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22/03/2019 07:00 CET

Vía libre: disparen al activista

Luisa Gonzalez / Reuters
Una protesta en Colombia por las muertes de activistas de los derechos humanos. 

El activismo de derechos humanos se está convirtiendo en los últimos tiempos en una actividad de riesgo, en la que la vida de los activistas se pone realmente en peligro en ciertas partes del mundo. Y, lamentablemente, la Unión Europea mira hacia otro lado demasiadas veces porque de lo contrario se debería enemistar con países con los que tiene intereses económicos y comerciales.

El último informe de Front Line Defenders (FLD) arroja una cifra aterradora: 321 defensores de los Derechos Humanos fueron asesinados en 2018, Colombia acumula la mitad de esa cifra, 127 casos, seguida de México, Filipinas, Guatemala, Brasil e India. Lejos de lo que se pudiera pensar, la mayoría de estas muertes tienen que ver con la defensa de la tierra, los pueblos indígenas y el medio ambiente.

Aunque bien es cierto que lo escalofriante es la cifra de muertos (que recoge FLD, aunque con toda seguridad son muchos más que esos 321), los activistas de derechos humanos están sometidos a detenciones arbitrarias y arrestos, persecución legal, amenazas, difamaciones, agresiones, asaltos, desapariciones, torturas y también violencia sexual.

Los casos de los regímenes de Arabia Saudí, Egipto o China son especialmente preocupantes por el nivel de violencia, pero también por la indecente tolerancia de la Unión Europea. Defender los derechos humanos en más de la mitad del mundo conlleva riesgo cierto para la vida y/o para la integridad personal. Y lo peor es que decidimos mirar hacia otra parte. Deliberadamente.

Hace tiempo que disparar al activista es para algunos gobiernos el nuevo deporte nacional, el nuevo divertimento.

Las activistas Loujain al-Hathloul, Eman al-Nafjan y Aziza al-Yousef, que consiguieron que las mujeres pudieran conducir en Arabia Saudí, han sido condenadas al repudio y al señalamiento en su país, amén de estar detenidas y sin visos de liberación. Pero ya no se habla de ellas desde que en junio del pasado año se consiguiera para las mujeres ese derecho en ese país, aunque les haya costado a ellas la libertad. Y no se habla porque en realidad no importa: asistimos a una instrumentalización de los defensores de derechos humanos, usados por los gobiernos de turno como arma arrojadiza contra otros países o como intento de blanquear otras cuestiones en los países propios, pero los mismos activistas son rápidamente olvidados cuando pasa la ola, cuando esa injusticia deja de interesar. Hace tiempo que el activismo en materia de derechos humanos es una actividad ciertamente de alto riesgo, y por ello precisamente imprescindible y necesaria.

Quiero alertar del riesgo que supone silenciar o instrumentalizar a los activistas de derechos humanos; riesgo para las libertades y riesgo para el progreso de la humanidad. En este preciso momento, en este instante en el que leen esta tribuna, hay cientos de activistas sometidos a torturas, asesinados o perseguidos por el mero hecho de denunciar violaciones de derechos humanos, por enfrentarse a sus gobiernos, por no callar ante las injusticias.

Hace tiempo que disparar al activista es para algunos gobiernos el nuevo deporte nacional, el nuevo divertimento. Y hace también demasiado tiempo que demasiados países callan ante este nuevo deporte. Es obligación de los medios de comunicación, de las ONGs y de la ciudadanía en su conjunto tomar conciencia de esta silenciada realidad. El activismo en derechos humanos es más que una foto fija, que un titular, que un caso concreto; es, en cambio, un compromiso con la sociedad, una promesa con uno mismo de no callar ante las injusticias, a pesar (o sobre todo) por las consecuencias que de ello pudieran derivarse. Es tiempo de reafirmarnos en nuestra humanidad, no de silenciarla.

 

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