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21/03/2019 07:21 CET | Actualizado 21/03/2019 09:52 CET

Llamamiento a la equidad

Getty Images

Hoy, Día Mundial del Síndrome de Down, quiero empezar estas líneas con una reflexión optimista: creo que la discapacidad está evolucionando en su percepción social.  Celebro que cada vez hay más familias y más personas con discapacidad que no tienen miedo a mostrarse tal como son y que encuentran una respuesta positiva por parte de la sociedad.

Estamos saliendo del reducto en el que estábamos confinados. En parte gracias a las redes sociales, a la acción del tejido asociativo o a la propia evolución de la opinión pública. Y aunque los cambios se producen muy lentamente, ya no hay vuelta atrás: la diversidad y la inclusión se imponen de forma natural.

Hemos iniciado un camino irreversible; ahora bien, aún estamos muy lejos del ideal de normalización. Y aquí empieza la otra cara de la moneda: las personas con síndrome de Down seguimos siendo mal recibidas, incluso invisibles, en muchas esferas sociales. La discapacidad intelectual aún no es fácil de encajar en nuestro mundo. Todo empieza en las edades más tempranas. Hay voluntad de que tengamos presencia en las aulas, pero no va acompañada de un esfuerzo real. ¿De qué sirve que en una clase haya niños con síndrome de Down si el centro educativo no cuenta con personal formado para apoyar nuestra inclusión? Una mayor atención temprana supondría una inversión que reduciría nuestra dependencia en el futuro: necesitamos más profesionales que sepan integrar la discapacidad en el sistema educativo.

¿Por qué lucho por cambiar esta situación? Lo hago porque estoy convencido de que la discapacidad intelectual es una fuente de riqueza y no un obstáculo.

Y seguimos. Cuando finalizamos la enseñanza obligatoria -si es que lo hacemos- nos encontramos con la ausencia de alternativas formativas reales: los Centros Especiales de Empleo terminan por convertirse en nuestra única opción. La misión social de estos centros es incuestionable, pero se están convirtiendo en la norma en lugar de ser la excepción. Tras casi una década trabajando con empresas estoy convencido de que es en las mismas donde se produce la inclusión en su máximo exponente. Donde las personas con discapacidad superamos el aislamiento para ser un trabajador más. Donde verdaderamente podemos hablar de convivencia y sentirnos parte activa de la sociedad.

Desafortunadamente, hoy por hoy siguen existiendo muchas barreras que dificultan e impiden nuestra penetración en las empresas ordinarias: la sobreprotección familiar, el desconocimiento o esos prejuicios que pesan como losas.

Como cualquier persona, contamos con valores, competenciales y humanos, que nos convierten en trabajadores igualmente válidos, si se nos trata con equidad.

¿Por qué lucho por cambiar esta situación? No sólo porque tengo síndrome de Down o por una cuestión de humanidad. Lo hago porque estoy convencido de que la discapacidad intelectual es una fuente de riqueza y no un obstáculo. Como cualquier persona, contamos con valores, competenciales y humanos, que nos convierten en trabajadores igualmente válidos, si se nos trata con equidad. ¡Sí!, la equidad debe ser nuestra próxima conquista social. Ya no vale el “café para todos”. Ha llegado el momento de contemplar a la persona como un sujeto único, con sus cualidades, sus necesidades y su talento.  Pues solo así extraeremos lo mejor de cada profesional y alcanzaremos los mejores resultados.

Mi llamamiento es precisamente a la equidad y también a la empatía. En los entornos educativos, en las empresas, en cualquier ámbito social. Pues son las herramientas más certeras para que la inclusión se produzca con garantías, para que podamos llamarnos una sociedad inclusiva, que es sinónimo de competitiva.

 

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