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Salud y estrategia electoral: ¿la baza que puede decidir el futuro de Clinton y Trump?

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CANDIDATOS
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Hillary Clinton padece párkinson. Y una enfermedad mental. Y tiene problemas de circulación. Y esta lista podría ser dolorosamente larga, eterna, si dependiera de Donald Trump. El magnate lleva dedicando buena parte de su campaña a difundir las supuestas dolencias de su oponente, lo que supone toda una estrategia de comunicación política y electoral. Trump tiene muy presente que la salud de los candidatos puede servir para proyectar una imagen dinámica y, en caso de no gozar de ella, para menoscabarla, e incluso puede llegar a decidir el resultado de unas elecciones.

Tanto Hillary Clinton como Donald Trump son conscientes de que, como aspirantes a liderar el país, tienen que cuidar su salud. En lo que respecta a sus años, ambos están casi empatados: son dos candidatos de avanzada edad -Clinton tiene 68 y Trump 70-, por lo que tienen que ser capaces de demostrar su resistencia para poder desempeñar el cargo de presidente. Sin embargo, en los actos del 11 de septiembre, la ex secretaria de Estado de EEUU tuvo un momento de debilidad al casi desmayarse por la neumonía que padecía, haciendo saltar todas las alarmas entre sus seguidores y reabriendo el debate sobre si los candidatos tienen que certificar o no su buena salud.

La campaña de Clinton admitió que habían actuado con “retraso” de cara a la sociedad, puesto que la neumonía se le había diagnosticado “días antes” e incluso después del incidente no se explicó qué le sucedía. La mala gestión inicial del asunto provocó que su equipo anunciara la publicación de sus informes médicos, algo a lo que se sumó Trump. Contra todo pronóstico, el magnate evitó hacer comentarios tras conocer lo que le había sucedido a su oponente y, más tarde, le deseó una “pronta recuperación”. Poco le duró su discreción, ya que el pasado miércoles recordó ante sus potenciales votantes el episodio: "No lo sé amigos, ¿ustedes creen que Hillary Clinton es capaz de estar aquí de pie durante una hora y hacer esto? Yo no lo sé. No lo creo".

PUBLICAR O NO PUBLICAR

Para acallar los rumores, el jueves el equipo de la exsecretaria de Estado divulgó una carta de dos páginas elaborada por su doctora, Lisa Bardack, donde afirmó que Clinton "está sana y en forma para ser la presidenta de Estados Unidos". En ella se detallaba también que toma medicamentos de control de la tiroides, de prevención de coágulos (problema implicado en el desmayo que sufrió en 2012), contra la alergia, vitamina B-12 y en ocasiones medicamentos contra infecciones.

Por su parte, y fiel a su estilo, Trump entregó una copia de su historial médico a Mehmet Oz -uno de los médicos más famosos de la televisión estadounidense- durante un programa grabado de The Dr. Oz Show, que tiene una audiencia media de cuatro millones de espectadores. Según el documento médico, el candidato goza de buena salud, aunque sufre sobrepeso -pesa 120 kilos- y colesterol y sólo fue hospitalizado una vez, cuando tenía 11 años, por una operación para extirparle el apéndice. Pese a todo, él opina ufano que tiene la constitución “de una persona de 35 años”.

El hecho de que ambos se hayan decidido a hacer públicos sus informes médicos es un ejercicio de transparencia que, aunque no es una obligación legal, sí se ha convertido en una tradición, en el caso de los presidentes. Cuando se habla de los candidatos no es algo tan frecuente, a no ser que la salud sea un punto débil. Y cuando los dos aspirantes a presidir Estados Unidos superan los 60 años, su salud puede serlo. Pasó, por ejemplo, con John McCain en 2008, que, de haber llegado a la Casa Blanca, se habría convertido en el presidente de más edad, con 72 años.

Fueron varias las veces que la candidatura de McCain fue cuestionada por su edad, llegando incluso a ser objeto de múltiples críticas de los demócratas, ¿Qué hizo el republicano? Publicar su historial médico en un documento de más de 1.200 páginas en las que se certificaba que se encontraba bien. Sin embargo, esto no siempre ha sido así, ya que han sido muchos los políticos que se han visto ante el dilema de ocultar o reconocer las enfermedades que padecen. En el caso de no hacerlo público, la justificación suele ser la de no alarmar a la opinión pública.

EJERCICIO PRESIDENCIAL

Presidentes de EEUU como Franklin D. Roosevelt, que sufrió polio durante su juventud, ocultaba a los medios que iba en silla de ruedas. De hecho, tal y como se expone en el libro En el poder y en la enfermedad (David Owen, 2009), Roosevelt intentó dar la impresión, en ocasiones importantes, “de que podía ponerse de pie, e incluso ideó un método para dar unos pocos pasos, de modo que parecía que podía andar con sólo un ligero apoyo”. Algo parecido sucedió con John F. Kennedy, a quien se presentó como un presidente fuerte y lleno de vitalidad, pero, según se desveló más tarde, entre otras dolencias, tenía unos dolores crónicos de espalda "tan desgarradores que en sus últimos años de vida no podía ponerse los calcetines y los zapatos sin ayuda".

Fue con Thomas Eagleton, en 1972, con quien la salud de los candidatos empezó a cobrar importancia. Eagleton tuvo que dimitir cuando se reveló que no había hecho público su ingreso por depresión. A partir de ese momento, la salud de los candidatos empezó a ser un blanco para la prensa.

A esta transparencia en temas de salud que desde entonces los presidentes y candidatos de EEUU tratan de mantener, hay que sumarle, especialmente en tiempo de campaña, los mensajes que se transmiten sobre sus buenos hábitos. Al presidente Barack Obama se le ha visto miles de veces corriendo, se supo que había dejado de fumar y de Clinton, justo cuando se hizo pública su candidatura, se anunció que se había puesto a dieta dejando de lado alimentos como la comida basura, muy extendida en Estados Unidos y vinculada a los casos de obesidad que hay en el país. Se trata de aquello de “predicar con el ejemplo”. Caso aparte es el de Donald Trump, que se declara "amante de la comida rápida", porque es la única que sabe "de dónde viene realmente".

El magnate ha admitido que “podría perder algunos kilos”, pero de ahí a verle corriendo por las calles en chándal… hay un trecho. De momento sólo se ha mostrado en público jugando al golf. Quizá, ahora que las encuestas le dan un resultado que cada vez se acerca más al de Clinton- 46% de los votos para la demócrata y el 44% para Trump, según una encuesta de The New York Times, publicada el pasado viernes-, también cede en esto y sucumbe a la moda runner.

Lo que está claro a estas alturas es que la salud de los candidatos importa e influye en la intención de voto. Prueba de ello es la encuesta recoge la edición estadounidense de The Huffington Post. En ella, antes del percance de Clinton en los actos del 11-S, el 52% de los encuestados considera que su salud es lo "suficientemente buena" como para ser presidenta. Sin embargo, el 12 de septiembre este porcentaje baja hasta el 39%.

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