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06/10/2019 13:51 CEST | Actualizado 06/10/2019 13:51 CEST

La noche se apaga sobre nuestros cuerpos

Pasados los años, nadie volverá a preguntar por nosotros.

solarseven via Getty Images

Alguien contó azules los días que nos esperaban. Nos advirtió, con el fuego entre las mandíbulas, que no hay nada peor que huir de uno mismo y no hallar respuestas. Que no hay nada más infame que crear una imagen deformada del ser, con el fin de poder justificar las atrocidades a las que el ser humano puede someter a sus iguales. Buscar una razón para mostrar la mayor crueldad del mundo a la que somos capaces de aspirar.

Joseph Goebbels también era un ciudadano ejemplar. Después de una larga jornada de trabajo, llegaba a casa. Abrazaba a su mujer. Amaba a sus hijos. Solía leer a los grandes filósofos alemanes. Escuchaba la exquisita textura de la música que emanaba de las comisuras del alma de Wagner. Saludaba a sus vecinos desde el jardín, mientras inclinaba su cuerpecito de pan con leche para recoger el periódico del día. 

Alguien contó azules los días que habitamos y convertidos en el hombre aquel donde poder acallar ese dolor que sobre el cuerpo nos atormenta, atravesó la ciudad en llamas para advertirnos que, si nuestros muertos se levantasen para admirar el mundo que habían construido sus hijos, no debían de sentir la vergüenza de lo que habían edificado sobre los restos de sus tumbas. 

Es la certeza de saber que somos memoria, pasado imperfecto, barcos que naufragan en mitad de la madrugada, implorando el perdón de unos dioses que no existen.

Y sí, Joseph Goebbels también era un ciudadano ejemplar, y los mares regresaban, una y otra vez, a su cita puntual. El cielo caía inevitablemente sobre el mundo y los hombres se hallaban inmersos en su cólera, avanzando entre las calles, como un día cualquiera, subiendo por las grietas de un pecho, trepando hasta llegar al exacto ángulo del dolor, como la materia, como el pez, como el fin de los días cuando anuncias con tus labios, al borde del caos, mi nombre. Y ya pasados los años, nadie volverá a preguntar por nosotros. Es la certeza de saber que somos memoria, pasado imperfecto, barcos que naufragan en mitad de la madrugada, implorando el perdón de unos dioses que no existen.

Ahora, en casa, cuando la noche se apaga sobre nuestros cuerpos, solos hallamos la respuesta: combatir contra cada uno de nuestros miedos. No defraudarse ante uno mismo. No ser el pasto lascivo con el que poder saciar nuestra propia sed. No convertirnos en un Joseph Goebbels. Afrontar el dolor como lo afronta un héroe anónimo: en silencio, con humildad, hasta dejarnos la piel. Hasta que nuestro sudor, como decía el poeta, sea la bandera del vecino de enfrente.

Saber que tú, amor, existes, anunciándote entre cada una de las fisuras de mis labios, sin tregua, como una flor que crece al borde del abismo, para confesarme que todo en este mundo nos duele, excepto el silencio de pensarte; que todo en este mundo nos sobra, excepto cuando acabo anclado en el tórrido cielo de tu boca. 


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