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28/06/2019 12:10 CEST

Qué ha hecho bien 'La Casa de Papel' para convertirse en la serie de habla no inglesa más vista de la historia de Netflix

El Profesor, Denver, Berlín y otros de sus protagonistas explican las claves de este fenómeno.

Netflix

De despedirse de Antena 3 rondando los dos millones de espectadores a ser un fenómeno mundial. La Casa de Papel se ha convertido en la serie de habla no inglesa más vista de la historia de Netflix. Es también la que más maratones acumula y la primera producción española en conseguir un Emmy internacional.

La serie creada por Álex Pina arrancó como el mejor estreno de ficción en los últimos dos años cuando se programó por primera vez en mayo de 2017 en la cadena de Atresmedia. Y de ese público exponencial de tres millones de espectadores ha dado el salto a 190 países y ha arrasado. Netflix todavía no ha estrenado su tercera temporada (lo hará el 19 de julio), pero ya ha confirmado que está rodando la cuarta. Así ha conseguido levantar tanta pasión según las declaraciones de los actores a El HuffPost:

Han logrado convertir a los malos en los buenos

Son malos sólo porque hacen “algo que está fuera de la ley”, apunta Jaime Lorente (Denver), pero el espectador empatiza con cada uno de los personajes. Todos tienen un rango social diferente y “en este momento revolucionario, todo lo que vaya en contra del poder hace que la gente se sume”, entiende. Aunque hay que reconocerlo, los malos siempre han sido más atractivos, y mucho más para un actor. Para ellos, interpretar a un villano es tomarse la licencia de cometer inmoralidades que en la vida real están prohibidas. “Aquí te quitas las ganas. ¿Quién quiere ser Peter Pan? Yo quiero ser Garfio”, dice Rodrigo de la Serna, una de las nuevas incorporaciones. Además, al delito se le busca “una justificación ética”, según Álvaro Morte (El Profesor): “No estamos robando por robar, estamos robando a un ladrón”. Es la historia de Robin Hood.

La resistencia

Es lo que simboliza a la banda de La Casa de Papel y lo que conecta con la idea de que ahora los malos son los buenos. La gente lo entiende, según dice Esther Acebo (Mónica Gaztambide), como una forma de rebelión contra el poder opresor, y aunque lo que hacen esté establecido como algo malo, se acaba justificando. Porque, en palabras de Morte, “todos nos hemos sentido alguna vez como esa persona indefensa que no tiene capacidad para luchar contra algo grande”. Y eso es precisamente lo que hace que sea más fácil que el espectador empatice.

Delincuentes, pero humanos: lo que cambia es “el paradigma de ver a las personas”

A pesar de ser delincuentes, relata Najwa Nimri —otro de los fichajes de la tercera temporada—, son personajes a querer, no a odiar. De hecho, “lo complejo de un villano es darle humanidad. Ahí es donde a todo el mundo le saltan las alarmas, cuando tienes que demostrar que un villano también tiene corazón”. Según la actriz, la cantidad de información y de tecnología que nos rodea nos está permitiendo comprobar que “todo el mundo tiene un reverso oscuro” y que nada es tan lineal. “Lo que está cambiando es el paradigma de ver a las personas”, explica. De la misma forma que en las ficciones de ahora las muertes son inminentes y el personaje favorito puede caer en cualquier momento (antes los buenos siempre sobrevivían), “sabemos que el bueno no es tan bueno, que el malo no es tan malo, que la guapa no es tan guapa y que el tonto no es tan tonto”.

Aunque, quizás, los malos nunca han sido los ladrones

¿El malo es El profesor? No. En La Casa de Papel, el malo es el sistema financiero vigente, “perverso, que empuja a la pobreza y la miseria a montones de personas para el encumbramiento de unos pocos”, explica de la Serna.

Es “un golpe al corazón del sistema”

De hecho, como dice el actor argentino, es lo mismo que se ha hecho siempre en las películas de atracos perfectos, un género en sí mismo. Apuntar directamente al sistema financiero. Y esta historia “es un golpe al corazón del sistema”.

El héroe es el empollón

Y en la serie de Netflix, por primera vez, el protagonista es el empollón, “un tío con gafas”, explica Nimri. Él es el que maneja a todos los prototipos a los que representa cada uno de los personajes.

Si no te identificas con esos personajes, lo haces con sus emociones

Tiene unos personajes con los que te puedes identificar. Vale, quizás no de manera directa —a pesar de que cada uno es un prototipo y representa a un rango social—, pero sí “con las pasiones que les mueven”, según El profesor.

El equilibrio

La Casa de Papel encuentra la armonía entre acción, drama, comedia, romanticismo y sensibilidad.

La iconografía

Es, sin duda, uno de sus puntos fuertes, por no decir su gran baza, y lo que ha hecho reconocible a la serie en todo el mundo. Su parte icónica: las caretas, el mono rojo, Bella Ciao.

Un frente común contra lo estadounidense

Por eso, la gente de Italia o de Francia, indica Pedro Alonso (Berlín), habla de la serie como si fuera algo compartido “y común frente a un modelo estadounidense de ficción: estamos viviendo cómo se está derrumbando un muro. Y son de los nuestros. Hay una corriente latina que compite contra el Goliath de turno”.

Y todo esto significa ALGO

“Hay una crisis de referencias en toda la sociedad occidental. Todos los protagonistas de las series de los últimos diez años son antihéroes, y esto tiene que significar algo. Antes el modelo a seguir era claro. Pasaba esto y tenías que resolverlo según tu referencia moral. Ahora se convierte en ‘qué somos, dónde estamos, qué hacemos con esto’. El mundo está moviendo el eje”, explica Pedro Alonso.  

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