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22/03/2019 07:00 CET | Actualizado 22/03/2019 07:00 CET

Vivir con TDAH te hace sentir que fracasas al buscar una vida normal

Lucy Hall

Parte del título de este post lo he sacado de una charla TED de Jessica McCabe que vi a finales del año pasado. Cada vez tenía más sospechas de que padecía TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) sin diagnosticar y después de verla, me quedó claro.

La confirmación llegó cinco meses después, cuando por fin me citaron con un especialista, que me dijo con una expresión simpática y agradable que estaba claro que tenía TDAH: “Estás en el percentil 98, llevo contigo 90 minutos y no has dejado de moverte”. Me reí porque, ¿qué otra cosa podía hacer?

Luego regresé a casa y volví a ver la charla TED con mis padres. Después, con una mezcla de alivio por conocer mi diagnóstico y estrés por todo lo que había tenido que soportar sin saber por qué, me eché a llorar.

El TDAH no solo recibe mala fama, sino que es un tipo muy específico de mala fama. Las imágenes de niños problemáticos al fondo de las aulas imponen ciertas connotaciones; no es algo que se suela asociar a las niñas. En secundaria, me mandaban al pasillo casi todas las semanas por hablar demasiado. En primaria, todos mis boletines de notas destacaban lo mucho que me distraía. No obstante, sacaba buenas notas y, aunque no dejaba de meterme en estos pequeños problemillas, no me portaba mal. Al contrario de lo que se suele pensar, el TDAH no me impedía rendir bien. Si acaso, la creatividad que viene con el trastorno me ayudó a desarrollar el don de la escritura y a sobresalir en asignaturas como Literatura e Historia.

En secundaria, me mandaban al pasillo casi todas las semanas por hablar demasiado. En primaria, todos mis boletines de notas destacaban lo mucho que me distraía.

La universidad fue más difícil. Sentarme durante horas en una biblioteca no me funcionaba y, aunque lo hice lo suficientemente bien, en ningún momento me deshice de la persistente sensación de que no estaba aprovechando todo mi potencial. Me forzaba a mí misma a aceptar que no había trabajado lo suficiente. En cierto modo, era cierto, pero si hubiera sabido lo que sé ahora, quizás habría adoptado otro enfoque. Un cerebro con TDAH necesita estímulos para concentrarse. A menudo mis mejores ideas surgen cuando estoy en movimiento. Mientras escribo esto, no paro de cambiar de posición y probablemente me levante para hacerme un té dentro de un minuto porque sí, aunque acabo de tomarme uno. Aunque sacar una media de notable en vez de sobresaliente apenas fue motivo de preocupación, mi salud mental se empezó a resentir más y más y fue después de mi vida universitaria cuando el TDAH de verdad tomó el control.

Lo que la mayoría de la gente no sabe sobre el TDAH es que sus efectos van mucho más allá de ser una persona inquieta o distraída. Es un trastorno de un cerebro que se ha desarrollado de forma diferente en su estructura, en su función y en su química. La sensibilidad emocional de una persona con TDAH es muchísimo mayor de lo que jamás consideré en mí misma; los bajones y las frustraciones intensas que sufría periódicamente me hicieron creer que tenía trastorno bipolar (la prueba dio negativo).

Con 24 años, recurrí desesperadamente a los antidepresivos. Si dedicaba toda mi atención a pensar en retrospectiva, era evidente que no estaba deprimida. Soy demasiado optimista. Fui a ver a terapeutas y ninguno de ellos logró llegar en realidad al fondo del problema. Perdía mis cosas constantemente y rompía objetos con movimientos enérgicos e irreflexivos, gastaba demasiado dinero, actuaba impulsivamente en situaciones que requerían de algo más de consideración y cada vez me sentía más frustrada conmigo misma. Mientras todos maduraban, se hacían adultos, se emancipaban y pagaban sus facturas, yo me sentía cada vez más aislada. Hasta que no cumplí los 26 y me mudé a Berlín para trabajar en una redacción de noticias no me sugirieron que tal vez tuviera TDAH. Resulta que en una oficina es una distracción que alguien tenga que moverse para pensar.

Investigar sobre el TDAH me hizo ver lo que llevaba tiempo esperando y me encontré con varios artículos sobre las muchas mujeres de mi edad a las que estaban diagnosticando. Como el TDAH se manifiesta de forma distinta en chicos y chicas, a menudo no se detecta entre las chicas. Así como en los chicos tiende a acentuar el lado tradicionalmente llamado “travieso”, en las chicas tiende a manifestarse en forma de distracciones, pérdida de objetos y olvidos.

Ser diagnosticada ha sido indudablemente positivo y me ha permitido comprenderme mejor a mí misma. Sigo sintiéndome diferente, pero al menos ya sé por qué.

Desde el momento en el que me nombraron el TDAH, tardé un año en ver al psiquiatra. Después, empecé a tomar metilfenidato, que era horrible. Cambié a atomoxetina, algo que sigo tomando y que es mejor. A diferencia del primero, la atomoxetina no es un estimulante y no me provoca ansiedad, aunque tampoco estoy muy convencida de que me ayude a concentrarme mejor. Ser diagnosticada ha sido indudablemente positivo y me ha permitido comprenderme mejor a mí misma. Sigo sintiéndome diferente, pero al menos ya sé por qué.

Estoy aprendiendo mecanismos para afrontar las tareas del día a día que me agobian. Ya voy por la sexta tarjeta de crédito del año, pero estoy decidida a aguantar al menos hasta Navidades antes de conseguir otra (porque, seamos objetivos...). Estoy trabajando más duro que nunca para gestionar mi dinero, planificando unos presupuestos diarios que a veces salen bien y a veces, no. La impulsividad es más difícil de controlar, pero soy obstinada y creo que me estoy acercando. Es extraño aceptar que esas batallas nunca las llegaré a ganar del todo.

También estoy aprendiendo a quererme a mí misma, incluso los aspectos que me vuelven loca. Sin el TDAH, es casi seguro que no me habría embarcado en los arriesgados proyectos creativos de los que más orgullosa me siento, como haber sido candidata a diputada a los 25 años o haber organizado una exposición a comienzos de este año. Tampoco sería la persona apasionada que soy hoy. Como un cerebro con TDAH se aburre con facilidad, cuando encontramos algo que de verdad nos interesa, nos lanzamos de cabeza. Quizás mi sensibilidad emocional sea mayor, pero eso me otorga una gran capacidad para amar y empatizar; la sensibilidad tiene dos caras.

Como todos los trastornos, el TDAH es mucho más de lo que se cuenta. He llegado a la conclusión de que aunque probablemente siempre me tocará lidiar con cosas que otras personas consideran sencillas, también se me dan muy bien algunas cosas que la mayoría de la gente ni se plantea.

Puede que fracase al buscar la normalidad, pero gano en lo que no es normal. Y creo que eso también cuenta.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.