a la compañía Teatro en el Aire y a su directora, Lidia Rodríguez Correa, en el punto de mira. Es esta una pequeña gran compañía desconocida para los públicos masivos puesto que sus montajes están hechos para un número pequeño de espectadores y, donde otros tienen que echar paletadas de dinero, ellas echan paletadas de imaginación y sensibilidad. Así como mucho conocimiento teatral, con el que consiguen conmover al espectador. Para hacerle recuperar sensaciones perdidas y una comunión con el otro. Con ese desconocido o desconocida que se tiene al lado cuando, como suelen hacer los críticos, van solos a ver un espectáculo.

La cantina se ha podido ver dentro del Festival Pendientes de un Hilo. Uno de esos pequeños festivales escondidos en pequeñas salas como es, esta vez, en el Teatro Pradillo (fundamentalmente, pues ha habido programación en otros centros). En la cola, esperando a entrar, la grata sorpresa de gente fundamentalmente joven. Difícil de calificar o adscribir a un partido o a una corriente o a una tendencia o a una orientación sexual. Tal vez, pertenezcan al informal club de fans de esta compañía al que es imposible identificar hasta que no se encuentra uno con ellos en la cola y en la sala. Ya que pueden ser desde tu vecina a un moderno lleno de piercings y tatuajes.

La espera les va a merecer la pena. Algo bueno que anuncia ese comienzo en penumbra, al estilo de los ritos sincréticos de San Juan Chamula en México, donde se convoca a la muerte, a los muertos y a los asistentes a la mesa. Una mesa decorada con sus calaveritas donde se comerá guacamole y se beberá por todos aquellos que se fueron y los que nos vamos a ir. Y se celebrará y cantará a la vida, esa vida que nos llevará a la muerte, lo único cierto que tenemos mientras vivimos. Y se nos invitará a no pasar del NIF al RIP, como hace uno de los muchos personajes que son invitados a la mesa de la cantina.

La cantina es, en definitiva, una fiesta. Una fiesta que celebra el hecho de estar vivo. En el que se nos invita a tocarnos y a tocar al que tenemos al lado. Para hacernos ver que somos cuerpo. Y una vez que nos han hecho conscientes de lo corporal, nos van llenando de espíritu. De alma. Y, haciendo al espectador consciente de que es cuerpo y es alma, le provoca, si ha ido en pareja, que se abracen y se besen, celebrando la fortuna de estar vivos y juntos. De sentirse y sentir al otro.

Pasos perdidos, que se puede ver en Nave 73 viernes y sábados durante todo noviembre es una obra con la que pretenden hacer que el público empatice con esa oleada de emigrantes que llega a los países occidentales. Seres humanos como nosotros que abandonando a sus seres queridos, a la familia y a los amigos, se embarcan en una peligrosa aventura, llena de riesgos, para conseguir un mínimo de derechos y condiciones que les asegure la vida. Una vida de necesidades básicas cubiertas, y, si les llega, poder cubrir las necesidades básicas de los que dejaron allí.

Con esta obra, Teatro en el Aire no consigue su objetivo empático o lo consigue a medias. Cuesta explicarse el motivo habiendo visto sus trabajos anteriores. Tal vez se deba a que no es la inmigración de lo que hablan, sino de los migrantes. El haber elegido como material de trabajo a seres humanos y esos seres humanos, convertidos en personajes, se rebelan de alguna manera con el corsé en el que se les ha encerrado. Quizás, porque se han creado arquetipos a partir de pedazos de historias reales para tratar de tocar y recoger muchas de las piezas de este puzle humano. 

Una fiesta que celebra el hecho de estar vivo. En el que se nos invita a tocarnos y a tocar al que tenemos al lado. Para hacernos ver que somos cuerpo.

Sin embargo, el espectáculo sigue ofreciendo las suficientes escenas, las que han sido más trabajadas desde el sentir y el compartir del que se hablaba al principio, como para iniciarse en Teatro en el Aire o para hacer más corta la espera de la reposición en diciembre de La cantina en la La Juan Gallery. Y, los sábados, además, ofrece un coloquio tras la función para debatir, más que del espectáculo, el gran tema que tanto ha condicionado y está condicionando los resultados de las elecciones en España, Europa y las democracias en general. 

Un mundo, el de las ricas democracias occidentales, lleno de educación y cultura que pone muy en duda que estas sirvan para algo. O, que si sirven, lo hacen para crear muros y fronteras construidos con la frialdad burocrática de los mapas políticos. Para crear diferencias. Una diferencia que no ve, ni entiende la Naturaleza, pues las catástrofes naturales afectan por igual a blancos y negros, a europeos que a asiáticos, independientemente del pasaporte. 

Una Naturaleza que nos recuerda que somos iguales, por ejemplo, ante una gota fría o ante una ola de calor. Que nuestro cuerpo humano, aquí o en Hong Kong, es igual de vulnerable al virus de la gripe y agradece, en la noche fría de nuestra soledad, la charla con otros alrededor de los recuerdos que trae una pobre taza de sopa caliente. El calor humano, su olor, su aliento. Y una melancólica canción, que venida de lejos, traída por estos emigrantes, hace palpitar el corazón.

 

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