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Unas jóvenes palestinas crean el primer equipo de rallies femenino de Medio Oriente

06/12/2015 19:46 CET | Actualizado 06/12/2015 19:47 CET

Viven en un entorno hostil, a veces extremo. Rodeadas de presiones, estas palestinas sólo necesitan ponerse el mono y aferrarse al volante de sus coches -cafeteras andantes, a veces, descascarillados y maltrechos- para olvidar lo que pasa alrededor, por duro que sea. Las Speed Sisters –las Hermanas de la Velocidad- saltan por encima de todo eso. Porque disfrutan al máximo, y eso hace invisible -o borroso, al menos- el fondo, el de su sociedad, lo que ella espera de las mujeres. Se olvidan de sus familias y sus reticencias a ver a sus hijas “en el papel de un hombre”; y plantan cara, quemando rueda, a la ocupación que les pone por delante más obstáculos que la pista. Hoy son ocho las mujeres que conforman este grupo extraño de corredoras de rallies, el primero totalmente femenino de Oriente Medio.

Valientes que desafían las convenciones parapetadas en su pasión por el motor y que hoy son noticia porque ha salido a la luz el trailer del documental que se ha rodado contando su historia, y que tiene ya un importante recorrido en festivales internacionales.

Cuatro de ellas -Mara, Noor, Betty y Mona- participan activamente en la temporada de carreras, entre marzo y septiembre, que se desarrolla en Cisjordania y Jordania. Sus rostros ya son habituales en los llamados Speed test, pequeñas competiciones semanales en las principales ciudades palestinas. Betty, incluso, ha logrado situarse entre los diez mejores conductores de la zona, la única en el podio de los hombres. Hasta ha conquistado el patrocinio de Peugeot. La salvación, en mitad de la precariedad, para seguir adelante.

La película que protagonizan, obra de la documentalista canadiense-libanesa Amber Fares, son celebradas en la red por Madonna —en su web Art for Freedom, las citó como ejemplo de “una mirada inspiradora” en un contexto político complejo- y empiezan a tener clubs de fans en Palestina e incluso en Israel.

Pero sus inicios fueron tortuosos, sombríos, como explicaban hace unos meses desde Palestina. Comenzaron a correr por separado en 2005, entrenando a escondidas de sus familias en la mayoría de ocasiones. Fue corriéndose la voz. “Me fueron dando contactos de otras chicas y descubrí que había más mujeres como yo. Fue emocionante. Nos fuimos uniendo y hoy somos familia, indestructibles”, explica Mara Zahalka, hija de una profesora de autoescuela, que se refugió en los coches tras el cerco a su ciudad, Jenin, en 2004. “La gente estaba triste, nadie tenía un hobby. Para mí, correr es libertad. Con el coche venzo sobre todo”, explica, toqueteando el colgante de su cuello, un volante de carretas hecho en plata.

Lo que impulsó el equipo fue el apoyo, desde 2010, del Consulado Británico en Jerusalén Este, que les cedió un coche de segunda mano y les ayudó a pagar un entrenador. Por eso su bandera luce ahora junto a la palestina en los Seat Ibiza o Cupra, en los BMW 325. Pese a ello, ninguna de las mujeres, cristianas y musulmanas de entre 18 y 39 años, vive de la competición. Estudian y trabajan y dejan para el fin de semana el “born to race” (“nacidas para correr”) que luce en sus coches, en pegatinas fluorescentes.

No tienen un lugar fijo de entrenamiento. Se ejercitan donde pueden. En el aparcamiento de un mercado de verduras en Jenín, en descampados cerca del muro en Ramala, alrededor de la universidad de Jericó… Maysoon Jayyusi, expiloto y entrenadora del equipo, confiesa que están “rodeadas de límites” para pelear por sus carreras.

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betty speed

Betty, con uno de sus premios.

“Aquí, en Palestina, nos ha costado que nos dejen entrar en las competiciones masculinas, que son las únicas que hay, y fuera, en Jordania por ejemplo, donde hay más apertura, no podemos ir apenas porque no tenemos dinero para los viajes ni permiso para sacar nuestros coches de Cisjordania”, lamenta.

El salto al exterior es su meta. Muy rodadas ya en las competiciones caseras, su sueño empieza en el Golfo Pérsico, meca regional de la velocidad. Una de las chicas, Noor Daoud, está empezando a ser una habitual en Emiratos Árabes Unidos, convirtiéndose en la primera mujer árabe que participa en un circuito internacional. Pero Noor parte con ventaja: nació en Texas y cuenta por tanto con pasaporte estadounidense, que le facilita los permisos de salida y entrada de Palestina.

Dos meses estuvo en Dubai entrenándose y ya tiene sus ojos puestos en competiciones más lejanas. “He echado mucho de menos a mis compañeras. Cuando logras una posición pese a ser mujer, te encuentras con la limitación de la política. Pelearé por ser una profesional y para que ellas estén a mi lado en la pista”, afirma esta veterana de la Fórmula 3.

Sólo una vez en estos años han logrado salir juntas al extranjero, en una visita de entrenamiento al circuito de Silverstone (Reino Unido). Los funcionarios de inmigración se negaban a creer que unas palestinas fuesen a correr. Europa también tiene sus prejuicios.

Bajo el casco y las gafas y los guantes nadie ve los ojos ribeteados de rímel, ni las uñas de colores, ni siquiera el pañuelo de Sahar Jawabrah, la primera aprendiz que compite con hiyab. Los chicos que se acercan aplauden los donuts y los zigzags. Betty Saadeh, mexicana de nacimiento, hermana e hija de pilotos profesionales, saluda con una mano mientras gira 360 grados. Al bajar, su melena rubia, al viento, los deja helados. “Vivimos en una sociedad tradicional. Nos ven como algo exótico, extraño, pero han empezado a respetarnos”, defiende.

Hay clérigos musulmanes que han condenado su práctica por ser “frívola”, “haram”, vetada por la ley islámica. A ellas las normas que les importan son las de la Fórmula 1, que siguen con memoria enciclopédica y alma de hincha descontrolado. Khaled Qadura, al frente de la Federación Palestina de Automovilismo, sólo quiere ver la faceta deportiva. Para él sus mujeres son “pilotos excelentes, de las que hay que estar orgullosos, que quieren mejorar cada día”. De fondo, las Hermanas de la Velocidad hacen chirriar los frenos, derrapan, levantan polvo. Todos los obstáculos siguen en pie al final del trayecto. Sólo se chocan contra el conservadurismo. Y, aún así, no dejan de enfocar la meta.

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