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Jeremy Corbyn contra el relato del 'establishment'

05/06/2017 21:42 CEST | Actualizado 08/06/2017 11:13 CEST

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Si el relato del establishment fuera cierto y un partido socialista europeo no pudiera defender un programa de izquierdas sin despeñarse por el barranco, el líder del laborismo británico, Jeremy Corbyn, sería un zombi demoscópico. Como lo fue Benoît Hamon en las elecciones presidenciales francesas.

Pero a veces, vida y relato no son lo mismo: si hace dos meses, cuando la primera ministra conservadora Theresa May convocó las elecciones -para arrasar a sus rivales e ir ligera de equipaje a negociar el Brexit-, los tories sacaban entre 20 y 25 puntos a los laboristas en los sondeos, la diferencia se ha reducido a entre doce y un punto de ventaja para los conservadores, según el sondeo. Incluso hay uno que sitúa a Corbyn por delante de May entre los votantes de la ciudad de Londres.

Un hito histórico, teniendo en cuenta que Jeremy Corbyn ha sido vilipendiado hasta la extenuación, a pesar de que el número de militantes del Partido Laborista no ha parado de crecer en los casi dos años que lleva de líder: de 150.000 a más de medio millón. Criticado por la derecha de su partido, que nunca le perdonó su popularidad entre las bases y le montó una moción de censura al año siguiente de su elección -y que volvió a ganar-, Corbyn representa todo lo contrario de la telegenia liberal de Emmanuel Macron o Justin Trudeau. 68 años, antimilitarista, vegetariano, de aspecto un poco desaliñado, con un estilo más de conversador que de gran orador, habla de ricos y pobres y pone los pelos de punta a la prensa conservadora y a los sectores cercanos a la socialdemocracia descafeinada de Tony Blair, que lo consideran un candidato "inelegible".

¿Qué ha pasado, pues, para que se haya producido un efecto Corbyn?

Un manifiesto político novedoso que ha reconectado a los laboristas con sectores de la clase media y trabajadora. Los laboristas sabían que estar hablando del Brexit todos los días no les iba a favorecer. De hecho, los había dividido, porque algunos consideraban que Corbyn no había defendido con suficiente vehemencia la pertenencia de Reino Unido a la UE. Así que han preferido desplazar el foco a otras cuestiones a través un manifiesto con grandes objetivos sociales y económicos que, de cumplirse, mejoraría sustancialmente la vida de los británicos. La prensa conservadora dice que es el más a la izquierda desde los ochenta, pero sin duda es también el más popular desde los años gloriosos del Nuevo Laborismo de Blair.

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En el manifiesto se habla de construir un millón de viviendas públicas en la legislatura, de renacionalizar los trenes y el correo, de crear una compañía pública de energía, de dar matrícula gratuita en la universidad a los estudiantes, un plan de inversión en infraestructuras de 250.000 millones de libras, transición energética o comidas gratuitas en la escuela. Todo un plan de aroma neokeynesiano que ha gustado incluso a sectores de la izquierda críticos con Corbyn y que parece haber conectado con capas sociales que se habían alejado del laborismo.

Una campaña conservadora terrible. Todo lo bien que le ha venido al laborismo su manifiesto, le ha venido de mal a los conservadores, que han tenido incluso que dar marcha atrás en el llamado "impuesto a la demencia", que suponía un recorte de ayudas a decenas de miles de pensionistas. May, que convocó elecciones pidiendo apoyo para tener un Gobierno "sólido y estable" y criticando el liderazgo "caótico" de Corbyn, ha terminado echando mano del miedo a la inmigración y del Brexit para proyectar una imagen de líder dura y exigente que asegurará los intereses británicos en las negociaciones para la salida de la UE: "Mejor no firmar un acuerdo que tener un mal acuerdo", se dedica a decir en las televisiones. Y mientras, su imagen empeora cada día, con una risa cada vez más nerviosa, con más ataques personales a Corbyn y más parodiada en las redes sociales.

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Una estrategia diferente que conecta con nuevas realidades sociales. Corbyn ni siquiera ha tenido el apoyo del periódico progresista The Guardian, que prefirió siempre a otros candidatos en las dos primarias laboristas que él ganó. De sus editoriales y columnas de opinión han salido vitriólicos comentarios sobre su liderazgo, columnistas blairistas que anunciaban que no votarían jamás a Corbyn, incluso aliados como Owen Jones, que amagaban con bajarse del barco.

Pero el corbynismo se ha construido sobre una plataforma de activistas llamada Momentum, un partido casi paralelo que trasciende los límites del laborismo y que recuerda al movimiento de base que se generó en torno a Bernie Sanders. Van puerta a puerta pidiendo el voto para Corbyn y tienen perfectamente analizadas las circunscripciones donde los escaños pueden bailar de un partido a otro, para ver dónde tienen que hacer más esfuerzos. También hay medios alternativos como Novara Media, desacomplejadamente de izquierdas, con buen análisis político, cercanía a la calle y que funcionan muy bien en redes sociales. O diseñadores de videojuegos, que han creado un Corbyn virtual que devuelve el dinero a los pobres. O raperos que han encontrado a un líder que les inspira. O publicistas que manejan los códigos de la mercadotecnia electoral y están consiguiendo convertir a Corbyn en un extraño icono pop, como cuando Zygmunt Bauman era la estrella del Rototom de Benicassim.

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Reunión de miembros de Momentum

A medida que pasan las semanas, su imagen de tipo normal se está convirtiendo en un activo electoral, se destaca su humor o su tranquilidad, se le mira con mucha más simpatía. Como si fuera un abuelo con convicciones y en buena forma. Hace pocos días, David Dimbleby, veteranísimo presentador de la BBC, reconocía que a Corbyn los medios lo han tratado de forma "injusta". E Incluso su patinazo en una entrevista de radio, donde no pudo dar la cifra concreta de lo que iba a costar su política sobre infancia y tuvo que mirar a su ipad para consultarlo, ha sido interpretado por algunos como una muestra de que es un ser humano y no un robot que repite cifras.

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Se nota que el relato ya no lo construyen sólo los grandes periódicos y televisiones. Pero, ¿hasta qué punto? ¿Qué pasará en las zonas deprimidas, en los viejos feudos laboristas que votaron por el Brexit? ¿Se puede frenar en nacionalismo racista que difunden los tabloides conservadores como The Daily Mail o The Sun? ¿Se podría estar formando una mayoría silenciosa que diera a Corbyn la victoria contra todo pronóstico?

Por ahora, lo único claro es que los jóvenes sí que van a votar mayoritariamente al líder laborista, aunque se trata de un grupo de edad con bastante abstencionismo. Los sondeos dicen que los laboristas doblan en intención de voto a los conservadores en el segmento de jóvenes por debajo de 25 años. Y le sacan diez puntos a los tories en la población de entre 25 y 49.

Una campaña marcada por el terrorismo islamista

Habrá que ver cómo afectan finalmente a los resultados los atentados que se han producido durante la campaña electoral. Aunque situaciones de este tipo suelen favorecer el discurso típicamente nacionalista y aparentemente patriótico de los conservadores, el atentado de Mánchester no pareció detener su caída en los sondeos.

A cinco días de las elecciones, el atentado de Londres ha incrementado el enfrentamiento entre las fuerzas políticas. A pesar de que el domingo todos los partidos, salvo UKIP, decidieron suspender la campaña electoral, Theresa May aprovechó su comparecencia tras la reunión del comité de emergencia COBRA para presentar un programa de seguridad en toda regla y hacer declaraciones que iban mucho más allá de la condena del atentado: "Ha habido mucha tolerancia con el extremismo", afirmó ante las cámaras". "Es suficiente".

Corbyn contraatacó ayer por la noche poniendo sobre la mesa los recortes en la policía durante los seis años de Theresa May como ministra de Interior, algo que había evitado hacer después del atentado de Mánchester. El movimiento corbyniano también ha conseguido llenar las redes sociales de imágenes de May hace dos años echándole la bronca a la policía por quejarse de los recortes, que podían, según ellos, mermar la seguridad en las calles británicas.

El lunes salieron en los medios declaraciones de un exoficial de la policía de Londres criticando los recortes a la policía hechos por los conservadores y la situación de "crisis" que ha producido. El líder de los liberal-demócratas, Tim Farron, escribió un artículo en The Guardian afirmando que la estrategia de Theresa May en la lucha antiterrorista "ha fallado". Y como guinda, Corbyn pidió la dimisión de May.

Con tanta polarización, es difícil prever cuál va a ser la reacción de los votantes este jueves. En todo caso, si los laboristas consiguen sacar entre el 30% y el 40% de los votos, mantendrán una posición sólida absolutamente inimaginable hace dos meses, cuando las encuestas pronosticaban los peores resultados desde los años 20 del siglo pasado. Habrán conseguido, por tanto, conjurar el fantasma de convertirse en una fuerza subalterna, como lo son ya los socialistas franceses, los griegos o los holandeses.

Eso significaría para Corbyn igualar o mejorar posiciones respecto a sus predecesores, Gordon Brown y Ed Miliband, con lo que quizá podría mantenerse como líder laborista o favorecer la elección de otra figura política más joven que viniera del ala izquierda del partido y mantuviera el rumbo marcado por el nuevo manifiesto laborista.

Eso implicaría tener fuerza para seguir confrontando la hegemonía política y cultural conservadora que lleva incrustada en Reino Unido (y Europa) desde los tiempos de Margaret Thatcher.

Y eso demostraría, como en Portugal, que un partido socialista europeo puede hacer una política mucho más a la izquierda y no hundirse en el intento. Sobre todo, si lo hace sobre la base del apoyo mayoritario de las generaciones más jóvenes, que son las que abren el camino del cambio político.

Tal y como está la izquierda por Europa, no es poca cosa.

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