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05/07/2012 10:15 CEST | Actualizado 03/09/2012 11:12 CEST

Sticking the thread (Pegando la hebra)

Lo que me ha asombrado ha sido las ganas de hablar con desconocidos que me he encontrado en Nueva York. No me ha quedado más remedio que preguntarme si tendrán una expresión equivalente a "pegar la hebra".

He estado unos días en NYC.

Verlo así escrito resulta un poco petardo, lo sé. Pero esa es la verdad. He estado unos días en Nueva York, que los listos llaman NYC, como si fuera un señor llamado Nicolás, o Nicholas, con el que tienen tanta confianza que le llaman por su diminutivo familiar.

De NYC todos sabemos que es la capital del capitalismo. La Babilonia de la moda, la arena de las finanzas y el vórtice del teatro musical. Y que sale mucho en las pelis y las series de televisión.

Por eso todos me entenderían si hablara de las alcantarillas que humean (sí, incluso, ¡oh, sorpresa!, en pleno verano), de los mejores dry martinis del mundo (ahora los que más me gustan son los vodkatinis sucios. Insuperables, con ese perfume de aperitivo tabernario que suaviza los filos de su aire sofisticado) o de los bocadillos de pastrami que Woody Allen entre otros ha conseguido convertir en un objetivo de las excursiones turísticas casi tan imprescindible como la señora verde de la antorcha siempre en alto que les regalaron los franceses.

También podría comentar la ola de calor que he vivido allí. Un fenómeno atmosférico que para muchos está indisolublemente unido a la imagen de Marilyn Monroe. Por la canción Heat wave que MM cantaba en Luces de Candilejas (There's No Business Like Show Business. Walter Lang, 1954) y por esa chica sin nombre de La tentación vive arriba (The Seven Year Itch. Billy Wilder, 1955) que se defiende de los rigores del verano neoyorquino a golpe de ventilador prestado y guardando la ropa interior en la nevera hasta que pillan un Rodríguez (un Tom Ewell en este caso) con aire acondicionado.

Pero no es nada de eso lo que más me ha llamado la atención en este viaje a esa ciudad que todos conocemos aunque no hayamos viajado nunca a ella. Lo que me ha asombrado ha sido las ganas de hablar con desconocidos que me he encontrado continuamente. Hasta tal punto que no me ha quedado más remedio que preguntarme si los norteamericanos tendrán una expresión equivalente a nuestro popular "pegar la hebra". Porque eso es lo que he hecho sin para estos días.

He pegado la hebra con una pareja gay de jubilados que parecían llevar todos sus ahorros encima en forma de todo tipo de ornamentos de orazo macizo, y que, después de contarme que vivían divinamente en Delaware tras muchos años de servicio al Gobierno en Washington, me contaron los musicales que más les habían gustado de las últimas temporadas, ya que van cada dos por tres a la capital del imperio a ver teatro.

He pegado la hebra con dos encantadoras hermanas viudas que viven en New Jersey y tienen la ligeramente paranoica manía de sentarse en el teatro una detrás de otra para poder estar las dos en el pasillo. Una de ellas, la de atrás que compartía fila conmigo, me preguntó al cabo de un buen rato de conversación qué tal me iba el negocio de la reparación de tejados en España. Ante mi desconcierto, tardamos unos minutos en deducir que era una confusión con la traducción de libros de la que le había hablado (roofs... books...). Muy caballerosamente, yo atribuí la confusión a mi imperfecto inglés. Ella a su oído selectivo... como una tapia. La hermana de delante se partió de risa sin volver la cabeza. Yo me quedé pensando en lo divertida que me resultaba esa imagen del obrero especializado en reparación de tejados aficionado a los musicales de Broadway. Muy Village People.

En el mítico restaurante Sardi's he pegado la hebra con un abogado que ahora vive en Florida, cuya hija le había dicho que en el viaje de negocios a NYC (Hi again, Nick!) no dejara de ver el musical Wicked y se disponía a seguir su consejo, después de cenar regando la comida generosamente con sucesivas copas de brandi que le hicieron delirar que, por mi acento, yo parecía de Pittsburgh y que, a partir de entonces, no admitiera ningún otro origen y defendiera tenazmente haber nacido y crecido en la Ciudad de los Puentes.

Y he pegado la hebra con un encantador taxista tibetano, un camarero hispano y un dependiente brasileño de Sack's con intenciones poco claras. Si llegan a ser claras del todo, tiene hombre para toda la vida.

Así han pasado estos días. Sticking the thread sin parar. Aprendiendo muchas cosas de muchas gentes. En particular, que todos en todas partes tenemos muchas ganas de hablar y, tal vez en menor medida, de escuchar. Y que sigue siendo uno de los mayores atractivos de viajar.