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03/03/2021 07:13 CET | Actualizado 03/03/2021 07:13 CET

La España camisa blanca de Rosario Izquierdo

Hay en la autora una voz que es capaz de penetrar en los tiempos y en acontecimientos para dotarlos de vida.

Bárbara Arrante / Editorial Comba
La autora Rosario Izquierdo.

Hay algo en la literatura de Rosario Izquierdo que me lleva al lector más profundo que habita en mí. Ese al que en los últimos tiempos cada vez le cuesta más encontrar novelas que le remuevan las tripas, casi devastada su curiosidad por tanta literatura del yo y por tanto panfleto revestido, o mejor dicho disfrazado, de literatura. Hay en la autora una voz que es capaz de penetrar en los tiempos y en acontecimientos para dotarlos de vida. Supongo que en eso consiste la fuerza de narrar. Y ello no supone, al contrario, una renuncia al compromiso que nadie, tampoco un autor o una autora, puede dejar en la entrada de la casa, como cuando nos quitamos los zapatos para no ensuciar el hogar con el polvo de la calle.

Ese latido que tiene que ver con el corazón de las convicciones es palpable en sus anteriores novelas, Cuaderno de campo y El hijo zurdo, en las que existe un hilo que las hilvana próximas: las mujeres en permanente batalla, las más necesitadas y vulnerables que casi nunca son miradas por el feminismo académico e institucional, las madres imperfectas, las que se encuentran y se apoyan en un ejercicio de sororidad del que tanto deberíamos aprender en estos tiempos de trincheras. Y todo ello, Rosario Izquierdo nos los transmite sin necesidad de un coger un altavoz y lanzarnos dogmas, sino con el tacto exquisito y honda de quien al narrar nos hace empatizar con unos personajes que son espejo y ventana.

Rosario Izquierdo nos los transmite con el tacto exquisito de quien al narrar nos hace empatizar con unos personajes

Esas características siguen estando presentes en su recién publicada Lejana y rosa, que toma su título de un verso de Juan Ramón Jiménez, y en la que la autora vuelve al territorio de su memoria para, como nos suele pasar siempre a quienes escribimos, hablar de ella misma, de sus inquietudes, de sus desórdenes, de sus interrogantes, de sus zozobras personales y colectivas. A través del personaje de Carmela, de nuevo una mujer que no deja de equivocarse en la búsqueda de su habitación propia, volvemos a varios momentos del pasado. Del más remoto, que casi no está en los libros de historia, al más reciente, que ya muchos hemos vivido, pasando por un presente desmemoriado y huérfano de esperanzas.

Una vez más, encontramos en la novela el pulso social, una mirada, hoy tan poco valorada, que tiene que ver con los sesgos de clase y la necesidad de atar cabos a través de distintas generaciones de mujeres que, como si fueran fotogramas de varias películas, nos cuentan historias que apenas si estuvieron en las notas a pie de página. 

La historia de Carmela, en este contexto que nos lleva a la Huelva natal de la autora, a los tiempos de la explotación minera por los británicos, a un paisaje casi lunar de metales y bosques desangelados, tiene mucho que ver con cada uno de nosotros y, sobre todo, entiendo, tiene que ver con la de este país nuestro. Al menos esa es la clave en que este lector ha digerido los vaivenes, las fallas, las tensiones y las miserias, pero también los pequeñas conquistas, las decisiones osadas, a las que asistimos en los distintos tiempos que se desarrolla la novela.

La emoción del deseo, el desencanto que frustra, la imposibilidad de las utopías, las heridas sin cerrar, los ojos masculinos y los femeninos. Tan cerca y tan lejos. El orden y los desórdenes que pueblan nuestros días. Y todo ello, de manera colectiva, en un país que en su momento identificamos, con Blas de Otero, con una camisa blanca de esperanza. El de la libertad sin ira, el de los pactos de silencio, el de los consensos perversos. Las buenas intenciones de los comienzos, el postureo, los trueques, el escepticismo.

He visto en Carmela, en su historia de bamboleos y balanzas con frecuencia desnortadas, la historia de este nuestro país

De alguna manera, he visto en Carmela, en su historia de bamboleos y balanzas con frecuencia desnortadas, la historia de este nuestro país. De esta forma, en Lejana y rosa no solo se nos habla de un lugar específico, o de unas épocas entrelazadas, sino de toda una concepción de lo que hemos sido y de cómo nos miramos en el presente. Perdida la inocencia, manchado el blanco: “el blanco cada vez más sucio de aquel país inocente que tampoco ya existe”. Y en Carmela, claro, muchas Carmelas, recogiendo el testigo de las abuelas y de las madres, atrapadas en muchos casos entre silencios masculinos, obligadas a ser heroínas sin tener voluntad de serlo. Las mujeres de pueblo, las que se iban a la capital para estudiar, las que empezaron a rebelarse contra los artículos del Código civil, las que al fin fueron capaces de olvidar al novio del instituto.

La última novela de Rosario Izquierdo, en fin, me hace pensar en cómo habría tejido Zenobia Camprubí un ajuar con los versos de Juan Ramón. La voz de una mujer como Zenobia, educadora en Huelva de niños en los márgenes, es el otro eslabón que le pasa el testigo a las madres de luto, a las abuelas que conversan abanicándose con fuerza, a las extranjeras que no tuvieron más remedio que lanzarse al vacío. Lejana y rosa es también, ahora me doy cuenta, una novela sobre la extranjería de las mujeres. Siempre a la búsqueda, como Carmela, de un álbum en el que vívidos conviven los rojos, los verdes, los amarillos, azules y rosados.  La camisa blanca de la esperanza ligeramente teñida de violeta.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog del autor.

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