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Cómo se gestó '7 años', la primera película española de Netflix

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Tú y tus tres socios, a la par que amigos, os enfrentáis a siete años de cárcel por un delito fiscal. Si uno carga con todas las culpas, los otros tres se librarían. ¿Qué harías? ¿Hasta dónde serías capaz de llegar para salvar tu pellejo?

Es la premisa de la que parte 7 años, la primera película de Netflix hecha en España y que se estrena este viernes 28 de octubre en 190 países del mundo. Y ésa es también la pregunta que se plantearon una y otra vez los cinco actores (Paco León, Juana Acosta, Àlex Brendemühl, Juan Pablo Raba y Manuel Morón), el director (Roger Gual) y el resto del equipo técnico durante las algo más de tres semanas de rodaje.

7 años comenzó a gestarse poco antes de la llegada de Netflix a España, en octubre de 2015, y se rodó entre los meses de enero y febrero. Sin embargo, no fue hasta principios de septiembre cuando se supo que la plataforma de contenido en streaming había preparado este proyecto. "Hubo cierto secretismo porque no se podía decir con quién la habíamos rodado, no se podía hacer público. Había que esperar a saber en qué momento se iba a estrenar", cuenta el director Roger Gual a El Huffington Post.

BAJO UN MISMO TECHO

Este secretismo se pudo mantener, en gran medida, gracias al espacio de trabajo. 7 años transcurre íntegramente —salvo un par de planos exteriores— bajo un único techo, el de la empresa formada por estos cuatro socios que en un momento de ambición decidieron derivar sus cuentas a Suiza. "Nos permitió trabajar tranquilamente y a gusto en ese espacio de experimentación que es el set y eso nos ayudó a no despistarnos con otras cosa", cuenta el actor Àlex Brendemühl, que da vida al CEO de la empresa.

roger gual
Roger Gual, durante el rodaje de '7 años'

A esa particularidad se suma una segunda: el dilema que plantea la película tiene que solucionarse en una noche. Esas características espacio-temporales hicieron posible que se rodase de forma lineal, algo muy poco frecuente en cine y que, según Gual, permite transmitir al espectador el agobio que experimentan los personajes ante esa situación límite. "Va in crescendo. A medida que avanzas, te acercas más al personaje y a lo que está viviendo", añade el director, que describe 7 años como un one room thiller (una historia de suspense que sucede en la misma habitación) al estilo de Doce hombres sin piedad (1957), de Sidney Lumet, que recomendó ver a sus actores antes de empezar a trabajar.

La película plantea un dilema moral muy heavy, muy importante. Es una pregunta que despierta en los espectadores y también en nosotros" (Juana Acosta)

Juana Acosta y Àlex Brendemühl coinciden al señalar que rodar 7 años fue muy parecido a una experiencia teatral. "Antes de empezar la película hicimos un ensayo general, como un pase teatral. Normalmente cuando haces una película ruedas en desorden, tienes la película más o menos preparada pero vas avanzando semana a semana. Aquí, el día antes, ya tenías que tener la película aprendida", apunta Acosta.

Sin cambios de localización ni vestuario ni luces, las escenas se repetían una y otra vez, día tras día. "Acabas llegando a cotas mucho más profundas que cuando ruedas en condiciones de cine normal. Ruedas una secuencia, igual la tercera toma es la buena y ya sigues a otra cosa", matiza Brendemühl. "Era rodar y rodar sin descanso. Y casi todo el rato con cámara en mano. Había que estar concentrado porque el cámara te cogía en cualquier momento y tenías que estar en la situación. No había momentos de: 'Ahora me relajo porque es el plano del otro", añade Acosta.

7 años
El comité ejecutivo de '7 años'

Todo eso contribuyó a transmitir la sensación de angustia que experimentan los personajes al ver pasar las horas sin encontrar solución fuese más intensa. El espacio agobia, los personajes se vuelven más irascibles y hasta hay un evidente deterioro físico."Luego Roger nos hizo un regalo maravilloso", recuerda Acosta con emoción. "El último día, cuando la película ya estaba acabada, nos dijo: 'Ahora la vamos a hacer entera, como si fuese una obra de teatro'. Fue un regalo porque a mí cuando termino una película me parece que es cuando estoy lista para empezarla, y de repente Roger nos dio esa oportunidad, 'ahora la vamos a hacer entera y libre, si queréis improvisar, podéis'. Creo que recordaré toda la vida ese día", cuenta Acosta con emoción.

7 años está llena de improvisación. Siempre con el guión en la mano, los actores pudieron ir moldeando a sus personajes. Así, la muestra de desesperación de Manuel Morón, que da vida al mediador que trata de poner solución a este conflicto entre los cuatro socios, salió de una improvisación y el montaje final cuenta con muchos planos de ese último día de rodaje teatral, según explica Gual.

EL DILEMA MORAL

Carlos, Marcel, Luis y Verónica debaten sobre qué decisión tomar durante 75 minutos ante la mirada de ese mediador, José, que es Manuel Morón, que viene a representar la figura del espectador neutral. "Es el personaje que de algún modo pone los ojos del espectador y les dice: 'Esto no es así", apunta Gual, quien insiste en que es una figura esencial: "El país funcionaría mucho mejor si hubiese un mediador, porque nos haría hacernos preguntas. Es lo que dice él en la película: 'Yo no hago juicios de valor, yo solo hago pensar'. Te hace pensar, te hace reflexionar en lugar de cerrarte en banda".

manuel morón
Manuel Morón es el mediador

"El trabajo del mediador es que se llegue a un acuerdo y que, sea cual sea, lo humano siempre esté presente, que haya respeto y de eso habla la película", continúa Morón, que se preparó el papel con ayuda de un mediador y leyendo mucho sobre estos profesionales. "Ojalá hubiese más mediación, porque permite que se puedan entender otros puntos de vista aunque no se compartan. Si no se comprenden es difícil que se pueda ceder. La mediación ayuda a entender".

Tratando de entender a esos personajes y su forma de actuar pasaban las horas entre toma y toma. "La película plantea un dilema moral muy heavy, muy importante. Es una pregunta que despierta en los espectadores y también en nosotros. Yo creo que en el caso de la película, ellos son cuatro amigos, socios, que se conocen hace muchísimos años y esta situación tan límite hace que salga lo peor, la miseria humana. Es un instinto de supervivencia: 'A ver cómo me salvo de ésta sin importarme pasar por encima del otro. Esa misma situación hace que salgan a flote todos esos asuntos que tienen que ver con el deseo de poder, el ego, la ambición, el miedo a perder lo que tienes... Es lo interesante, ver cómo se van degradando esas relaciones. Y sí que me lo pregunté muchas veces", confiesa Acosta.

Como espectador cuando voy al cine lo que me gusta es que me abran preguntas, no que me den respuestas" (Roger Gual)

"Era un tema recurrente, permanentemente surgía el debate: 'Yo qué haría, hasta dónde soy capaz de corromperme y corromper a mi entorno, hasta dónde soy capaz de llegar para salvar mi pellejo...' Es el pensamiento number one cuando te metes en el personaje. Todos esos vínculos los jugábamos fuera de la escena, para enriquecer el papel. Estábamos permanente instalados en ese personaje", añade Brendemühlel. "Lo preguntábamos y reflexionábamos. Hubo charlas en que nos abrimos un poco sobre qué haría cada uno", apunta Morón.

Ahora la pregunta llega al tejado del espectador. ¿Cómo actuarías tú en una situación a ti? ¿Con quién te sientes más identificado? ¿Se puede salvar una amistad después de haber salido a la luz tantos trapos sucios?

Como reflexiona Gual: "Siempre digo que, como espectador, cuando voy al cine lo que me gusta es que me abran preguntas, no que me den respuestas".

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