Jose Mourinho es un entrenador peculiar, que un día normal puede estar malhumorado y un día en el que su equipo pierde puntos, como ayer miércoles ante el Manchester City (1-1), está de buen humor.

El más que dudoso penalti de Arbeloa a Agüero, que costó a los blancos el empate, no fue criticado por el portugués, normalmente hostil con los árbitros cuando éstos no le favorecen. Mourinho se limitó a recordar que la UEFA le había regalado una placa conmemorativa por sus 100 partidos en Champions League.

Y en la sala de prensa, al finalizar, tuvo un gesto de complicidad con el encargado de la traducción, que terminó en un pequeño accidente: Mourinho volcó su botella de agua sobre el cuello del traductor. El luso intentó secarle la espalda y le dio un abrazo pidiéndole disculpas.

Menos sonriente estuvo en el terreno de juego, sobre todo al ver cuánto tiempo extra añadió el colegiado en la segunda parte. Mourinho gesticuló primero y aplaudió después con ironía, levantando los brazos animando al público del City.